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Martha: Mi tío me llamó al cuarto y y trancó la puerta

El hermano de su padre, quien siempre leía La Biblia, consumó el plan cuando Martha estaba a pocos días de cumplir 15 años

 Martha, en compañía de su madre, le relató a LA PRENSA los momentos que vivió el día más triste de su vida.
Martha, en compañía de su madre, le relató a LA PRENSA los momentos que vivió el día más triste de su vida.

San Pedro Sula, Hodnuras

Desde que la bajó al celular, mi tío leía La Biblia casi todos los días y cantaba coros cristianos. A pesar de que me decía tonteras —digo tonteras por no usar otra palabra— siempre pensé que era una buena persona y que nunca sería capaz de hacer las cosas que a mí me hizo. Ahora, tres años después, estoy convencida de que las apariencias engañan.

Sin embargo, siempre me pareció un poco extraño que mi tío, pese a que leía frecuentemente La Biblia, no pasara del libro de Mateo. Hasta ahora, cuando ya es demasiado tarde, me entero los motivos por los cuales se había concentrado y empantanado en ese Evangelio.

El libro de Mateo trata claramente los temas del adulterio y la fornicación. Si en esos días yo hubiera leído La Biblia probablemente hubiera encontrado algunas pistas y posiblemente evitado ese suceso que desgarró mi cuerpo, mi mente y mi corazón. En el capítulo 5, versículo 28, encontré algo que dice: “Cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”.

A mis 14 años yo no tenía la suspicacia, menos la suficiente capacidad para detectar la amenaza que me estaba acechando. Mi tío, así como dice La Biblia, codiciaba mi cuerpo. No solo me miraba todos los días con lujuria, sino que me hacía insinuaciones muy claras.

—Que rico huele tu cuerpo. Quiero que seas mi novia, me dijo una vez en el oído mientras trataba de abrazarme por la espalda.

—No me diga tonteras que usted es mi tío, le dije. “Este solo es tonteras”, pensé en ese momento.

Un día, cuando yo estaba en la cocina haciendo unos espaguetis, él llegó repentinamente a abrazarme. Intentó poner sus manos en mi cintura y pegar su cuerpo al mío. Yo me enojé y agarré un cucharón y lo golpeé. Mi mamá, al escuchar el ruido, llegó a preguntarnos qué ocurría y yo le dije que mi tío me estaba molestando. No pasó nada más y todo quedó en una aparente normalidad.

En esos días comencé a tener un mal presentimiento. Pensaba que mi tío estaba maquinando algo, pero no tenía claridad en mis pensamientos. Evité contarle a mi mamá porque no estaba segura de que mis sospechas tuvieran una base en algo real. Tenía miedo a que no me creyera y a convertirme en la culpable de crear un problema familiar.

Mi tío, que tiene más de 45 años, nunca me pidió que me acostara con él o que tuviera relaciones sexuales, pero, ahora que tengo 17 años, llegó a la conclusión que siempre me lo insinuó usando otras palabras.

—Que rica te miras con esa falda, me dijo una vez mientras leía La Biblia. Esas eran las cosas que él me repetía. “De decir tonteras no va a pasar”, pensé.

Mi tío, quien es el único hermano de mi papá, tenía varios meses de estar con nosotros. Él tenía su propio cuarto fuera de la casa. Llegó a vivir con nosotros porque se separó de la mujer. Nosotros le lavábamos la ropa y le dábamos la comida todos los días.

Mi mamá y mi abuela nunca desconfiaron de él. Era un miembro más de la familia que entraba a cualquier parte de la casa. Le tenían lástima porque suponían que estaba sufriendo por la separación. Era la segunda vez que lo dejaba una mujer.

Hay un refrán que dice “tanto va el cántaro al agua que al fin se rompe”. Y así el día más triste de mi vida llegó. A finales de septiembre, cuando yo estaba en octavo grado, mi tío logró consumar el plan que por meses estuvo armando mentalmente. Yo estaba sola en la casa y él estaba en su cuarto. Mi mamá y mi abuela habían salido porque estaban trabajando en los preparativos de mis 15 años.

—Martha, vení, quiero que me hagás un favor, me gritó mi tío desde el cuarto.

—Ya voy, le respondí, sin sospechar nada malo. “Será que quiere que vaya a comprarle algo a la pulpería”, pensé. Muchas veces me llamaba para que le hiciera mandados. Ese día, él no quería mi ayuda, él quería algo mucho más valioso que yo en ese momento no imaginaba: mi virginidad y mi cuerpo.

Yo llegué al cuarto de él. La puerta estaba abierta y él estaba esperándome.

