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Tráfico inhumano

La Policía mexicana de nuevo ha vuelto a sorprender a un numeroso grupo de emigrantes centroamericanos, 137 en total, 95 de ellos hondureños, que era transportado en un contenedor hacia la frontera entre México y los Estados Unidos, desde donde pensaba introducirse ilegalmente en tierras estadounidenses.

El guion de este drama humano suele ser muy parecido en cada uno de sus capítulos: hombres, mujeres y niños que sueñan con un mejor futuro, que huyen de la inseguridad o el porvenir incierto que les depara la existencia en sus países, que hacen un préstamo o ahorran durante varios meses o años para pagar al coyote, que ha prometido hacerles cruzar la frontera sin ningún peligro, y que, mientras atraviesan el largo camino que cruza el territorio mexicano de sur a norte, son detenidos, si no es que antes han sido explotados o asesinados por los narcotraficantes o la delincuencia organizada. Algunos han muerto asfixiados dentro de un camión carente de ventilación o a tiros y luego enterrados en una fosa común.

En Honduras, en Centroamérica entera, hay cientos, miles de familias que vieron partir a alguno de sus miembros y nunca volvieron a verlo, padres que han perdido a sus hijos, hijos que crecerán sin volver a ver a sus padres.

El tráfico de personas es sin duda el “comercio” más cruel que puede existir sobre el planeta. Si en el siglo XX nos horrorizaba saber que aún había lugares sobre la Tierra en los que la gente era comprada y vendida como si fuera ganado, hoy, en el siglo XXI, también debe causarnos horror saber que hay personas que se lucran del sufrimiento ajeno y cuyas vidas tienen precio: el precio que cobra el traficante por la promesa, tantas veces incumplida, de llevarlos a los Estados Unidos, en una travesía llena de peligros sin cuenta y que, como en el caso que señalábamos al principio, termina frustrada por las autoridades mexicanas. Allí, en un contenedor, como si se tratara de mercancía cualquiera, bajo unas condiciones inimaginables, sin el mínimo respeto a su dignidad, muchos hondureños han perdido la inocencia y, como ya decíamos, la vida misma.

Para terminar con este abyecto tráfico hacen falta dos cosas: primero, hacer de Honduras un país en el que sea posible realizarse plenamente y del que no haga falta irse; segundo, continuar la campaña de concientización para que nuestra gente no sea engañada, para que no caiga en las garras de inescrupulosos que desconocen el valor infinito de los seres humanos.