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Dos historias

Como parte de las noticias de todo tipo que hemos tenido estas dos últimas semanas, desde las nevadas históricas en la costa este de Estados Unidos, pasando por la cancelación del TPS para los salvadoreños o el tráfico de becas en Salud revelado por una investigación de LA PRENSA, hay dos historias que han conmovido hasta los huesos y enfurecido por la frustración que deja la impotencia.

Las dos historias tienen relación porque se trata de abuso infantil y de paso ambas han tenido lugar en el departamento de Lempira. Las notas tienen como protagonistas a dos niñas abusadas y a un menor asesinado al tratar de proteger a su hermanita de la violación.

El primer caso tuvo como escenario el municipio de San Manuel de Colohete, en la zona más empobrecida de Honduras, en el occidente del país. Una niña de 14 años fue hallada inconsciente luego de haber sido brutalmente violada por su padrastro y por un amigo de este, que se la llevaron a un expendio para amanecer el 1 de enero.

El padrastro, según medicina forense, tenía al menos un año de estar abusando de la menor que aguarda en un hospital público con dos meses de embarazo.

El otro caso también ha ocurrido en una aldea de Gracias. Fue asesinado de un balazo —dice el reporte del corresponsal— un niño de 11 años a manos de un hombre cuando el menor se interpuso para que el criminal no violara a su hermana de 13 años.

“Él me ayudaba con todo, cortaba café con sus hermanos, era trabajador, un buen hijo…”, le recordó su madre al momento de sepultar a José Esteban, su muchacho, la víctima de esta tragedia. Su historia es la misma que se repite una y otra vez en este y en decenas de caseríos olvidados del país. Un vecino de la aldea, borracho, se encontró a los tres niños, a José Esteban junto a su hermano y hermana, caminando solos, sin ninguna protección, y decidió tomar por la fuerza a la menor para violarla. Cuando el pequeño quiso evitar el abuso, el vecino alcoholizado sacó su arma y le disparó a la cabeza.

El abuso sexual contra niños, niñas y adolescentes es una de las peores formas de violencia que existen, y pese a que es un problema creciente en el mundo, la mayoría de los casos no son denunciados. Se viven en silencio en medio de la ignorancia.

Por eso uno de los consejos a las familias es desconfiar, indagar y sobre todo escuchar a los menores para saber qué pasó cuando se tienen dudas. Hay que escucharlos, prestarles atención y no juzgarlos. Ante todo, cuidarlos.

La dimensión y la gravedad de esta forma de violencia contra la infancia hacen relevantes las políticas públicas que promuevan la prevención y la protección de niños y niñas, y la identificación de las víctimas. Y sobre todo la justicia a tiempo para que estas historias dejen de ser noticias.