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San José de Tarros, la aldea de calles y río de oro en Honduras

<p>Unas 600 personas se sumergen de día y de noche en el caudal buscando el metal precioso.</p>

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La ropa se le adhiere al
cuerpo. Su piel ya tiene un tono morado. No es para menos: lleva metida más de 12 horas en las frías aguas del río Bobo.

Angélica Rodríguez, a sus 58 años de edad, forma parte de los centenares de personas que, impulsadas por la “fiebre del oro”, todos los días prueban suerte en el caudal.

LA PRENSA compartió 24 horas con estas personas que de día y de noche escudriñan el río para agenciarse cientos
de lempiras en un solo día.

Son las siete de la mañana en la pequeña aldea del municipio de Nueva Frontera, Santa Bárbara, a unos cinco kilómetros de línea fronteriza con Guatemala.

Angélica, madre soltera de tres niños, levanta con esfuerzo una y otra vez la barra de hierro; su objetivo es cavar hasta lo más profundo del río, donde la tierra esconde el metal precioso.
“El oro está en la alaja (tierra anaranjada). Hay que escarbar mucho para llegar ahí”, dice la abuela, que no para ni un segundo en su labor.

Al terminar el hoyo, toma una pala y rellena con tierra una bandeja morada, la sacude una y otra vez. Por momentos se detiene y saca con sus manos las piedras y la arenas que están de más. Su rostro se ilumina cuando ve entre la oscura arenilla una pizquita de oro. Esa es la recompensa.

Aquí siempre ha habido familias dedicadas a orear, pero en pequeñas cantidades.

Hace dos meses, con la llegada de un proyecto que tiene como fin reparar las calles de la comunidad, se contrató una retroexcavadora que ha sacado la tierra de lo más profundo del río y removió el valioso material.

“Solo con barras no podríamos sacar oro. Por eso no mucha gente se dedica a esto, pero cuando la máquina sacó la tierra el oro brotó de la nada”. Para algunos, esto no es más que un milagro. “Dios nunca nos desampara y ahora, cuando menos trabajo hay, el oro ha sido nuestra salvación”, dice Belarmino Ramos.

Muchos recorren fatigados un largo camino para llegar al río. Lo único que los motiva es llevar un plato de comida a la mesa de su casa.

La “fiebre” del oro no solo es de los adultos. Una vez que suena el timbre de las escuelas y colegios, los niños salen alborotados a sus viviendas a ponerse botas de hule y a recoger baldes que sirvan para orear.

A la una de la tarde hay más gente. Unas 300 personas se dispersan por todo el río.

A las cinco de la tarde llegan los compradores de oro. Se sientan en grandes rocas en las orillas del caudal. Son como águilas vigilantes de los trabajadores, pues ni bien han salido del agua cuando se dirigen a ellos para comprarles el oro.

“Compramos cuando se puede. Con esto les ayudamos y nos ayudamos porque aquí no hay trabajo de nada más”, dijo Ángel Antonio Lara, comprador de oro.


Cada poblador tiene su propio espacio. Algunos hasta se quedan de noche a cuidar para que nadie les invada. La mayoría aprovecha la luz de la luna y con candiles en mano continúan la búsqueda.


“En la noche es cuando mejor se mira el oro porque brilla mucho. No podemos desperdiciar el tiempo porque cuando vienen las lluvias es imposible seguir sacándolo”, agregó Ramos. En la madrugada, cuando la temperatura desciende, solo se escucha el quejido de la gente que tirita del frío.

Todos trabajan callados. Deben concentrarse en mantener la vista en la tierra. Al menor descuido, el oro se les puede escurrir entre las manos sin darse cuenta. A medida que avanzan las horas, el cansancio y el sueño se apoderan de los trabajadores.

“No aguanto, me voy a dormir. De tanto estar agachada me duele la espalda. Tengo los dedos deshechos de tocar tanta arena”, dice Rosa Rivera, defraudada por no poder resistir.
Los de más edad dicen que hacer movimientos los mantiene calientes. Por eso nunca paran; apenas se toman una taza de café cada seis horas.

Los maestros, después de impartir sus enseñanzas, también llegan a probar suerte.

“Llevo siete meses de trabajar en el colegio sin pago. Si no saco oro, no podría mantenerme. Por eso en las noches vengo a orear”, contó Daniel Pinto, mientras acomodaba un viejo candil entre las ramas de un árbol.

Murmuró que si recoge pedazos equivalentes al peso de un fósforo, le pagan 75 lempiras; si es un gramo, dan hasta 750.

Según la alcaldesa de Nueva Frontera, Delmi Reyes, en la zona hay unos 250 oreros; pero este año la locura del oro ha hecho que ya más de 600 personas lleguen de día y de noche a sumergirse en las aguas.

Cuando el cielo comienza a aclararse, las mujeres dejan las panas llenas de tierra a un lado, van a sus casas a preparar café negro y a echar tortillas en el comal para luego comerlas con sal o aguacate.

“A esta hora siempre preparo comida para mi esposo y mis hijos, ya que han trabajado toda la madrugada en el río”, dijo María Luciana Vega.

La humilde mujer arruga por momentos la cara, pues estar en el agua más de nueve horas le causó un fuerte dolor y calambres en las piernas. Ella padece osteoporosis y esa actividad agrava su enfermedad, pero asegura que la necesidad es más grande que el sufrimiento.

“Lo hago por necesidad porque tengo que darles de comer a mis hijas. Estar ahí hace que me dé un dolor horrible en el cuerpo, pero es lo único que nos queda porque ir a cortar café no es rentable, pues apenas nos pagan 25 lempiras por cada galón y es más la matada que el dinero que se gana”, expresó.

Al otro lado del río, las risas de unos hombres llaman la atención de todos, que trasnocharon como la familia de Vega.

Dicen que las calles de San José de Tarros son las más costosas del país, ya que fueron rellenadas una y otra vez con la tierra que es sacada de ahí, llena de oro. “El otro día que estaba lloviendo, una niña de siete años encontró una piedra de oro de al menos cinco gramos en una de las cunetas”, contó uno de los oreadores, quien asegura que caminan por calles de oro.

En la actividad no todos tienen suerte, pues hay que tener técnica y un instinto innato para orear. Hay gente que con solo ver el río es capaz de señalar dónde se puede encontrar oro. Pero ese conocimiento solo lo da la experiencia, explicó José Dionisio Vásquez, quien lleva más de 20 años dedicándose a orear. “Esto no es de toda la gente. Hay que tener buen ojo para saber dónde cavar. Trabajo en el verano sacando oro y en el invierno hago milpa”, dijo.

Mientras conversábamos, su hija de tres años de edad, que nació con retos especiales, tiraba de su pantalón. Cuando obtuvo nuestra atención, tomó una diminuta pana llena de tierra y la metió en el agua; quería mostrarnos que también sabe buscar el metal precioso.

Su padre, que se rio con ternura mezclada con tristeza, contó que la menor siempre los acompaña a él y a su esposa en esa labor. No tienen quien la pueda cuidar. Por eso, aunque tienen la mitad del cuerpo sumergido en el agua, su mirada está pendiente de la niña que en la orilla juega a ser una orera más.También los comerciantes son beneficiados con la temporada del oro. Dicen que están contentos porque los pobladores pudieron honrar las deudas que tenían en sus negocios.

“Nadie me debe. El libro negro está limpio. Todo mundo tiene dinero ahorita”, declaró la dueña de una pulpería.

A las cinco de la tarde del día siguiente concluimos nuestro trabajo y nos marchamos, pero en ese pequeño pueblo la búsqueda insaciable del oro... continúa.

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