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Niños de Honduras

San Pedro Sula, Honduras

Hace varias décadas, en la parte superior de los certificados de calificaciones que eran entregados a los alumnos de primaria al final del año escolar, se leían los siguientes versos: “Qué dicha tan grande nacer en Honduras/ como lo desearan todas las creaturas”. De mala factura poética, por cierto, esta rima recordaba a los hondureñitos que debían sentirse afortunados y orgullosos por haber nacido en este país.

Cada año, un día como hoy, 10 de septiembre, se celebra en Honduras el Día del Niño. En esta ocasión se procura festejar la infancia de nuestros compatriotas más jóvenes; es el día del año en el que más piñatas se rompen a lo largo de toda la geografía nacional y, seguramente, junto con la navidad, el más esperado por ellos. Los centros educativos del nivel primario se prodigan en dulces, comidas y bebidas para sus alumnos, y, en muchas empresas, se organizan celebraciones parecidas para los hijos de funcionarios y colaboradores.

El Día del Niño celebra el futuro del país, festeja a la inocencia encarnada, nos recuerda a todos que esas creaturas algún día nos relevarán, cosa de ley natural, y serán las responsables de sacar a flote o de mantener el estado de cosas en este país.

La situación de la niñez hondureña es muy diversa. Muchos niños cuentan con techo, alimentación, educación y atención sanitaria, seguras. Muchos crecen dentro de familias no perfectas, no existen ese tipo de familias, pero en las que se vive una dinámica que facilita su desarrollo físico y psíquico sin mayores sobresaltos. Otros crecen en ambientes en los que, aunque no falta lo material, hay un clima de miedo y de violencia. Otros, tal vez la mayoría, sobreviven en medio de la inseguridad, bajo condiciones tremendamente precarias, recibiendo educación de ínfima calidad, sin los servicios de salud indispensables y, a veces, dentro de núcleos familiares desestructurados o no integrados. De estos últimos, algunos han decidido irse del país a correr todo tipo de riesgos. Con toda su candidez a cuestas han encontrado hambre, frío, explotación, prostitución y muerte.

Falta bastante para que muchos, miles, de nuestros niños puedan decir que han tenido suerte, que han tenido la dicha, de nacer en Honduras. Falta que los adultos hagamos de este país uno que sea digno; uno del que puedan sentirse realmente orgullosos, del que no haga falta irse; uno en el que puedan desarrollarse plenamente y en el que puedan crecer sanos, seguros y educados.