Picados, decapitados y ahorcados durante seis décadas de horror

Exreos vieron cuando asesinaban a otros compañeros, pero tuvieron que guardar silencio para evitar la muerte.

El presidio es más que una cárcel, es un infierno.

San Pedro Sula, Honduras.

Descuartizados, ahorcados, apuñalados, decapitados; llantos y gritos desgarrados escuchados a medianoche y a plena luz del día; reos paseando dentro del recinto carcelario con fusiles AK-47, AR-15 y nueve milímetros; comercialización de marihuana y cocaína son los elementos que componen la radiografía macabra del centro penal de San Pedro Sula, ubicado casi en el centro de la ciudad, el cual será demolido antes de que finalice 2017 después de estar abierto más de seis décadas.



El presidio, que en teoría es un lugar para que los ciudadanos paguen sus penas y se rehabiliten, en la práctica ha sido una escuela del crimen, un centro de operaciones para delincuentes y un despiadado matadero de seres humanos.

Reclusos de las MS-13 y la 18, pesetas (exmareros), paisas (reclusos que no han integrado maras), los coordinadores (reos con buena conducta), administradores y custodios son los actores que han tenido participación y han muerto en un juego mortal dentro del penal. “Esa no es una cárcel, ese es un infierno. Todos los reos viven en condiciones infrahumanas y con psicosis. Dentro de ese presidio uno vive esperando que en cualquier momento lleguen a sacarlo de la celda para picarlo. Uno se acuesta y no sabe si al día siguiente estará vivo”, dice un hombre que estuvo recluido en ese presidio.

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NEGOCIOS, MUERTE Y COMODIDAD. La MS-13, la 18 y las bandas formadas por paisas y pesetas tuvieron sangrientas disputas con el objetivo de hacer negocios ilegales y purgar las penas con comodidades.

Este ciudadano, que permaneció preso dos años por un homicidio que no cometió, ahora que está en libertad da “gracias a Dios” porque logró sobrevivir “en un mundo gobernado por el diablo”. “Yo estuve preso cuando mataron a don Mario (Mario Antonio Henríquez). Ese fue uno de los días más feos de mi vida. Le cortaron la cabeza y la tiraron al techo. Todos tuvimos miedo. Durante estuve preso hubo varias balaceras. Yo no tenía más que quedarme acurrucado esperando un balazo. Si miraba algo, tenía que callarme”, relata.

El 6 de abril de 2014, cerca de las diez de la mañana, estalló el bullicio, quejidos y lamentos, precedido por disparos y después de una hora llegaron las ambulancias para rescatar a los heridos que gritaban “los están matando” y “le cortaron la cabeza”.

Ese día murieron 13 reos. También le cortaron la cabeza a Mario Henríquez y los hechores la lanzaron, como si fuera un trofeo, sobre el zinc. A Henríquez, quien era subcoordinador, lo mataron porque estaba planeando con los administradores trasladar una parte de reos de la celda 18 a otro sector del presidio.

Henríquez, recluido en el módulo de los paisas desde agosto de 2007 por el delito de robo de carros y portación ilegal de armas, murió esa mañana desmembrado. Los criminales, quienes eran compañeros de celda, lo decapitaron. Otro exreo relató que a “don Mario lo mataron cerca de la entrada principal”. “Ese fue un día muy difícil para todos. No todo el mundo se involucra en esas cosas, siempre hay gente que está aparte, pero, por lo general, por miedo se convierte en parte de un bando”, recuerda el expresidiario. “Y después todos corren riesgos”.

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NEGOCIOS, MUERTE Y COMODIDAD. La MS-13, la 18 y las bandas formadas por paisas y pesetas tuvieron sangrientas disputas con el objetivo de hacer negocios ilegales y purgar las penas con comodidades.

El infierno en el cual han vivido todos los presos tiene una sola causa: dinero, es decir, negocios ilícitos hechos en la cárcel entre reos poderosos y autoridades administrativas.

“Las muertes se han dado adentro por la disputa de poder. Ese es un mercado. Allí le cobran la ‘culebra’ al que va entrando, la cantidad que paga depende del tipo de bartolina donde estará. Todos los grupos quieren controlar la venta de droga y alcohol. Ellos hacen negocio con esas ventas y también le han dado dinero a las autoridades”, dice este exprivado de libertad.

La llamada “culebra” es un pago que un recluso recién llegado le efectúa a cualquiera de los grupos para contar con seguridad personal, con protección, y obtener permisos para ingresar objetos (como televisores y ventiladores) que le permitan purgar la pena entre comodidades. “Algunos han podido meter mujeres hasta una semana”, dice el exrecluso.

Entérese
Expresidiarios entrevistados por LA PRENSA creen que las autoridades encontrarán más armas, dinero y también osamentas enterradas en cualquier lugar del centro penal cuando sea demolido.

Para establecer la cuota a cobrar, estos grupos averiguan la situación económica del recién llegado y su familia. “Investigan quién es la persona y se dan cuenta a través de los medios”, asegura.

Armas

Para ostentar poder, estos han sido “armados desde afuera” con la complacencia de las autoridades penitenciarias. El subdirector Silvano Posadas, por ejemplo, en mayo de 2016 murió, junto con el custodio Aníbal Zaldívar, abatido a balazos en el barrio Las Palmas por mantener relación con una de esas bandas. Ese día, él recibió una llamada, alguien le solicitó que llegara a la 20 calle, entre las 10 y 11 avenidas. Recogió un paquete y luego lo aniquilaron.

“Cuando estuve preso había cuatro grupos, cuatro bandas. Eran conocidos por el nombre de las personas que las dirigían, estaba la banda de Manuel, la banda de los Olanchanos, la banda de Francisco Breve. Estuvo la Ranfla, que controlaba todo el presidio y estaba compuesta por paisas”, recuerda. “Ver y callar ha sido la regla allí. Yo logré ver en sus manos escopetas, AK-47, AR-15, nueve milímetros. Durante yo estuve preso, más de diez años preso, hubo varias balaceras, de día y de noche. Cuando mataron al Chele Volqueta yo estaba preso”.

En 2014, monseñor Rómulo Emiliani y Adam Blackwell, exsecretario de Seguridad Multidimensional de la OEA, visitaron el presidio y lograron que las dos maras le prometieran a la sociedad un alto a las acciones delictivas, pero jamás cumplieron. Ahora, sus miembros están recluidos en El Pozo.

La Prensa