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Ilusión para soñar

San Pedro Sula, Honduras

“Una puerta se cierra y otra sigue abierta”, es el dicho popular que se completa con aquello otro de que “Dios aprieta, pero no ahorca”.

El trabajo periodístico, una serie de cinco entregas, empezado a publica ayer en LA PRENSA, presenta el silencioso, pero acelerado crecimiento de la migración de hondureños a España, la madre patria, a la que se contempla como una alternativa a las siempre difíciles condiciones, hoy agravadas, en Estados Unidos. La clave, el pasaje, familiares, lugar identificado de destino y un poquito de suerte con el agente de migración en el aeropuerto de llegada, algo así como que se hubiese levantado con el pie derecho y está de buen humor.

Puede parecer liviana la apreciación, pero al no necesitar visa, ni proceder de un país con “alarma”, hay riesgo, pero menor, de que indiquen el regreso. Sin embargo, la conmoción en toda Europa por la ola de migrantes desde el Mediterráneo causa gran preocupación por el surgimiento de movimientos nacionalistas, xenófobos y radicales que fortaleciéndose en el campo de la política llegan al poder o forman parte de él con programas antiimigrantes como está sucediendo en países del centro europeo.

La región de la península donde se halla la mayor población de compatriotas es Cataluña, Barcelona, pero en proporción Girona, una ciudad más pequeña cercana a la frontera de Francia y a la Costa Brava, región de gran atractivo turístico que proporciona, directa e indirectamente, oportunidades de empleo. Con asentamiento, residencia, tener domicilio registrado, lo cual no exige engorroso trámite administrativo, se da el primer paso para no ser “invisible”, la tarjeta sanitaria e integrarse al sistema de salud.

Fácil nunca será; la complejidad en la integración en la sociedad española es real, pero “donde fueres haz lo que vieres” y así con el mismo idioma y con costumbres cercanas se podrá tener nostalgia de la familia y de los amigos, pero trazar y abrir camino en la vida es alimentar la esperanza para algo mejor que es lo que buscan los casi setenta mil hondureños que viven en la península.

Los españoles han vivido en su historia largos períodos de migración, de idas y retornos, de un lado y otro del océano donde se fueron asentando, así como a mediados del siglo pasado hacia el corazón de Europa. Hay, por eso, una aceptación generalizada aunque una “gran minoría” azuce los ánimos de la xenofobia, del nacionalismo radical asentado en el creciente populismo electoral. Por ahora España es alternativa al amenazante muro, a la división familiar, a la presentación de niños de un año, dos o cinco en los tribunales, a las causas resueltas en grupo en tres minutos y a otras flagrantes violaciones de los derechos humanos. Aunque no es el paraíso, sí el “sueño” de quien es obligado o por ilusión tiene que soñar.