Quetglas, 56 años de entrega y amor

Muchos de los niños que rescató de las calles de San Pedro Sula ahora son hombres de bien.

En San Pedro Sula inauguró varias obras de beneficio social. Aquí en la colocación de la primera piedra de la Casa del Niño.
En San Pedro Sula inauguró varias obras de beneficio social. Aquí en la colocación de la primera piedra de la Casa del Niño.

Tegucigalpa, Honduras.

En su despacho de la Parroquia Medalla Milagrosa del barrio San Felipe de Tegucigalpa, el padre Antonio Quetglas, trata de rescatar de su memoria los momentos bonitos de sus 56 años de vida sacerdotal, especialmente los vividos en Honduras.

Todavía se siente convaleciente a causa del accidente sufrido en 2012 que le provocó una fractura de cadera, pero los recuerdos agradables sobre su labor por los niños desprotegidos, lo reanima. “Muchos ya se hicieron hombres y ahora son profesionales, están trabajando o estudiando en la universidad”, dice con una sonrisa de orgullo al referirse a los niños que rescataba de la calle cuando sirvió como párroco de San Pedro Sula, antes de ser trasladado a la capital.

Para él es motivo de alegría saber que estos jóvenes, con los que suele mantener reuniones cuando llega a San Pedro Sula, los sacó de las calles y ahora tienen un hogar bien formado.

Aquella labor social quedó plasmada en instituciones humanitarias fundadas por él como las Obras Sociales Vicentinas, la Casa del Niño, la Casa de la Niña y la Casa del Joven, a las que sigue apoyando desde su despacho de Vicario Parroquial en la Medalla Milagrosa. Por amor a los niños vivía con su mano tendida en procura de ayuda para sacarlos de su situación de abandono y brindarles la vida digna que ahora muchos tienen. “No basta con decir: pobrecitos, hay que ayudarles”, dice el religioso, con una voz debilitada por sus enfermedades y el peso de sus 82 años.

“Estoy enfermo, pero ahora al menos ya puedo caminar. Antes no podía moverme de un sitio a otro y eso me ponía triste”, comenta Quetglas, caracterizado por su dinamismo y su sonrisa espontánea.

Cariño y apoyo

Algo más que recuerda de sus 19 años en San Pedro Sula es el cariño que le dio la feligresía y la cooperación de la gente, gracias a lo cual dejó una estela de servicio que él solo no hubiese logrado.

“Sin ese apoyo fabuloso no se hubieran reunido los diez millones de lempiras que costó desarrollar el proyecto de las Obras Vicentinas, pero he tenido la suerte que siempre he sido bien aceptado”, comenta.

Las obras sociales en San Pedro Sula se iban desarrollando a medida que su corazón de Buen Samaritano detectaba las necesidades entre la población con la que se relacionaba a diario.

Así fueron surgiendo otros proyectos como los Módulos de Ancianos, la Granja de Rehabilitación de Alcohólicos La Esperanza, la Casa del Buen Samaritano, la Clínica Médica y Dental La Merced y la Colonia San Vicente de Paúl.

Lograba reunir ayudas hasta en los velorios, pidiendo a los dolientes que en vez de coronas depositaran en una alcancía un donativo para las familias sin techo. Mientras que mucha de la provisión para los niños de los albergues salía de la Misa de La Libra, la cual consistía en que cada uno de los fieles llevara una libra de cualquiera de los productos de la canasta básica.

También están en su mente las campañas de evangelización que se volvieron una tradición en su parroquia, especialmente la Campaña Infantil que extendió a Tegucigalpa con el fin de sembrar la semilla de los valores en los jóvenes y niños, ante el espectro de la violencia.

El padre Quetglas comenzó su misión pastoral en Honduras sirviendo en la ciudad de La Ceiba por tres años. También estuvo un año en Tela y 11 en Puerto Cortés. En todos estos lugares se le recuerda por haber tratado siempre de dar una respuesta concreta a los problemas sociales de los más necesitados, como también por su espíritu abierto y jovial. Quienes lo conocen coinciden en que sabe dialogar con el más pobre y con el más acomodado. “Sabe despertar interés no tanto por su obra sino por la de Jesús”.

Y sigue activo. Todos los días está en su despacho revisando sus proyectos sociales o en la iglesia cocelebrando misa. Su deseo inmediato es compartir con los sampedranos sus 56 años de sacerdocio que cumple hoy domingo.

La Prensa