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¿Cómo ha sido esto posible?

Las investigaciones sobre la red de corrupción y delincuencia tejidas dentro de la Policía Nacional cada vez arrojan más datos que no solo causan sorpresa sino indignación y, por qué no decirlo, pavor. Los hondureños sentimos que estamos despertando de una horrible pesadilla en la que nos habíamos mantenido durante décadas. Cada una de las nuevas revelaciones nos estremece. ¿Cómo ha sido todo esto posible?, ¿cómo es que ha habido en este país hombres y mujeres a los que nos les ha importado la vida de sus paisanos y que en lo único que han pensado es en llenarse los bolsillos de dinero a costa del dolor y la sangre de tanta gente?, ¿de qué madera están hechos?, ¿quién les deformó la conciencia?, ¿en qué hogares crecieron?, ¿qué pensaban cuando ordenaban matar a todo aquel que se les pusiera enfrente, en su mayoría inocentes?, ¿de dónde nacieron ambiciones tan desmedidas?, ¿en manos de qué canallas hemos estado? Es difícil responder preguntas tan duras.

Los hechos son escalofriantes: operadores de justicia, políticos, comunicadores, gente común, asesinos a sangre fría, crímenes ordenados desde las mismas oficinas de la Policía, delincuentes girando instrucciones a oficiales y comisarios, funcionarios borrando antecedentes a criminales en serie o extendiendo licencias para conducir a los enemigos de la convivencia y de la paz. Es algo verdaderamente insólito. Encima, toda esta gente recibía salarios pagados por nuestros impuestos; comían, se vestían, viajaban, se daban la gran vida, a costa del sudor de la ciudadanía honrada. Da coraje saber que muchas veces pasaron como personas honorables a las que se les rendía el saludo, que se ponían un uniforme que los identificaba como oferentes de servicio y protección para todos. “Servir y proteger” es la leyenda que reza en las patrullas, ¿servir a quién?, ¿defender a quiénes? Ya se ve que estos que han deshonrado su profesión, que han traicionado su oficio, estaban sirviéndose a sí mismos y protegiendo a los extorsionadores, a los sicarios, a los narcotraficantes, a lo peor que ha dado a luz esta patria.

Afortunadamente, otros hondureños han tenido el valor, la voluntad y el amor patrio de exponer sus propias vidas para desenmascararlos, para mostrar a Honduras y al mundo la maldad de la que son capaces algunos seres humanos, las consecuencias de la ambición desmedida, de la ausencia de escrúpulos de todo tipo.

Es una herida grande la que se ha producido en la sociedad entera. Una herida que tardará en restañar. La cura de esta herida deberá pasar por el apoyo irrestricto de todos a cada una de las acciones que el Gobierno emprenda para acabar con semejante putrefacción. Porque la limpieza debe continuar.