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Guatemala y Honduras le dan la espalda al plástico

En dos décadas, ninguno de los dos Gobiernos ha desarrollado proyectos de infraestructura (solo biobardas artesanales) o ha aprobado leyes para frenar la contaminación del mar Caribe

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Periodistas de LA PRENSA recorrieron la barra del Río Motagua. Fotos: Franklin Muñoz
Periodistas de LA PRENSA recorrieron la barra del Río Motagua. Fotos: Franklin Muñoz

Barra del Motagua, Honduras

Recipientes de todos los tipos de plástico, pedazos de platos y vasos desechables de foam (derivado del poliestireno) y hasta desechos tecnológicos, como cartuchos de tinta de impresoras, componen una dañina alfombra que cubre retazos de varios kilómetros de playa de arena blanca en ambos flancos de la desembocadura del río Motagua.

Hecho en Guatemala, dice la leyenda que tienen muchos de los botes (algunos llevan inscrito Made in USA o Made in China) que recién llegaron y no entraron en el mar, sino que se quedaron en un banco de arena de la bocana.

Microplástico
1De objetos grandes a microplástico
La FAO advierte que la degradación convierte los objetos grandes de plástico en pequeñas particulas, llamadas microplásticos (inferiores a cinco milímetros), y estos son una amenaza letal para la vida marina y seres humanos. Los peces consumen microplástico (que puede causar cáncer) y los humanos comen el pescado contaminado.

Otros botes están libres de descripciones porque cuando viajaban a través de los 500 kilómetros de cauce perdieron la delgada pero letal viñeta plástica que atraganta y asfixia a las tortugas, peces, pelícanos y otro animales que tienen como hábitat la costa.

Varios millares de botes de todos los colores (duros y flexibles) se encuentran con la superficie lisa, sin descripciones, pues, hasta ahora, el sol, las lluvias, el viento y el cloruro de sodio del océano lo único que han podido hacer es borrarles las letras.

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Al aire libre, sobre la arena, estos recipientes, gran parte fabricados de PET (polyethylene terephthalate, tereftalato de polietileno en español), tardarán 400 años en degradarse (en desaparecer), considerando las estimaciones del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF).

En esta barra fronteriza, la cual puede ser vista a través de Google Maps (longitud 15.724628 y latitud -88.231574), se encuentran regadas varias toneladas del nocivo plástico que indudablemente entrarán al mar en los próximos meses, cuando comiencen a arreciar las lluvias.

Una vez más, como ha sucedido en la última década y media, avalanchas de basura, atiborradas de plástico, caerán al océano: aproximadamente unos 16 botes de PET de 500 mililitros componen una libra (en un metro cuadrado caben varias libras estibadas) y más de 35,273 una tonelada.

“Ustedes miran bastantes, pero eso no es nada. Ahorita no hay muchos botes, después de octubre los verán en grandes cantidades, es cuando baja más basura”, dijo un pescador que vive a unos 10 kilómetros de la barra.

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Diplomacia de la basura

Este escenario deprimente, adonde un enjambre de moscas persiguió al carro de LA PRENSA, demuestra que la diplomacia y las conversiones entre los Gobiernos de Guatemala y Honduras no se han traducido en medidas efectivas y determinantes.

En 2010, autoridades locales, dueños de restaurantes y habitantes de Omoa elevaron su voz de protesta ante Guatemala y le exigieron al Gobierno de Porfirio Lobo Sosa frenar la basura chapina que en los últimos 15 años infestó las playas de este municipio y causó millonarias pérdidas al ahuyentar a los turistas.

En 2018, las playas de Omoa se encuentran limpias y los propietarios de restaurantes, que están frente al mar, presumen su alegría porque los turistas han regresado.

“El Gobierno, la Municipalidad y nosotros los dueños de restaurantes con nuestros trabajadores limpiamos las playas constantemente. Ahora nos están llegando más turistas porque el municipio está limpio”, dice Rosa Brocato, directiva de la Cámara de Turismo de Omoa.

En contraste con las espesas montañas de plástico que invadieron la costa en 2011, ahora, los escasos botes y bolsas esparcidas en zonas aledañas de los restaurantes son objetos insignificantes. El alcalde de Omoa, Ricardo Alvarado, quien un día amenazó con demandar al Estado de Guatemala, reconoce que “ha habido avances, pero no los suficientes para erradicar este problema”.

“Yo he constatado que el Gobierno de Guatemala construyó una bodega muy grande en Quetzalito y biobardas para parar esa cantidad de basura que llegaba por el río Motagua al mar, pero esto no es la solución definitiva”, dice.

Tras la presión ejercida por Honduras, el Ministerio de Ambiente y Recursos Naturales de Guatemala y comunidades han instalado bardas (a las cuales les han denominado biobardas) en una docena de afluentes del Motagua.

Estas biobardas, hechas de manera artesanal (con una malla y botes de plástico), frenan los objetos que luego las comunidades trasladan a la bodega construida a 4.5 kilómetros de la barra.

“Vienen los meses lluviosos más duros en Guatemala, arriba de la capital, septiembre y octubre. Las biobardas van a detener la basura, pero no esas grandes cantidades. Los árboles y todo eso pesado que viene romperá y quedaremos en lo mismo”, dice.

Pese a que el plástico es una amenaza real para el Sistema Arrecifal Mesoamericano (el arrecife transfronterizo más grande del mundo, de acuerdo con WWF), en dos décadas, las diferentes administraciones de los Gobiernos de los dos países han sido incapaces de desarrollar programas y leyes que motiven a la población a reciclar o reducir el consumo de plástico. Las autoridades centrales de ambos Estados tampoco han invertido en la construcción de sistemas para tratar o procesar los residuos generados por más de treinta municipios en ambos territorios.

Por ejemplo, Puerto Barrios, un municipio que ahora posee calles y avenidas céntricas modernas, amplias, señalizadas y limpias, sigue lanzando una parte del plástico al mar Caribe, han constatado periodistas de LA PRENSA.

El alcalde de Omoa agrega que “la zona 13 de la capital de Guatemala sigue tirando la basura al río” y acepta que “ni un municipio fronterizo de Guatemala, ni Omoa en Honduras, tienen un relleno sanitario o sistema adecuado”.

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En los últimos días, periodistas de LA PRENSA encontraron varios miles de recipientes en la barra del río Motagua.

Dar el ejemplo

Honduras, por diferentes medios, le ha exigido al vecino parar la contaminación; no obstante, autoridades centrales y locales de este país se ha hecho de la vista gorda con los problemas ambientales internos.

San Pedro Sula, que, según autoridades municipales, aspira a ser una smart city, lanza plástico al mar por medio del río Chamelecón.

Aunque una empresa recolecta la basura en esta ciudad, las calles céntricas nunca se encuentran limpias.

En días lluviosos, miles de bolsas y objetos de plástico ingresan en las alcantarillas, llegan al Chamelecón y luego entran en el mar Caribe. Julio San Martín Chicas, ambientalista de Coral Reef Aliance, afirma que “el río Motagua es el que más plástico aporta, pero el Chamelecón también contamina con el plástico de San Pedro Sula y otras ciudades”.

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Aunque Guatemala ha instalado biobardas artesanales en afluentes del río Motagua para capturar la basura flotante, el mar Caribe sigue recibiendo objetos y botes de plástico de todos los tipos.