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Víctima: “mi abuelo me encerró”

Cuando comenzaba a recuperar la confianza en los hombres, un primo le tapó la boca y la sujetó del cuello dentro de un carro. “No grités”, le dijo.

Mi abuelo me dejó llorando, con sangre entre mis piernas y encerrada en el cuarto.
Mi abuelo me dejó llorando, con sangre entre mis piernas y encerrada en el cuarto.

San Pedro Sula, Honduras.

Por causas que desconozco, mis padres se separaron cuando yo tenía tres años. Esa dolorosa ruptura me obligó a compartir mi tiempo en casas diferentes. Durante la semana permanecía con mi mamá y los sábados y domingos con mi abuelo, adonde vivía mi papá.

Con mi abuelo y mi papá me sentía muy feliz y nunca percibí una amenaza. De vez en cuando jugaba con mis primos. Éramos trece en total, doce varones y solo yo de hembra. Por estar en ese ambiente me vestían como niño: con calzoneta, camisa y tenis.

Cuando estaba un poquito más grande, los sábados, después de las clases, veía como algo sagrado ir a la casa de mi abuelo, adonde siempre estaba mi papá. Él, por no tener un jefe, decidía si iba o no a trabajar.

Un 20 de mayo (yo tenía 8 años), mi papá tuvo que salir a trabajar y me dejó sola con mi abuelo, de unos 70 años. Como a las 2:00 de la tarde, yo estaba en mi cuarto acostada, intentaba dormir mientras regresaba mi papá. De pronto, alguien tocó la puerta y me levanté para cometer el peor error de mi vida.

Abrí la puerta y tenía enfrente a mi abuelo. Tenía una mirada rara. En segundos, me sujetó de las manos y me lanzó a la cama. No tenía idea de los motivos por los cuales me estaba maltratando.

—¿Por qué me estás haciendo esto?, le pregunté. Me estás lastimando, le dije.

—No voy a permitir que te vayas, me dijo, mientras batallaba con él en la cama.

En medio del forcejeo, me desgarró la ropa (vestía con una camiseta azul y un buzo color gris) y me golpeó violentamente. Mientras luchaba, con una mano buscaba una botella que por costumbre dejábamos al pie de la cama para colocar el Plagatox.

En un momento dado toqué el piso y encontré por suerte la botella. Aunque tenía miedo, la logré agarrar fuerte y le di con ella en la cabeza. Él se encolerizó y me asestó un puñetazo en la cara.

Mi abuelo me dejó llorando, con sangre entre mis piernas y encerrada en el cuarto. Me vestí, como pude abrí la puerta y salí corriendo. Llegué a casa de mi tía, que vivía a tres cuadras.

—¿Qué te hicieron?, me preguntó asustada.

—Mi abuelo es malo, le dije. No podía hablar más porque estaba nerviosa, estaba temblando.

Mi tía me llevó al médico y me practicaron varios exámenes. Esa misma tarde, la Policía capturó a mi abuelo. Mi papá apareció tres horas después y no creyó que su padre me había violado.

A causa de eso, me ausenté dos años de la escuela, le tenía fobia a los niños. Cuando un primo nació yo lo odié por ser varón, lo detestaba. Tampoco podía ver a mis hermanos.

Me convertí en una persona brusca: si un varón intentaba tocarme la mano yo respondía de manera violenta, cegada por la ira. Les golpeaba la cara y trataba siempre de darles en las partes íntimas, por ello mandé a tres al hospital.

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Un psicólogo, que comenzó a tratarme, logró liberarme de ese odio, de esa desmedida aversión que llevaba en mi interior. Comencé a sentir seguridad al tratar de hablar con alguien o al intentar relacionarme con una persona del sexo opuesto. Sin embargo, el amargo destino, quizá, me llevó a perder la confianza nuevamente.

Cuando cumplí los 12 años estaba en un velorio y me quedé dormida en la cabina de un carro mientras mis hermanos y mis primos andaban buscando comida.

Un primo, que se había quedado cerca, llegó al carro y me atacó de una forma muy violenta. Me puso una mano en mi boca y me pidió que no hiciera bulla. Con la otra mano me sujetó del cuello y me dijo: “No grités”. él tenía como unos 23 años.

Cuando mi hermano regresó miró el movimiento del carro. Todos mis primos se lanzaron contra él, pero logró escapar. Agarró su moto y nunca más supimos de él.

Vivo con un sufrimiento permanente. Es algo que me sigue atormentando, no solo en el ambiente laboral, sino en la universidad. En ningún momento logro tener paz.

A causa de lo que me hizo mi abuelo estuve internada en el psiquiátrico por más de un mes y, en los últimos cinco años, todos los meses voy a consulta. Desde mis ocho años y hasta el sol de hoy tomo medicamentos antidepresivos.

Las pocas veces que dejé de tomar las tres pastillas diarias mi mente se nubló de tristeza. Esa desolación me empujó a intentar suicidarme tres veces.

El 20 de mayo de 2010 (la misma fecha en que me violó mi abuelo) decidí caminar sin tener un destino. Recuerdo que llegué cerca del aeropuerto, me subí al puente y miraba los carros pasar. No pensaba nada, solo quería saltar. Deseaba volar y dejar este mundo atrás. Pensaba que le haría un bien a mi familia y a mí misma. Un militar de la base aérea miró que yo estaba sentada en el borde y evitó que me lanzara.

En 2015, después de salir del colegio, empecé a caminar. No recuerdo dónde tiré mis cuadernos. Llegué a una esquina donde estaban unos muchachos. Ellos me miraban y yo los observaba. Uno tenía una navaja y me dirigí a él.

—Me la prestás, por favor, le dije.

—Sí, me dijo, y me la dio.

Con la navaja en mi poder entré a un restaurante que estaba cerca, busqué el baño y me encerré. Mientras la gente se reía y comía en las mesas, yo adentro comencé a herir mis manos. Minutos después, alguien me sacó y me llevaron al hospital.

La tercera vez estaba en una terraza de una casa y me senté a la orilla; era época navideña. Mi hermano que es psicólogo (tiene 26 años) sabía que no había tomado el medicamento y subió las escaleras y se sentó a mi lado.

—¿Qué estás haciendo? ¿Me permites abrazarte?, me preguntó.

—No, le respondí.

él empezó a platicar conmigo y evitó que me tirara al vacío.

Hasta hace poco me di cuenta sobre el final que tuvo mi abuelo: murió tres meses después en el presidio. Antes, los reos le hicieron lo mismo que él me hizo. Ahora que tengo 19 años (los acabo de cumplir) y después de sufrir demasiado he llegado a la conclusión de que la mejor forma de proteger a una niña es no confiar en nadie. Debemos ser celosos con todo lo que tenemos.

A pesar de todo este tormento que vivo, mi familia no aprendió la lección: a mi hermano de 14 años también lo violaron cuando él tenía 10. En estos instantes está internado en el psiquiátrico.