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Otro año que queda atrás

En la medida en que nos vamos acercando al final de un año suelen invadirnos dos tipos de sentimientos: por un lado aparece la nostalgia y por el otro, nos guste o no, una especie de “cargo de conciencia”.

El primero, porque las buenas y malas experiencias vividas en los últimos trescientos sesenta y cinco días, seguro que han dejado huella en nosotros; porque hemos disfrutado de alegrías y hemos padecido dolores, y, ambos, han contribuido al tejido del tapiz de nuestra vida, ese que por el envés presenta escenas agradables y por el revés nudos ciegos, pero que, a final, nos ha dado lecciones y nos ha enriquecido.

Además, a la distancia y con el paso del tiempo, acostumbramos a ponerle un toque romántico a las cosas y eso hace que los recuerdos se presenten de golpe y nos produzcan una especie de dulce sufrimiento. Por eso es que durante la medianoche de este día hay abrazos y risas, pero también hay abrazos y lágrimas. En el año que queda atrás todos hemos perdido algún ser querido, todos le hemos dicho adiós a alguien que ocupaba un sitio en nuestro corazón, y eso, por indiferentes o insensibles que seamos, nos marca, aunque por fuera lo neguemos.

Luego está el desasosiego que causan los “cargos de conciencia”. Si somos medianamente sinceros y hacemos un examen serio, caeremos en cuenta que realizamos actos incorrectos y cometimos errores: no tratamos como debíamos a alguien, no supimos estar a la altura de alguna circunstancia, no acompañamos como se debía a alguien que nos necesitaba, no hicimos el ejercicio que nos habíamos propuesto, no cumplimos nuestro trabajo con todo el profesionalismo que debimos hacerlo, no pasamos tiempo suficiente con el cónyuge o los hijos, etcétera, etcétera, etcétera. Y, la pura verdad, ya no podemos hacer nada.

¿Qué nos queda ante la nostalgia y los cargos de conciencia? Ante la primera no podemos más que dejarla estar. Ya el año entrante, con todos sus avatares y sobresaltos, nos jalará hacia abajo y nos hará tocar tierra, nos secaremos las lágrimas y haremos “de tripas corazón” para lidiar con los viejos resabios y las nuevos desafíos. No podemos vivir enganchados en el pasado ni suspirar por lo que no tiene remedio. Y, ante los segundos, los cargos de conciencia, no podemos más que luchar para evitar cometer los mismos errores y encarar con audacia nuestras deficiencias. Tampoco podemos vivir como la mujer de Lot, aquella que por ver hacia atrás se volvió estatua de sal. El año que viene es mejor recibirlo briosos, optimistas y sonrientes; tal vez así, él también nos sonríe y nos trata mejor que el que está por irse.