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Perfil del agresor: ellos engañan, mienten y manipulan

Los pederastas dan regalos y dinero para ganar la confianza de las niñas. Recurren a la amenaza cuando alguien los descubre.

Luciano González antes de ser capturado en Buena Vista, Intibucá. Este agresor vive en extrema pobreza; otros violadores pertenecen a otras clases sociales.
Luciano González antes de ser capturado en Buena Vista, Intibucá. Este agresor vive en extrema pobreza; otros violadores pertenecen a otras clases sociales.

San Pedro Sula, Honduras.

Yo “le tocaba las piernas y jugaba con sus manos y me dijeron que eso era delito”, confesó Luciano González ante periodistas de LA PRENSA cuando aún estaba en libertad. Por esa conducta aberrada, ahora él se encuentra cautivo en un presidio bajo la acusación de actos de lujuria (en la categoría de delito agravado).

En el caserío Buena Vista, de la aldea Catarina, Intibucá, González recibió a los periodistas de LA PRENSA en su paupérrima vivienda, armada con tablas de pino, láminas de zinc y pedazos de nailon, minutos antes de que la Policía llegara a capturarlo por considerarlo sospechoso del asesinato de su hijastra Teresa Domínguez Gómez (de 12 años).

Durante varios años, este hombre de mediana estatura y tez trigueña, en su condición de padrastro, “cuidaba” a sus hijos (de 9, 7 y 4 años) y también a la hijastra mientras su mujer María Virgen Domínguez trabajaba en oficios domésticos en una casa de La Esperanza.

La noche del 13 de enero, Teresa, acorralada por el temor a una violación, decidió salir de la casa de González con el argumento de que iría a encontrar a su mamá, quien regresaba de trabajar.

La niña, lamentablemente, no logró encontrarse con su madre. Ella murió asesinada en el camino. Según autoridades policiales, el cuerpo de Teresa estaba semidesnudo: con su pantalón y ropa interior abajo de las rodillas, con el cuero cabelludo arrancado y con heridas de machete en la cadera.

“Yo había dejado a Luciano, pero tenía que vivir en la misma casa, y no llegué el domingo porque me picaron unas abejas y los bomberos me mandaron al hospital”, relató la mamá de la niña.

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El 22 de enero, el juzgado de Letras de Intibucá dejó en prisión a González por actos de lujuria y no por el asesinato, pues el Ministerio Público aún no tiene pruebas que demuestren la comisión de ese delito.

Para incriminar al hombre, la Fiscalía de Protección a la Niñez presentó declaraciones de testigos; entre ellos, otra hijastra de 14 años que abandonó la casa porque, según le dijo a LA PRENSA, él “las tocaba cuando su madre las dejaba solas con él”. Mientras González y otros hombres abusan de niñas en zonas rurales, en las grandes ciudades, donde está el 54% de la población de menores de 17 años, otras decenas de pederastas utilizan las mismas estrategias aviesas para atacar a sus víctimas cuando se encuentran solitarias.

Beatriz, quien acaba de cumplir 12 años, se escapó de las garras de su padrastro, un hombre frío y calculador que durante varios meses estuvo tramando el plan para atacarla.

Un día, como a la 1:00 pm, llegó a la casa y cerró las puertas. Se desnudó y trató de agarrarme a la fuerza. Yo peleé con él y no me dejé. Él dejó de intentar porque tenía que volver al trabajo”, recuerda Beatriz.

El padrastro de esta niña trabajaba en el mismo lugar de su madre. Todos los días a mediodía se trasladaba en bicicleta a la casa, situada en Cabañas, “para almorzar con los cipotes”.

En la hora de almuerzo, él salía del trabajo y les llevaba frescos a mis hijos. Les tomaba fotos y hacía videos mientras comían y me los mandaba. Mirá, me decía, están felices comiendo”, relata la mamá de Beatriz.

Semanas antes de que intentara agredir sexualmente a la niña, el padrastro le mostró fotografías a Beatriz que había descargado de su cuenta de Facebook en el celular.

“Siempre me enseñaba una foto mía. Yo aparecía en traje de baño. Me decía que estaba bonita, que tenía buen cuerpo”, recuerda Beatriz. “También me decía que a él le gustaban las niñas, que quería tener una niña. Yo pensaba que él me hablaba de una hija, no entendía lo que me quería decir. Yo pienso que él abusó de otra niña, de la hija de la mujer que tuvo antes de conocer a mi mamá”.

Las conductas de González y las del padrastro de Beatriz son típicas dentro del grupo de hombres adultos que encajan dentro del perfil de un pederasta: engañan, mienten y manipulan a las víctimas y al círculo familiar.

Es un manipulador que está en una relación de poder. Esencialmente siempre está en una posición de poder económico sobre la madre de la niña. Normalmente, el abusador niega los hechos y dice que la menor inventa. Es un manipulador de primera, es un enfermo que intenta comprar la conciencia de la madre o de alguien del círculo familiar cuando es descubierto”, explica Ramón Enrique Barrios, exjuez del Tribunal de Sentencia en San Pedro Sula.

A menudo, plantea Barrios, “el abusador realiza una labor psicológica previa para que las menores de edad no entiendan lo que está pasando o crea que lo que está pasando es normal”.

Como juez, notó “que en muchos casos el abusador es el padrastro, padre u otro miembro del círculo familiar o una amistad muy cercana”.

En el Tribunal de Sentencia, Barrios, quien es catedrático de Derecho en la Unah, tuvo entre los acusados a hombres que “se ganaron la confianza de las niñas dándoles regalos” y dinero.

Los agresores presentan perfiles diferentes

Los individuos que atacan sexualmente a menores de edad presentan perfiles psicológicos diferentes; sin embargo, todos se caracterizan por no haber tenido una formación en valores morales durante la infancia, advierte Augusto Aguilar, presidente del Colegio de Psicólogos de Honduras (Copsih).
“Estas personas han tenido una infancia problemática, el entorno en el cual crecieron no contribuyó a la formación de valores. Cuando son adultas presentan núcleos patológicos producto de una educación y atención inadecuada en el hogar, en escuelas”, opina.

Según Aguilar, “en muchos hogares que no son regulares, donde los menores crecen solo con la madre o el padre, existe mucha permisividad. Los padres son permisivos y no educan a los niños en la adquisición de valores, respeto al prójimo, honradez (...)”.

“En términos generales, esto es lo que sucede, sin perder el punto de vista de que cada caso es diferente. No podemos decir que hay un perfil único (...). A veces, los niños que han sido maltratados se convierten en violentos cuando son adultos; otros se hacen tímidos”.

Las agresiones sexuales “se dan en familias pobres, en las clases media y alta”, afirma. No obstante, “en algunos países que han puesto interés en la formación de valores (como los del norte de Europa: Noruega, Suecia, Finlandia) están cerrando las cárceles porque no hay presos, pero en nuestros países no hay espacios en las cárceles porque hay muchos reos”. .