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Siniestralidad

Aunque las cifras son frías y nunca podrán transmitir el dolor y el sentimiento de los familiares de las víctimas, es necesario acudir a ellas, puesto que evidencian realidades a las que es necesario dar respuesta, individual y colectivamente, para proteger la vida de las personas. Nos referimos a alta siniestralidad en las carreteras. En el primer mes y los escasos días de febrero el número de personas fallecidas en accidentes viales asciende a 137; debemos hallar alguna explicación que no complacerá, pero sí pude contribuir a reducir tanta muerte en ruta.

Aumenta constantemente el parque vehicular, lo cual es comprensible tanto por los jóvenes que ingresan al mundo laboral y han de desplazarse a sus puestos de trabajo como aquella otra necesidad, a veces ciega, de no ser menos que otros, aunque sea la “chacharita” de segunda. Pero también la inseguridad en barrios y colonias y la violencia contra el transporte colectivo casi “obliga” a disponer de un medio de desplazamiento propio.

Si a ello sumamos la culminación de obras de infraestructura vial, la ampliación y mejoramiento de las áreas de rodaje nos podremos dar cuenta del altísimo riesgo en el manejo de vehículos por la velocidad. Divisar el bulevar despejado, la carrera casi solitaria se convierte en la gran tentación de empujar el acelerador con la excusa de llegar pronto o, simplemente, de sentir un poco la “adrenalina”. Todo ello es una trampa para el conductor irresponsable que se convierte en tragedia para peatones u otros viajeros. ¿Radares? ¿Vigilancia policial? Si es que ni siquiera en las áreas urbanas hay una regulación para obligar a reducir la velocidad, cuando escasea la convicción de proteger la propia vida y la de inocentes.

¿Accidente? Debemos hacer énfasis en esta palabra. Se debiera utilizar en los casos de alta velocidad y en aquellos otros en que los reflejos del conductor se hallan reducidos por el alcohol, las drogas, el sueño... “por accidente”, “por casualidad” que señala la Real Academia de la Lengua, llega a su destino, puesto que en tales condiciones la tragedia reclama sus víctimas en cada palmo del pavimento.

Asusta que en poco más de treinta días, sin festividades tradicionales en las que se dispara la siniestralidad, haya tantas víctimas mortales, 137, entre ellas 19 menores de edad. Habrá que replantearse la actividad en Tránsito, pues el decomiso de licencias, casi mil el fin de semana anterior, no incide. Hay que llegar a los conductores mediante campañas en las que, por convicción o miedo, ajusten su conducta en carretera a las normas de tráfico, por lo menos las más elementales, cortesía, adelantamiento, velocidad, conductor asignado. Como enseña el adagio clásico: “El tonto a palos y el listo a señas”, todo para salvar y proteger vidas.