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Morir en el desierto, otro calvario de migrantes

Si subirse a la “bestia de acero” cuando va en marcha es una temeridad, internarse en el desierto de Arizona es una invitación a la muerte.

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Si subirse a la “bestia de acero” cuando va en marcha es una temeridad, internarse en el desierto de Arizona es una invitación a la muerte.

Fe de ello lo darían los diez mil inmigrantes que intentaron en los últimos diez años cruzar el “mar de arena” que une a Nogales, México, con Tucson, Estados Unidos. Pero ellos murieron en el trayecto.

De acuerdo con la Coalición de Derechos Humanos de México, apenas 300 de cada mil que emprenden el viaje a Estados Unidos a través del desierto logran su propósito.

Los restantes 700 fracasan luego de perder su batalla ante las elevadas temperaturas, los espinosos cactus, las víboras, los alacranes, las patrullas fronterizas que los persiguen por tierra y aire y los inescrupulosos traficantes de personas que los asaltan y los dejan abandonados a su suerte.

Los inmigrantes desconocen las distancias que hay que caminar, la cantidad de agua y alimento que requieren para subsistir bajo el inclemente sol y, sobre todo, ignoran lo rápido que se pueden deshidratar. Cientos de ellos mueren cada año víctimas de la insolación o la deshidratación.

Los cuatro días de camino son un calvario, pero a pesar de los peligros que el desierto representa, este lugar sigue siendo el preferido de los coyotes y sus clientes para llegar a “Tierra prometida”.

El recorrido

Un equipo de LA PRENSA recorrió el temido desierto en el tramo que conecta a Tucson con el Valle de Arivaca. Este sólo es una porción de los 626 kilómetros de longitud que hay en la frontera internacional que separa los estados mexicanos de Sonora y Baja California con Arizona.

El termómetro marcaba los 42 grados centígrados en el árido terreno de grava y arena con escasa vegetación, que impide a los caminantes cubrirse de los fuertes rayos de sol.

A las siete de la mañana iniciamos el recorrido de 20 kilómetros. Viajamos acompañados de los Samaritanos que son voluntarios que a diario transitan por diferentes áreas del desierto. Durante la travesía, el movimiento de las patrullas de la “Migra” fue constante, no sólo era una, sino cinco las que se desplazaban por el lugar.

En 25 minutos estábamos en el desierto. Una de las voluntarias nos indicó que estábamos en la primera estación de agua.

Nos recomendó no acercarnos a los cactus de Cholla porque sus espinas son una amenaza. Avanzamos bajo el ardiente sol. Varios kilómetros después nos encontramos con señales de una fogata y con huellas de hombres y mujeres que pocas horas antes habían estado allí.

“Caminan tres o cuatro días enteros bajo el ardiente sol para cruzar el desierto, se exponen a muchos peligros. Desde el año pasado la cantidad de cadáveres que se han encontrado han ido en aumento. Nosotros llevamos diez años dejándoles agua”, relató Debbi Maccullough, una de las samaritanas que nos acompañan.

En el cielo observamos varios buitres volando en círculo. Las norteamericanas nos indicaron que esa era señal de que alguien había muerto.

“La Migra y las organizaciones humanitarias a veces logran encontrar los cadáveres cuando ven estas aves volando. Algunas veces se trata de animales, pero en su mayoría son los cuerpos de migrantes que mueren por no soportar el sol”, explicó McCullough.

Debido a que los migrantes utilizan las áreas más despobladas del desierto para no ser atrapados son cientos los cadáveres hallados en estado de descomposición. Muchos de ellos son enterrados ahí mismo, mientras que otros son llevados a la morgue de Tucson.

Quince minutos tardamos en llegar al punto donde dejamos ocho botellones de agua que quedaron esperando por la llegada de migrantes sedientos. En cada botellón, las voluntarias escribieron la fecha y un mensaje que decía: “Vaya con Dios”.

Seguimos la ruta hasta llegar a Batamote Will, donde se encuentra un rancho abandonado que sirve de área de descanso a los indocumentados. Revisamos la zona, pero no había nadie, sólo restos de ropa, latas de comida vacías, botes de agua vacíos y mochilas descoloridas.

Luego nos trasladamos a Amado Will, otro punto que se ha convertido en estación de agua de los Samaritanos. Hasta hace poco, los inmigrantes agotados por la sed y el cansancio tomaban agua contaminada de un pozo que los rancheros construyeron para que las vacas no se deshidrataran.

“Nos dio tristeza cuando vimos a los inmigrantes tomando agua contaminada de los pozos. Por eso abrimos este punto para dejarles agua limpia y que no se expongan a enfermedades”, dijo Sara Anderson, otra de las samaritanas.

El calor comienza a sentirse más fuerte, pero eso no impidió que llegáramos a la estación de agua de Fronteras Compasivas, otra organización de ayuda al migrante. A lo lejos ondeaba una bandera azul, que indicaba que allí hay líquido.

Varios rótulos de peligro advierten sobre la presencia de minas en la zona. En este lugar se han encontrado restos de migrantes que no pudieron ser identificados, hombres y mujeres que murieron víctimas de las explosiones.

Después de ocho horas de recorrido, comprendimos que cruzar el desierto es un verdadero infierno y un desafío cuya derrota muchas veces se paga a un alto precio: con la muerte.