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Los niños de la frontera

San Pedro Sula, Honduras

No, no se trata de los menores que viven olvidados con sus familias en la zona fronteriza. Ese es otro tema pendiente que, como se ha planteado en varios reportajes en este diario, es otro que urge de la atención de las autoridades.

Los menores que hoy recordamos en este espacio, son los que diariamente cruzan la frontera enfrentando verdaderos peligros en su intento por llegar a Estados Unidos, unos buscando reunirse con sus familias y otros sin saber con certeza a qué van, pero todos decididos a dejar atrás una vida difícil. Solo en este mes de diciembre hay reportes de un centenar de niños migrantes centroamericanos y mexicanos, detenidos y deportados por la Patrulla Fronteriza que los halló tratando de cruzar la frontera y los mandó a los centros de refugio en Tamaulipas, México.

Una de ellas, Astrid, de 16 años, contó su infame travesía a un diario mexicano, lamentando que para ella la Navidad iba a ser amarga porque ni siquiera iba a lograr regresar a tiempo a Copán para pasar la festividad con sus seres queridos.

La menor fue enviada junto con otros niños no acompañados, el 7 de diciembre, a Reynosa, a un centro de atención a menores fronterizos. Ahí compartió su historia. Salió de Honduras el 4 de noviembre para reunirse con su madre y hermanos en Estados Unidos.

Como a todos los que emprenden ese viaje, pagó 7 mil dólares al “pollero” que ofreció llevarla hasta McAllen, Texas. Trabajó duro para juntar ese dinero, suma que completó con lo que su madre le mandó ilusionada con reunirse con su hija a la que no ve desde hace diez años. Pero las vicisitudes de esta joven fueron inútiles porque la Patrulla la detuvo y la devolvió a México. Ahora debe esperar para poder regresar a Honduras, aunque ya está pensando en volver a trabajar para nuevamente juntar los 7 mil dólares e intentar cruzar el río Bravo.

Astrid corrió el mismo riesgo que miles de niños y niñas de Centroamérica que todos los meses se enfrentan a que les secuestren, violen o asesinen, menores que se exponen a la explotación mientras intentan llegar a los Estados Unidos.

Huyen de la pobreza, de las maras que les tienen amenazados, de la falta de oportunidades de trabajo. Se van con la esperanza de que en “el Norte” superarán la pobreza y tendrán el derecho a una educación digna que no logran en sus municipios y ciudades. Pero sus historias no terminan bien, y eso tienen que saberlo y tomar conciencia.

La sociedad, el Gobierno, todo el país debe tener respuestas para estos menores, devolverles la esperanza. Y los padres deben entender que no es el camino, que ese sórdido viaje no es para nadie, menos para los niños y adolescentes a quienes siguen mandando sin protección, encargados a “polleros” que se convierten en su principal peligro.