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Víctima: "me durmió y cuando desperté estaba ensangrentada”

Manuel, quien alquilaba un cuarto de la casa, entró al dormitorio de Rosita minutos después de que su madre saliera hacia el trabajo.

 Al momento de relatar su historia, Rosita le solicitó a LA PRENSA el anonimato.
Al momento de relatar su historia, Rosita le solicitó a LA PRENSA el anonimato.

San Pedro Sula, Honduras.

El despertador del celular sonó a las cuatro de la mañana. Mi mamá, como solía hacerlo, cumplió con la rutina de los primeros minutos del día: se levantó, se bañó y luego desayunó antes de salir para su trabajo. A esa hora yo estaba, casi siempre, entre dormida y despierta.

Un poco después, escuché el golpe de la puerta. “Mi mamá ya se marchó”, pensé. El cuarto quedó completamente oscuro y en pleno silencio, el único ruido que escuchaba era el del ventilador que tenía a un lado de mi cama.

A mis 14 años no me daba miedo quedar sola durmiendo en la casa. Desde niña me acostumbré a la soledad y aprendí a no temer. Mi mamá, por ser madre soltera, tenía que trabajar obligatoriamente para darme de comer a mí y a mis otros hermanos que vivían en otro lugar. Esa mañana, como tenía mucho sueño y me sentía tan feliz en la cama, seguí durmiendo.

Cuando comenzaba a recobrar mi sueño, quizás eran las 5:15 de la mañana, escuché que alguien entró a la casa. Sin embargo, no tuve miedo. “Es Manuel”, pensé.

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Manuel era compañero de trabajo y el mejor amigo de mi mamá. Conmigo él era muy cariñoso y yo lo veía como si fuera parte de la familia. De vez en cuando me abrazaba y me decía que me quería como su hija. Muchas veces me regaló dulces y otras cosas.

Para que el salario le rindiera, mi mamá le dio la oportunidad a Manuel de vivir sin pagar alquiler en un cuarto que teníamos en el patio. Aunque no tuve miedo, esa vez, me pregunté por qué él había entrado a la casa tan temprano. Él nunca lo había hecho.

En el justo momento que pensaba sobre las causas de su presencia dentro de la casa me sorprendió mucho más y aterradoramente. Entró a mi cuarto. Un escalofrío recorrió repentinamente mi cuerpo. Entonces, tuve un mal presentimiento. Yo estaba desnuda e indefensa. Esos segundos los sentí eternos, pero desgraciadamente no tuve tiempo ni las fuerzas para evitar todas las cosas que él me hizo después.

—No la querías ver, me dijo. Es lo único que recuerdo.

Manuel se abalanzó sobre mí. Me agarró de las manos y yo intenté gritar para pedir auxilio. Nadie escuchó mis gritos porque él me puso un trapo húmedo en la boca y nariz. No sé qué tenía ese trapo, pero me durmió.

Después

Unos gritos y unos llantos que escuchaba en la lejanía me despertaron. No sé cuánto tiempo estuve dormida, no recuerdo. Sí recuerdo que, cuando abrí mis ojos, tenía a mi hermana frente a mi cama llorando y preguntando qué me habían hecho. Yo sentí un dolor en la parte baja de mi vientre y me toqué con la mano derecha mi parte genital porque sentía algo raro, algo pegajoso. Era sangre.

Cuando vi mis dedos rojos sentí un leve mareo. Traté de recordar todo y no tuve dudas que Manuel me había violado. Sentí un nudo en la garganta y no pude evitar que mis lágrimas salieran de mis ojos.

Manuel, seguramente, estaba drogado. En la casa sabíamos que él consumía cocaína y marihuana.

Mi hermana llamó por teléfono a mi mamá para contarle la tragedia. Ella no creyó. Cuando llegó a la casa y, al ver mi estado, supo que era verdad. Más tarde me llevaron al doctor para que me examinara.

Manuel desapareció y no lo volví a ver. La Policía lo estuvo buscando y nunca lo encontró.

Gracias a Dios no me dejó embarazada, pero me causó daños físicos y psicológicos que no he podido superar y que, más tarde, me provocaron otros problemas que casi me llevaron al cementerio o a la cárcel.

Antes de la violación, aunque vivía en un barrio pobre y peligroso, yo era una niña feliz. Era obediente y le hacía caso a mi mamá, por ejemplo, muchas veces me levantaba temprano a hacerle el desayuno a ella para que no se atrasara y llegara a tiempo a su trabajo.

En agosto cumplí 17 años. Los cumplí con más tristezas que alegrías. La muerte me ha perseguido como si yo fuera su enemiga, me ha asediado tanto que en 2017 me sentí obligada a huir. Estuve viviendo en otro país y hace poco regresé.

En este tiempo, que he padecido demasiado, no he tenido relaciones sexuales con nadie y no he tenido novio. A pesar del daño que me hizo un hombre no odio a ninguno. A veces pienso que si un día logro casarme, mi pareja podría maltratarme si se da cuenta que sufrí una violación.

Por ahora no deseo tener una relación, lo único que quiero es aprender mecánica automotriz o belleza. Necesito un oficio para ganar dinero y poder vivir.

Reconozco que en estos últimos años, por estar afectada psicológicamente, cometí muchos errores y también soy consciente de que, desde que me congrego en una iglesia evangélica, he mejorado como persona.

No lo puedo negar, después de la violación mi vida cambió. El diablo parece que se acercó a mí. Muchas cipotas que conocí cuando estuve en la escuela y que andaban en malos pasos se hicieron mis amigas. Había de 15, 13, 12 años. La mayor tenía 17. Eran 8 en total. Yo me engavillé con ellas porque en ese momento estaba confundida y no podía diferenciar con claridad el bien y el mal.

