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La Biblia y la educación pública

El debate sobre la conveniencia de que la lectura de la Biblia se convierta en actividad obligatoria en los centros de educación del país se ha ido enriqueciendo en la medida en que nuevos sectores de la población se han sumando a la discusión. Por la naturaleza del asunto, en un inicio se pudo pensar que habría unanimidad al respecto y que, a estas alturas, ya se hubiera emitido un decreto legislativo y el proyecto estaría, por lo menos, a las puertas de ejecutarse. Sin embargo, el tema no es sencillo y hace falta una seria reflexión para determinar no solo la conveniencia sino la legalidad de la propuesta.

En primer lugar, los hondureños no podemos ignorar que nuestra Constitución consagra el derecho preferente de los padres a decidir el tipo de educación que desean para sus hijos. De ahí que cualquier padre o madre puede exigir que su hijo o hija sean eximidos de la obligación de leer o escuchar la lectura del texto sagrado que fuera a hacerse en las aulas.

Luego, nuestra Constitución, afortunadamente, también declara que el estado hondureño es laico y que hay en él total libertad de cultos, con lo cual, ya que las traducciones, las versiones o el lugar que ocupa la Biblia en cada una de las ofertas religiosas, y no digamos las maneras de interpretarla, es sumamente heterogénea, podría estarse actuando en contra de esa norma constitucional y coaccionando a la ciudadanía e, incluso, yendo en contra de su propia conciencia.

Lo que es indiscutible es que los valores cristianos que los colonizadores europeos introdujeron a Honduras hace más de 500 años han sido siempre un freno para la descomposición social y el deterioro ético, y que muchos de los males sociales que hoy nos aquejan son producto del abandono de la práctica religiosa y de una concepción trascendente de la vida humana.

Sin embargo, la sola lectura de las Sagradas Escrituras, sin una interpretación adecuada y sin tomar en cuenta una serie de factores históricos y doctrinales, poco efecto tendría en la niñez y la juventud, y más bien podría ser el origen de fricciones y conflictos innecesarios entre las distintas confesiones cristianas que hay en el país y que, sin exagerar, podrían contarse por cientos e incluso miles.

Sin embargo, y para aprovechar la motivación a esta propuesta, urge que el Gobierno y todos los sectores sociales se pongan de acuerdo en promover un plan nacional de educación en valores humanos, que, al final, es lo que se busca por medio de la lectura de la Biblia en las escuelas: que recuperemos el respeto a la Ley, a la vida y a la propiedad; que se genere un ambiente en el que los valores presidan de nuevo el actuar de todos los hondureños.