—Entrá, me dijo. Yo no pensé nada malo.

Segundos después él cerró la puerta. Una corriente de frío corrió por mi cuerpo y el miedo se apoderó de mí. Me agarró a la fuerza y yo intenté soltarme. No pude. Él tiene tres veces más fuerzas que yo. Tuve tanto miedo que no pude gritar. Le pegué con mis manos y le di patadas, pero de nada sirvió.

No sé en qué momento comenzó y no sé en qué momento terminó. Hizo lo que hizo con mi cuerpo y al terminar me sacó a empujones del cuarto.

Él no tardó mucho pues posiblemente pensó que mi mamá y mi abuela estaban por regresar. Todo ocurrió de manera rápida. Mi falda, que era color negro, y mis piernas quedaron manchadas.

Triste y llorando salí a buscar ropa y me encerré en el baño. Me bañé y estuve envuelta en un llanto durante varios minutos. Antes de que llegara mi mamá, me vestí e hice como si nada había pasado. Me quedé callada. Yo traté de seguir actuando con normalidad. Por dentro me estaba muriendo de la tristeza.

Durante casi un año permanecí callada. Nunca le conté a alguien, ni a mis compañeras de clases. Evité contarle a mi mamá porque tuve temor de que no me creyera. Además pensé que yo podría ser juzgada.

Durante el noveno grado mis calificaciones bajaron. Estaba desanimada. Llegó un momento en el cual me sentía una basura porque perdí la virginidad de una forma horrible y sin que yo lo quisiera. Para mí, la virginidad es importante y es algo que ya no podré recuperar. Mentalmente me torturaba pensando en que yo pude evitar la violación si le hubiera explicado bien a mi mamá sobre aquellas insinuaciones.

La frustración y la rabia que cargaba dentro de mí las reflejaba cuando me las desquitaba con otras personas. Me sentía culpable de lo que me pasó. Peleaba constantemente con todos. A mi tío, que siguió viviendo en la casa, no le dirigía la palabra. Todo el tiempo traté de evitarlo. En mi casa no imaginaban que él me había violado.

En el colegio mis compañeras hablaban de relaciones sexuales. Yo solo las escuchaba y evitaba comentar sobre esos temas porque recordaba esos momentos de la violación. Debido a que de mi boca no salía una palabra, mis compañeras decían que yo era la más experimentada y por eso me quedada callada. Eso me incomodaba mucho.

Al año de la violación, cuando mi tío tenía dos meses de haberse ido de la casa, decidí hablar. Ya no soportaba. Le conté a mi mamá. Para ser sincera, ella y mi abuela no me creyeron.

Ahora saben mi mamá, mi abuela y mi abuelo (padres de él), mi hermano y una amiga de mi mamá. Mi papá, quien dejó la casa cuando yo estaba pequeña, no sabe. No quiero contarle, si se da cuenta puede ocurrir una desgracia en la familia.

Desde que le conté a mi mamá, ella me ha estado apoyando. Desde el año pasado, me lleva cada 15 días a la psicóloga y cada dos meses a la psiquiatra.

Estoy concentrada en mis clases. Tengo un índice mayor de 85%. Mi deseo es aprender bien inglés, estudiar otros idiomas asiáticos, como chino, coreano o japonés. Siempre me han llamando la atención esas lenguas. Espero encontrar una oportunidad, el apoyo, para lograr ese sueño. Nosotros no tenemos dinero y mi familia no tiene capacidad para enviarme a otro país. No creo que sea imposible.

Soy sincera, no les tengo miedo a los hombres, pero no quiero casarme. Después del infortunio con mi tío, tuve un novio, una mala experiencia. Lo dejé porque él quería relaciones sexuales. De eso no quiero saber nada. La verdad es que no siento el deseo de tener un esposo e hijos.

Ahora que me siento mejor emocionalmente, puedo contar mi historia para que los padres y madres no confíen mucho en las personas que rodean a sus hijas. Hay gente buena y mala en este mundo. Algunas están enfermas mentalmente y uno no sabe.

Pienso que para muchas personas una violación no es más que una relación sexual involuntaria y con violencia. Para una niña de 14 años, como era yo, es una tragedia que causa heridas en el cuerpo y daños en la mente. Muchas veces, mientras sufría callada, me asaltó intensamente la idea del suicidio. Recuerdo que un muchacho, que decía ser mi amigo, me dio unas pastillas. Recomendó que me las tomara. Me iban ayudar a resolver de una vez mi problema. Algunos amigos, no son tan amigos, como dicen.