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Dinero fácil

San Pedro Sula, Honduras

La codicia es un vicio de fácil arraigo y desarrollo entre los seres humanos. En la cultura judeocristiana, el decálogo la señala como un defecto moral y prohíbe su cultivo para evitar sus consecuencias. Cuando la codicia anida en el corazón del hombre lo vuelve enfermizamente ambicioso, lo hace capaz de cometer cualquier delito con tal de alcanzar lo deseado, de perder todo sentido ético, incluso lo incapacita para reconocer el daño que causa y lo insensibiliza ante las necesidades de los demás.

El codicioso es sumamente corruptible. En su afán de atesorar riquezas desconoce la ley, pisotea la dignidad de sus congéneres, hasta llegar a considerar la honradez como manifestación de debilidad y estupidez. Además, como sucede con todos los vicios, en la medida en que se practica crece y se vuelve cada vez más demandante, por eso es que la avaricia, hija de la codicia, es insaciable, nunca se da por satisfecha y no reconoce límites. El adverbio más se convierte en el motor de la vida de los codiciosos y aun en la razón de su existencia.

Encima, así como las virtudes son hábitos operativos buenos que facilitan la convivencia humana, por el bien que su práctica supone, los vicios, la dificultan. Resulta que el codicioso suele ser envidioso, le causa sufrimiento el éxito ajeno. Cuando el vecino remodela la casa o compra un carro nuevo, el que practica el vicio de la codicia se mortifica, se molesta, llega hasta a dudar de la procedencia honrada de los bienes ajenos y, por supuesto, se propone llegar él también a poseerlos. Cuando el codicioso descubre la posibilidad de apropiarse de un bien que no puede poseer de manera legítima no duda en proceder inmoralmente, ya que el vicio le ha deformado la conciencia, y esta, adormecida y deformada, no le recrimina sus actos irregulares. Con el paso de los años, la falta de escrúpulos termina por convertirlo en un ser indiferente, en una persona en la que prima el cálculo y cuya única ambición es engordar una cuenta o alargar la lista de bienes materiales en su haber.

El gran problema es que lo que el codicioso se roba tiene dueño. Ya sea personas particulares, ya sea el Estado, tienen derecho sobre ello. Además, la pendiente moral sobre la que el codicioso rueda lo lleva a revolcarse en negocios ilícitos y en todo tipo de actos perversos que causan enorme daño a la sociedad entera. Una vez más, la ausencia de conducta ética y la inexistencia de virtudes lleva a las personas a buscar dinero fácil y adueñarse de él sin pensar en las consecuencias que seguro sobrevienen. No faltarán, nunca, inocentes que padezcan vergüenza por culpa de los codiciosos.