Más noticias

“Solo quiero estar con mi madre”: hondureño condenado a muerte

<p>Clemente Javier Aguirre aseguró que si hubiese tenido mejor defensa no estaría condenado a muerte.</p>

VER MÁS FOTOS
/

Como si una condena a muerte no bastara, el hondureño Clemente Javier Aguirre tiene dos y además una cadena perpetua. A sus 32 años enfrenta estas tres sentencias en Union Correctional Intitution, en el norte de Florida.

“Hoy estoy muy contento, mis abogados están trabajando muy bien, me van a sacar de aquí. Desde 2006 estoy preso, aunque me trasladaron aquí en 2007. Gracias por visitarme”, expresó el hondureño de un poco más de metro y medio de estatura.

Clemente abandonó Tegucigalpa en 2003. A sus 23 años se embarcó en la aventura de llegar como ilegal a Estados Unidos. Tres años después, el 30 de junio de 2006, sería sentenciado a muerte en ese país por asesinar a sus dos vecinas.

“Soy inocente. Mis abogados ya están trabajando, tengo muchas esperanzas de cambiar la sentencia, hay nuevas evidencias. Usted entenderá que no puedo decir mucho porque estoy en proceso de apelación. Cualquier cosa puede cambiarlo todo”, explicó vestido de uniforme naranja.

Las reglas en la cárcel de máxima seguridad en la que el hondureño está recluido, así como las de las demás prisiones de Florida, son diferentes a las de otros estados. En Union CI, como se le conoce, son prohibidas las fotografías y grabadoras.

Aquí la vida es muy angustiosa, dice Clemente. “Muchas veces los guardias me quieren provocar, las reglas son muy estrictas. Me quieren sacar de mis casillas, pero siempre me controlo. El ventilador y un televisor que me mandaron del consulado en Miami me mantienen entretenido, puedo ver tele todo el día o toda la noche y no hay problema. Me da pesar no haber tenido un buen abogado antes de que me condenaran, había suficiente evidencia de mi inocencia, pero no pude demostrarlo”, expresó Clemente.

Lo que lo llevó a la condena

Al llegar a Estados Unidos su destino fue Florida. Primero Miami y luego Orlando. El hondureño trabajaba en un restaurante lavando tenedores, cucharas y cuchillos. La residencia, que compartía con dos personas más, era en el 117 Vagabond, en el condado de Seminole.

Clemente vivía en una casa móvil. Sus vecinas
Cheryl Williams, de 47 años, y Carol Bareis, de 68,

eran sus amigas y las visitaba constantemente. Samantha Williams, hija y nieta de las mujeres, también compartía una casa móvil con ellas. Según el expediente en la Corte de Florida, Carol había tenido un accidente cerebrovascular con parálisis parcial, lo que la mantenía en silla de ruedas.

“Aguirre estaba familiarizado con Cheryl, Carol y Samantha. De vez en cuando las visitaba en su casa. Samantha declaró después de los asesinatos, que una vez se despertó a las dos de la mañana y encontró a Clemente de pie junto a su cama.

Ella le dijo que saliera y que no volviera a entrar de noche sin permiso.

Un día antes del doble asesinato, Samantha y su novio Mark Van Sandt dejaron la casa móvil y se quedaron en la casa de sus padres. A las 8:45 de la mañana del 17, Marck regresó a la casa de su novia
a recoger ropa de trabajo”, dice el informe policial sobre los hechos de ese 17 de junio de 2004, día que cambió por completo la vida de este capitalino.
“Tuvo dificultad para abrir la puerta, el cuerpo de Cheryl estaba bloqueando la entrada. Mark llamó al 911. El cuerpo de Carol fue encontrado en la sala de estar.

Estaba tendido en un charco de sangre junto a su silla de ruedas. Un técnico recuperó un cuchillo de chef en la escena del crimen, medía 10 pulgadas. Ese cuchillo faltaba en el restaurante adonde laboraba el hondureño”, explicó la Policía.



“Mi familia no me abandona”

Uno de los mayores temores de los condenados a muerte es el abandono de sus familias al conocer los hechos que los llevaron a vivir en el corredor de la muerte. Clemente es afortunado en ese tema. Esposado de manos y pies comentó que su familia nunca lo ha abandonado.

Sus hermanas, que viven en EUA, lo visitan con frecuencia.

“Mis hermanas y dos amigos siempre me escriben. Ahora me escribo bastante con el Consulado en Miami también.

Lo que más anhelo es estar con mi madre en Tegucigalpa, extraño mucho su comida y las sopas que me hacía”, manifestó muy triste.

De niño soñaba con ser médico, pero la situación de pobreza en Honduras lo llevó al norte.

“Quisiera comer una chuleta con arroz y frijoles. Aprovecho para decirles a mi familia y mis amigos que los quiero mucho y que los extraño”, dijo acongojado el joven que no encontró
trabajo en la capital, nunca tuvo esposa e hijos y ahora está condenado a muerte en una cárcel de máxima seguridad en Estados Unidos.

De su celda sólo sale dos veces por semana por unos minutos a tomar el sol. “Estoy casi seguro que voy a salir de aquí.

Estoy muy confiado en el trabajo que están haciendo mis abogados.

Hay elementos que pueden demostrar mi inocencia y por eso estoy feliz. Le cuento que sí le tengo miedo a la muerte, pienso mucho en eso y me pongo a llorar.

Aquí no se puede ni subir la voz, gritar solo en emergencias y debo mantener todo arreglado, todo en una gaveta, ellos (guardias) no deben ver nada afuera”, contó.

La vida en el corredor de la muerte

Al igual que Clemente, Ver más noticias sobre Honduras