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El pícaro no nace...

Duele reconocerlo, pero el pícaro no nace, sino que se hace, y he optado por usar la palabra pícaro y no corrupto porque esta última es de reciente cuño. Cuando mi padre hablaba del que hacía uso de los fines ajenos, públicos o privados, no usaba el término corrupto, sino que se refería a él, justamente, como pícaro o lépero o malandrín o, sencillamente, sinvergüenza.

Mi viejo era un hombre escrupulosamente honrado: como administrador de bienes del Estado durante más de tres décadas nunca hizo uso de ellos como si fueran propios. Es más, recuerdo que en más de una ocasión nos daba, a uno de mis hermanos o a mí, cheques a su nombre que le llegaban de Tegucigalpa, por sumas mínimas, uno o dos lempiras, y que eran devoluciones de fondos del Gobierno que él había enterado de más a las arcas públicas; es decir, cuando hacía cuentas, a veces las hacía en su contra y devolvía centavos de más que luego le eran reintegrados.

En los años setentas se institucionalizó en Honduras la práctica de proveer de viáticos a los funcionarios cuando debían hacer viajes dentro o fuera del país. A mi papá le tocaba administrar, para Olancho, los de la dependencia que entonces se llamaba Desarrural, luego Desagro y, finalmente, antes que se jubilara, Dicta. Tenía fama de ser sumamente estricto, casi tacaño, con el dinero del Gobierno. Recuerdo claramente cómo una vez uno de aquellos que habían recibido viáticos le envió una postal del extranjero y, al final de los saludos y los buenos deseos, le hacía alguna broma sobre sus gastos con dinero del Estado.

Será por eso que me cuesta entender cómo la corrupción se ha vuelto un mal endémico y se considera casi una fatalidad inevitable. El corrupto, y corrupto viene de podrido, de descompuesto, de ente que ha dejado de estar vivo, no ha nacido así. Ha hecho falta una buena formación ética, un buen ejemplo de los padres o un correcto uso de la libertad personal para terminar con la conciencia deformada y ser incapaz de distinguir lo bueno de lo malo, lo propio de lo ajeno, lo público de lo privado.

A veces, los padres cometemos el error de celebrarle una palabra malsonante a un hijo pequeño o una “viveza” en una transacción, o de encubrirle una conducta inadecuada.

Así les vamos enseñando que el propio beneficio está por el de la colectividad o que mientras no los descubran pueden vivir sin principios. Y, así, hay gente que ha vivido de la picardía y ha muerto impune, gente que robó y que fue llevada al cementerio con la Bandera Nacional sobre su féretro; pero los tiempos, gracias a Dios, han cambiado y el escrutinio social obliga a la trasparencia, a la honestidad, a la decencia.