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“Llevo ocho años pensando en la muerte”

<p>Edgardo Cubas le quitó la vida a una joven de 15 años.</p>

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El día de la visita llega.
Por 45 minutos la celda de tres metros de ancho por dos de alto estará vacía. El aislamiento hoy no será severo. Un guardia de dos metros de altura y tez trigueña lo escolta. Esposado y con grilletes en los tobillos se dirige a la sala de visitas. Al verlo caminar por el pasillo pienso que parece un enfermo en un hospital psiquiátrico.

La única imagen que había visto de él entonces era la de su arresto.

Ocho años de no conversar con un particular se acaban. Edgardo Rafael Cubas, de 33 años, aparece en la sala de visitas con uniforme blanco, el pelo hasta los hombros, barba y mirando hacia el piso. El guardia lo introduce en la cabina 27 y le quita las esposas.La advertencia del delirio que padece el hondureño es mucho más que una anotación en mi libreta. Es un pensamiento de miedo recurrente.
Dos semanas atrás, Cubas le había dicho sí a LA PRENSA sin contemplaciones. Los ocho años de encierro, que ha pasado pensado en el día de su ejecución, lo han sumido en la más profunda resignación.

Cubas se sienta y toma el teléfono para iniciar la conversación de 45 minutos. “Hola Cubas, ¿cómo estás?”, le pregunto con la duda de si podrá hablar.
Sin mirar a los ojos saluda y se acomoda en la cabina. Su uniforme blanco cortado de las mangas deja ver su tatuaje inconcluso en el brazo izquierdo: un alambre de púas.

“Hace mucho no platico con nadie, aunque mi padre vino el fin de semana a verme. Hace mucho no lo veía. Lo vi muy ‘chavo’, creo que iba a verse con alguien”, son las primeras palabras que salen de la boca de este condenado a muerte. Su contextura es delgada y su acento es mexicano. Compulsivamente lee un papel. Es la autorización para dar la entrevista y fotografías.

La conversación se centra en la visita de su padre. Habla muy emocionado del hombre que le dio la vida. Un grueso vidrio nos divide. El teléfono es la única opción de escucharlo y preguntarle cómo es su vida en el pabellón de la muerte de Allan B. Polunsky, en la pequeña ciudad de Livingston en Texas.

“Hace poco leí que perdiste la última apelación en el Circuito 5, ¿qué vas a hacer ahora?”, le pregunto sin saber que su abogado hace mucho no lo visita y ni siquiera sabe que la última opción que tiene es pedir revisión de su caso ante la Corte Suprema de Estados Unidos . “Debo cambiar de abogado”, dice tajantemente. Enseguida pide no hablar de su caso y lleva la conversación hacia su vida en libertad, la que perdió en 2004.



Recordando su libertad

“Vivía en la colonia San Miguel. Desde muy joven trabajé en un centro comercial en Comayagüela.
¿De dónde es usted?”, me pregunta. “Vivo en Tegucigalpa, ¿te acordás de Tegucigalpa?”, le pregunto para evitar que pierda el hilo de la conversación
y su mirada se siga perdiendo en las paredes de la
pequeña cabina.

“Hablemos de ‘Tepas’ (Tegucigalpa), claro que me acuerdo, aunque me vine hace mucho. Me gusta platicar, pero aquí no se puede con nadie”, dice emocionado. “¿Qué te dijo tu papá cuando te vino a ver?”, le pregunto. “Es casualidad que reciba visitas, me estuvo platicando mucho. No vino a regañarme, ¿para qué va a regañarme si eso ya no sirve de nada?”, me dice muy sonriente.

La vida de este capitalino cambió desde que dejó Honduras en 2000. Dos años después fue clasificado por la Policía de Texas como asesino con características de secuestro y rapto de aproximadamente tres a cuatro víctimas, todas mujeres. Fue ligado a tres asesinatos, ocurridos el 19 de enero, el 10 de marzo y el 31 de mayo de 2002.

“Siempre fui muy rebelde en mi juventud, mire el tatuaje que tengo, pero no me lo terminé de hacer”, menciona y enseña el premonitorio dibujo del alambre de púas en su hombro. Por momentos es ameno en la conversación, pero se desenfoca con facilidad. Cuando le pregunto ¿qué extrañas de la libertad?
su mirada vuelve a perderse.

De la rebeldía a la condena

Alrededor de la medianoche del 18 de enero y el amanecer del 19 de 2002, la quinceañera Esmeralda Alvarado fue secuestrada, violada y asesinada. La joven esperaba en una cabina telefónica mientras Cubas y dos amigos paseaban por las calles del este de Houston. Esmeralda fue la víctima y el Condado de Harris el lugar del crimen.

“Apenas llegué al primer curso, me interesó más el trabajo. Nunca estuve en maras ni me gustaron las drogas. El alcohol, usted sabe, las reuniones, las fiestas, un poco de eso. Así es la juventud. Salir con los amigos y divertirse”, menciona Cubas mientras trata de ver qué hay en la sala de visitas. El capitalino comienza a impacientarse. El tiempo pasa y faltan unos 15 minutos para que el encuentro
llegue a su final.

