Gaby Vargas: ¿Para qué?

Tengamos paciencia con los nuestros y saquemos lo mejor de nosotros durante este encierro.

El humor no se detiene y el chat se satura de memes variopintos. Por ejemplo, una caricatura: en el quinto día de encierro la señora recién bañada y envuelta en una toalla con la cabeza hacia abajo, le pide al marido que le acerque la secadora del pelo. Siguiente cuadro, el marido le pasa una pistola. La parodia refleja el estado de ánimo que puede llegar a imperar en las relaciones durante este encierro sin precedentes.

¡Qué fácil! Cualquiera tiene buen carácter y es paciente en una situación cómoda y estable. Es ante el estrés, los retos y la adversidad -como lo es la reclusión que vivimos-, en que las personas sacamos lo mejor o lo peor de nosotras. Es ahora cuando se revela nuestra esencia y madurez.

Hay quienes se dejarán inundar del temor legítimo de no tener suficiente, de contagiarse del virus, de perder lo que se tiene, del convivio intenso en un espacio ínfimo y eso les vuelve irritables o egoístas.

Por el contrario, habrá quienes crezcan ante la misma circunstancia, acepten lo que es y le pongan imaginación, creatividad y optimismo a la situación. En nosotros está decidir la manera en que queremos vivir esta experiencia inédita.

La vida será la de siempre

Lo que sucede no es tan importante como lo que hacemos con lo que pasa. Podemos sacar lo peor o lo mejor de nuestra alacena psicológica. Tarde o temprano, todos sufrimos en algún grado, es la condición humana. Sin embargo, a los primeros avisos de incomodidad física, psicológica, mental, emocional o espiritual la mayoría de las personas huye.

Pero huir de la incomodidad nos mantiene insatisfechos, enojados con los demás y con la vida. ¿Y con quién nos desquitamos? Pues con los más cercanos y con los que más queremos. Esta es una realidad que se incrementa en esta situación de aislamiento.

Cuando uno voltea a ver su vida -de a penas hace unos días-, lo cotidiano, como salir a tomar un café con amigos, trabajar, tomar clase de yoga o ir a la boda de algún amigo se ve como el mayor lujo. En cambio, aquello que parecía ser un lujo, como la ropa, los zapatos, las cadenitas de oro guardadas bajo llave o los caprichos, hoy se torna superflo e inservible, ¿a quién le importa?

Vivimos un reacomodo de valores, estoy segura, sin vuelta atrás. Tal vez eso es lo bueno dentro de lo malo, como siempre lo hay. Con frecuencia son el sufrimiento y la incomodidad las flamas que despiertan y transforman en oro nuestra existencia. El secreto está en elegir cómo responder a esta etapa difícil del planeta ¿Cuál es el sentido de lo que sucede, acaso tiene alguno?

La respuesta quizá no la veamos ahora ni la comprendamos en los años por venir. Mejor lancemos la pregunta al aire: ¿para qué? Abramos la mente para percibir la respuesta tal como se presente en la vida de cada uno.

Consideremos que es en la crisis donde se encuentra la diferencia entre los que están en paz y sobreviven con buena actitud, son resilientes y fuertes y quienes viven un infierno de quejas, ansiedad, temor, angustia o enojo hacia los demás.

¿Para qué? A cada uno en lo individual le toca reflexionar sobre lo que la vida nos quiere mostrar, decir o enseñar. La respuesta no llegará por vía del intelecto, no hay manera. En cambio, un día se nos revelará de forma inesperada y en un momento insospechado. "¡Ah! ahora comprendo", diremos cuando eso suceda. Mientras tanto, tengamos paciencia con los nuestros y saquemos lo mejor de nosotros durante este encierro. ¡Quédate en casa!