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Hablar y escuchar

Desde todos los sectores, bueno, casi todos, se escucha el sabio consejo, hablen, porque hablando se entiende la gente; dialoguen porque en el diálogo se rompen las barreras y se ejercita noblemente el hablar y el escuchar. Claro que todo ello exige una actitud positiva sobre el propio pensamiento y su dimensión, sobre las ideas y visión en temas favorables al debate, pero también en las limitaciones individuales y grupales, pues aquello de la infalibilidad no se logra sostener ni en las altas esferas religiosas.

El más cercano llamado al diálogo fue realizado por los observadores de la Unión Europea, cuyo informe final presentaba recomendaciones sobre reformas electorales y otros asuntos, que ya debieran estar en el ambiente político, pues de lo contrario pasarán cuatro años y, de nuevo, en la antesala de la campaña electoral, cuando las decisiones se desvían hacia valores agregados convertidos en saboteadores de las auténticas, reales y necesitadas reformas para evitar los males de hoy o, como dicen en el pueblo, “no tropezar dos veces en la misma piedra”, aunque es tal la cerrazón que quien tropieza ya es la piedra.

La instalación de una mesa técnica de diálogo intenta el acercamiento para posteriormente acordar una agenda mediante la cual se vayan abordando aquellos asuntos más controvertidos y espinosos con la presencia de coordinadores o mediadores. “Este no es el diálogo en sí, aquí lo que están es preparando el terreno para ir entrando en materia...”, aclaraba uno de los miembros de la junta de convocantes quien se mostraba optimista, pese al comunicado de quienes rechazan el diálogo, pero como muestran los observadores, con el paso del tiempo su debilidad se muestra más evidente y su escaso poder de convocatoria no halla eco.

Tras este prólogo que, según el diccionario de la RAE es “discurso que en el teatro griego y latino, y también en el moderno, precede al poema dramático”, como quien dice, “al grano”, a lo que nos interesa que, como en el teatro clásico, estará envuelto en el drama de posiciones casi inexpugnables, pero que avanzarán para dar y recibir, para hablar y escuchar y, al final, participar en un consenso en el que “el pueblo quede satisfecho”, pese a las dificultades y complicaciones.

Si los políticos se quieren entender, oración condicional que requiere el asentimiento, no hay otra ruta civilizada que hablar y saber escuchar.