¿Refugio o tumba?   

No sabemos cuánto pueda durar este encierro, por lo que habría que considerar el resultado que deseamos obtener de él. Y la pregunta surge de nuevo: ¿refugio o tumba?

Hace unos años, un explorador viajó hasta la Antártida para realizar una investigación. Ante la amenaza de una fuerte tormenta se refugió en un iglú donde permaneció unos días. "He de estar alucinando, parece que las paredes se estrechan", pensó mientras descansaba.

Las horas pasaban y el pensamiento de que las paredes se acercaban a él lo invadía con mayor frecuencia; hasta que se dio cuenta de que no alucinaba: en efecto, las paredes del iglú se aproximaban cada vez más. La humedad de propia respiración se adhería al hielo y lo engrosaba. La ironía lo hizo reír: "Si no salgo pronto de aquí, lo que es mi refugio se convertirá en mi tumba".

Esta historia que escuché hace años, regresa a mi mente en esta cuarentena a la que la situación nos obliga. Cada día de encierro me pregunto, como quizá también lo has hecho querido lector, lectora, ¿cómo enfrentar de la mejor manera esta "nueva normalidad" que vivimos?

Sin duda, en los retos nos llega la invitación a evaluarnos, a tomar el pulso de nuestros días, nuestras relaciones, nuestro estado interior. ¿Cómo uso este tiempo para hacer lo que más valoro que es sentir paz, calmar las preocupaciones, aceptar esto como el reto de nuestros tiempos, mantenerme abierta para ser el tipo de persona para la cual me he preparado tantos años? Como dice Un curso de milagros: "No está en nosotros decidir qué aprender, sólo decidir si lo hacemos desde el dolor o desde el amor".

Ante las horas que tenemos por delante, nos refugiemos, en pijama y sin bañar, en "algo" que en un principio nos da seguridad y distracción, como es tener encendidos todo el día los medios de comunicación, estar anclados al celular y a las redes sociales que nos divierten o nos alarman.

Pero, al final del día, ¿qué queda? Un vacío, que conforme pasan los días, queramos o no, engrosa las paredes de nuestras habitaciones y pone a prueba nuestra capacidad de resiliencia hacia todos y todo. No sabemos cuánto pueda durar este encierro, por lo que habría que considerar el resultado que deseamos obtener de él. Y la pregunta surge de nuevo: ¿refugio o tumba?

Sin duda muchos extrañamos la rutina, los horarios, los planes, el orden, la estructura para usar el tiempo, ¡qué contradicción! Siempre pedimos tener más tiempo para estar en nuestro hogar y ahora que se nos concede no sabemos manejarlo.

Si trabajas en casa levántate temprano, báñate, haz ejercicio, vístete y dispón un lugar para hacerlo con ánimo. Vuelve tu encierro un refugio y pon en práctica tres cosas: 1. aceptación, 2. pensamiento del bien y 3. buena actitud.

1. Acepta lo que no puedes cambiar, como dice la famosa oración de San Francisco de Asis. Al aceptar las cosas todo se vuelve más fácil; los temores, las intolerancias y las comparaciones desaparecen o se aminoran. El universo no es adverso, sólo lo es nuestra percepción.

2. Piensa el bien. El mundo es mental. Ves lo que quieres ver y es desde tu mente que puedes despertar y agradecer estar sano y con vida. Puedes hacer de una comida básica, un banquete; de un amanecer, un instante de paraíso; de un saludo de buenos días mecánico, una fuente de aprecio por estar con tu pareja y tus hijos; o bien del encierro, una oportunidad para reordenar tu vida, leer y conectarte con tu interior.

3. Ten buena actitud. Parpadeamos 25 veces por minuto, eso significa que la vida nos da 25 oportunidades para ver las cosas de manera diferente. En las crisis, la mirada de los hijos se agudiza. Mediante tu actitud, conviértete en ese ejemplo que recordarán siempre al haber elejido ser una persona compasiva, disciplinada, fuerte y optimista.

¡Quédate en casa!