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La otra cara

Con el aumento de las temperaturas llega la alegría y el jolgorio a las olvidadas playas durante casi todo el año, pero las llamas arrasan en una cadena de incendios que apenas las unidades de Bomberos apagan en un sector y tienen que salir al sonido de la alarma hacia otros. Es una de esas desgracias que van dañando cada vez más la precaria calidad de vida de los hondureños, sin que haya conciencia sobre la defensa, protección y reparación de la riqueza que, por abundante que nos parezca, las generaciones venideras, con toda justicia, reclamarán como su derecho de esta casa común.

“¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo?”, esta es la pregunta central en la encíclica del papa Francisco sobre el cuidado de la casa común... Nosotros mismos “somos tierra (cfr Gn 2:7). Nuestro propio cuerpo está formado por elementos del planeta, su aire nos da el aliento y su agua nos vivifica y restaura”.

Con aire viciado y sin agua, con incendios forestales, con cada una de las acciones contaminadoras vamos desmejorando las condiciones de vida, aumentando las enfermedades y reduciendo, definitivamente, la vida en todas sus etapas, en todos los ambientes, aun en aquellos ecosistemas que en otros tiempos fueron lugares sagrados para la existencia de todos los seres vivientes.

Según el Instituto de Conservación Forestal (ICF), el año pasado unas 36 mil hectáreas fueron arrasadas por los incendios que afectaron las áreas protegidas, lo cual tiene una única explicación: la expansión de la frontera agrícola o ganadera, tal como ocurre en zonas escasamente habitadas como el departamento de Gracias a Dios, departamento que más bosque perdió y cuya regeneración raya en lo imposible, puesto que las invasiones y la explotación de tierra tienen como aliados la lejanía y el aislamiento.

Más cercano y con más graves consecuencias para las grandes ciudades, los incendios forestales, originados por la mano criminal, afectan las fuentes de agua, obligando a severos racionamientos. En Francisco Morazán hubo el año pasado 266 incendios; si a ello sumamos la huella aún visible de la plaga del gorgojo en los pinares y el vertido directo de los desechos humanos e industriales en cauces de ríos y quebradas tendremos más que explicación de la escasez de agua, de los estériles lamentos anuales y de la renuncia a un derecho humano básico, fundamental y universal, el acceso al agua.

¿Daremos este verano otro golpe a nuestra precaria calidad de vida con la destrucción de los bosques, la contaminación ambiental y la irracional explotación de los recursos naturales? La otra cara del verano nos muestra la encadenada tragedia por décadas.