Los acompañantes de Cubas la noche del crimen eran Walter Alexander Sorto y Eduardo Navarro. “Mira esa chica, esta sola a esta hora, en este momento voy a tener relaciones con ella”, dijo Sorto a la Policía sobre las palabras de Cubas en el momento de bajarse del auto. Ese testimonio lo hundió. “Agarró a la joven, la subió al auto y nos alejamos. Ella luchó por salvarse, pero Cubas la golpeó y la tiró en el asiento trasero. Él la llevó a unos 40 minutos a la zona del astillero, la violamos. Él planeaba dejar a la niña viva y nos marchamos, pero pidió que la regresaran cerca de su casa. La recogimos, se puso nervioso y la regresó al mismo lugar. Observé a 40 metros desde el auto”, agregó Sorto.
“Podría tener una hija”

A mitad de la conversación, Cubas recuerda que quizás es padre. “En Houston tenía mujer, pero nunca tuvimos hijos, aunque decían de una niña que podía ser mi hija”, me comenta.
El relacionador público del Departamento de Justicia Criminal de Texas se acerca y me dice al oído que tengo poco tiempo para concluir. Cubas se niega a hablar del crimen que lo tiene tras las rejas, pero en un momento dice que Sorto y Navarro no eran sus amigos, solo conocidos.

La Policía no solo lo vincula con el asesinato de Esmeralda, por lo que fue condenado, también al de Laura Ayala, de 13, María Teresa Rangel, de 38 y Roxana Capulín, de 24. Sin embargo, las investigaciones no han continuado.

“Me dijo que encendiera el carro, un deportivo. Me dijo que quería matar a la niña, pero le dije que no. Comenzó a llover fuerte y luego escuché un disparo”, agregó Sorto. Cuatro días después el cuerpo de Esmeralda fue encontrado en una zona industrial.

Cubas fue condenado el 7 de junio de 2004. Lo miro y mi temor desaparece de inmediato. Es cuerdo, pero delira al recordar la libertad. “Aquí comemos de todo, ya me acostumbré. Estoy solo en una celda, pasa mucho tiempo que no platico con nadie. A mi
papá le dije que ustedes venían a verme, él ya se separó de mi mamá, ella está en California y me escribe seguido”, dice y permanece
en la misma posición en la que está desde que empezó la entrevista.

“¿Podés cambiarte el teléfono al otro lado?”, le pido para facilitar el trabajo del fotógrafo y accede sin vacilar. Sin duda la noticia de la pérdida de su última apelación lo devastó, aunque en ningún momento dice ser inocente o que saldrá del corredor de la muerte.

“Me gusta leer, aquí se puede leer mucho y tenemos una biblioteca. No podemos hacer deporte, siempre estamos solos, salimos a tomar el sol solos. Aquí es de película todo, así como se ve en las películas, así es. No tengo miedo, pase lo que pase estoy preparado mentalmente. Aquí uno solo está esperando a ver qué pasa. La vida es la misma, hay días que no sé si es de noche o de día. Todo lo hacemos solos, llevo ocho años pensando en esto”, dice resignado y retomando la lectura de la autorización para la entrevista.

El proceso judicial es complicado, Cubas alega parcialidad de la jueza que lo condenó a muerte por haberlo sentenciado en otro caso en el pasado. Sorto fue detenido por las violaciones y asesinatos
en 2003 de Roxana Capulín, Teresa Rangel y Esmeralda Alvarado. Fue condenado a muerte por el asesinato de las dos primeras, las que fueron secuestradas al salir del restaurante, en donde laboraban como meseras.
Discriminación

El final de la entrevista se acerca. Cubas quiere seguir platicando. “Hay mucha discriminación en este país, pienso mucho en esas cosas. Tengo tiempo para hacerlo.
Cuando estaba libre viví eso también. Extraño Houston, hay gente que llega aquí y se va pronto. Me gustaba divertirme. Mis amigos con los que me agarraron, uno de ellos está aquí, el salvadoreño (Sorto)”, comenta y se da cuenta de que la hora de despedirse ha llegado.


“Sinceramente le digo, ya olvidé el momento en que me condenaron a muerte, bueno, sí me acuerdo, pero no quiero hablar de eso. Estoy resignado, esto tiene que pasar, no quiero pensar más en el momento que voy a morir, no puedo decir que pienso o no pienso en ese momento. No puedo decir de mi sentir en ese momento”, agrega mientras se pone de pie.

En el juicio del que se niega a hablar, Cubas confesó haber disparado contra Capulín y Alvarado, pero afirmó que Sorto disparó contra Rangel. Navarro fue condenado a cadena perpetua automática sin posibilidad de libertad condicional durante 40 años. Se salvó de la pena de muerte por ser menor de edad.

Los demás visitantes ya han concluido las entrevistas. Cubas quiere seguir conversando. Los 45 minutos se esfumaron. “Desde el momento que me hallaron culpable, llegué aquí, usted sabe, las cosas pueden cambiar. Estoy muy consciente. Otra cosa que quiero decirle es que mi equipo de fútbol es el Olimpia. La última vez que vino el cónsul a verme me contó que quedó campeón. Tengo un hermano que es Motagua y siempre tuvimos esa rivalidad”, me dice muy sonriente.

El momento llega. La promesa de escribir no falta y Cubas aprovecha los últimos segundos al teléfono para enviarle a su familia el mensaje de que los quiere y extraña mucho. “Nos separamos, pero nadie sabe lo que puede pasar. Saludos a todos mis amigos en la San Miguel.

Disfruté mucho de mi vida mientras duró, quisiera ver a muchas personas, pero sé que es difícil. Saludos”, son las últimas palabras de Cubas mientras pone su mano sobre
el cristal en señal de despedida. Hago lo mismo y le digo que se cuide, que estaremos en contacto. El relacionador público se acerca y pregunta si todo está bien. Avanzamos hacia la salida y Cubas queda encerrado en la cabina mientras espera al guardia que lo llevará a su celda. A lo lejos vuelve a decir adiós con la mano.

En minutos será esposado de nuevo y no volverá a conversar con un particular en mucho tiempo.

Su sonrisa y la mano levantada diciendo adiós es lo último que veo. Lo esperan las paredes de su celda, que seguirán siendo el único testigo de su delirante soledad mientras espera el momento de su ejecución.