Más noticias

Que no haga falta irse

El anuncio de que Estados Unidos ha decidido no prorrogar el Estatus de Protección Temporal para nuestros hermanos salvadoreños y que ha dado un plazo perentorio para que los que se encuentran acogidos a él abandonen ese país, debe hacernos poner nuestras barbas en remojo, porque si ya lo hizo con ellos no hay razones para pensar en que no lo hará con nosotros. Es posible pues, que, en el mes de julio, nuestros compatriotas reciban la misma noticia y se encuentren legalmente obligados a regresar a Honduras. Los medios también han señalado que el gobierno canadiense, ordinariamente más abierto para recibir inmigrantes, ha dado la voz de alerta para impedir la llegada masiva de, en este caso, salvadoreños, que podrían desplazarse más al norte para evitar retornar a su país.

En el caso de El Salvador, las razones que han llevado a que miles, millones dicen algunos estudiosos de la diáspora salvadoreña, hayan decidido marcharse de su tierra, son varias; la primera: la guerra civil que duró más de una década y que obligó a ciudadanos procedentes de las áreas urbana y rural a huir, literalmente, para poner a salvo su vida. Luego, las comunes dificultades de los países del Triángulo Norte: altos índices de inseguridad, desempleo y carencia de servicios educativos y sanitarios de calidad, entre otros muchos. Así, solo en la megalópolis de Los Ángeles, se calcula que residen más de quinientos mil salvadoreños, más los, alrededor de trescientos mil mexicanos.

En el caso de los hondureños, aunque aquí nos hemos librado de conflictos intestinos como los del vecino, también se han dado motivos para que miles de compatriotas, de todos los niveles educativos y económicos, y procedentes de toda la geografía nacional, se hayan marchado a buscar mejores horizontes al gran país del norte.

Profesionales de todas las áreas del conocimiento y campesinos semianalfabetas se han ido y establecido en los diferentes estados, con la esperanza de ofrecer a su descendencia un lugar seguro, una educación acorde con las exigencias de los tiempos, una atención médica digna y unas perspectivas reales de desarrollarse en plenitud.

La coyuntura histórica que estamos viviendo podría empujar a algunos de nuestros compatriotas también a marcharse.

Y es una verdadera lástima que, muchas veces, los que se van son los que más y mejor podrían aportar al desarrollo nacional. Por eso urge que todos los sectores participen en un proceso de diálogo abierto y omnicomprensivo del que pueda salir un proyecto de país que permita que solo se vaya el que quiera irse, pero que nadie se vea obligado a hacerlo.