Ellas vendían drogas y también se iban con hombres a los hoteles a tener relaciones sexuales a cambio de dinero. Trabajaban como prostitutas. A mí me decían que lo hiciera. Jamás tuve valor. Yo les decía que mejor buscáramos la iglesia y ellas salían con que yo estaba loca.

Siempre me insistían en que consumiera cocaína o marihuana o que les ayudara a vender la droga para ganar dinero. Nunca acepté.

Pienso que si yo hubiera tenido a mi papá a mi lado no hubiera sufrido. Él, según me ha contado mi mamá, se fue cuando yo tenía 11 años. Nunca más lo he vuelto a ver. Contaba con la protección de mi hermano, pero a él lo metieron al presidio por un crimen que no cometió.

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En un momento yo intenté salir de ese círculo de malas amistades. Encontré un trabajo de cuidar dos niños. Lamentablemente solo me explotaban. Nunca me querían pagar.

Un día la gente de esa casa me llevó en un carro. Me dijeron que bebiera un fresco con “aceite ungido para que me fuera bien en la vida”. Yo hice caso. A los minutos me sentí mareada y pregunté qué me pasaba. Me volvieron a dar el tal aceite. No supe cómo llegué, pero me desperté desnuda y tirada en un basurero en las orillas de Tegucigalpa.

Yo he sufrido bastante, pero no más que mis amigas. A ellas, al igual que a mí, las violaron. Me contaron que eran hijas de madres solteras y los padrastros varias veces las agarraron a la fuerza.

Debido a que nunca sintieron el apoyo de sus mamás, quienes no creyeron cuando les contaron que habían sido violadas, decidieron dejar sus casas para llevar una vida de peligro en las calles.

De todo el grupo de amigas, solo yo estoy viva. A todas, a las 8, las mataron.

El abuso sexual afecta a todas las clases sociales: Martha Cecilia Zelaya, psiquiatra encargada de la Unidad de niños y adolescentes del Hospital Psiquiátrico San Juan de Dios

El abuso sexual infantil es un problema que se ha presentado a lo largo de la historia en diferentes culturas, clases sociales, niveles educativos, grupos religiosos y étnicos. Según la OMS, el maltrato infantil se define como los abusos y la desatención de que son objeto los menores de 18 años, e incluye todos los tipos de maltrato físico o psicológico, abuso sexual, desatención, negligencia y explotación comercial o de otro tipo que causen o puedan causar un daño a la salud, desarrollo o dignidad del niño, o poner en peligro su supervivencia, en el contexto de una relación de responsabilidad, confianza o poder.

Prevalencia: En 2012 por lo menos 1.8 de cada 10 adultos sufrieron abuso sexual durante su niñez. Una de cada 4 niñas y uno de cada 6 niños es víctima de abuso sexual antes de cumplir los 12 años. Hay estudios que demuestran que el 56% de las víctimas son abusadas por padrastros.

Factores de riesgo: Pobre desarrollo en destrezas relacionadas con la seguridad personal, maltrato físico o psicológico, vida familiar temprana caótica y disfuncional, negligencia en el cuidado, escasa supervisión de las figuras parentales, discapacidad física o mental en una o ambas figuras parentales.

Consecuencias: El abuso sexual le roba al niño la inocencia, su derecho a poder descubrir su propia sexualidad gradualmente sobre todo a vivir experiencias sexuales en sintonía con su capacidad física y psicológica, que al ser adultos se manifiestan con depresión, ansiedad, ataques de pánico, problemas de sueño, problemas sexuales, relaciones codependientes, soledad, miedo al rechazo, incapacidad para establecer intimidad, adicciones, alcoholismo, abuso de sustancias, trastornos de conducta alimentaria, automutilación e intentos de suicidio. El abuso sexual puede quedar en el pasado, pero las heridas emocionales siguen durante años.

Más de 370 víctimas llamaron al 150 tras sufrir un abuso

Más de 370 mujeres de todas las edades de San Pedro Sula, desde adolescentes hasta mayores de 30 años, llamaron durante 2018 al número de teléfono 150 para encontrar un refugio emocional tras haber sido objeto de una agresión sexual.
La Asociación Hondureña del Teléfono de la Esperanza (Ahote) registró, hasta principios de diciembre, 374 llamadas relacionadas con abuso sexual cometido por parientes y hombres cercanos a la familia.
Manfredo Cruz, voluntario de Ahote, le explicó a LA PRENSA que las víctimas llamaron al teléfono 150 “luego de sufrir un incidente tan grave y por no tener con quién hablar”.
“Las mujeres (niñas, adolescentes y adultas) que son víctimas no encuentran con quién hablar porque tienen una vergüenza muy grande y sentimiento de culpa. Nuestros orientadores están entrenados para escuchar, para no juzgar y para no señalar”, dijo.
Con la línea gratuita 150, el Teléfono de la Esperanza (con oficinas en San Pedro Sula, Tegucigalpa y La Ceiba) le permite a las víctimas exponer el problema, desahogar sus emociones y sentimientos negativos.
“Nosotros además tenemos dentro de los servicios la orientación jurídica. El orientador si ve que la persona, en 45 minutos o una hora de llamada, muestra interés en recibir asesoría en ese ámbito le hace una cita”, dijo. En primera instancia, el Teléfono de La Esperanza tiene como objetivo “atender la crisis emocional”.
“Nosotros ofrecemos una escucha asertiva, compasiva y no damos consejos. Las personas víctimas expresan sus emociones y sus sentimientos. Después pueden determinar si desean una terapia emocional o una asesoría jurídica. Todo es gratuito”, explicó.