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Más que en dar, en escuchar

Se ha dicho, en más de una ocasión, que la virtud humana de la generosidad, más que en dar se manifiesta en escuchar. Sobre todo cuando el dar se reduce al regalo material, al puro deshacerse de algo tangible, algo que no cuesta más que dinero. Porque resulta, además, que si la generosidad solo se pudiera vivir a través de las cosas, habría personas que, debido a su precariedad, no podrían ejercitarla nunca.

Una de las maneras que más se valora a la hora de vivir este hábito ético consiste, justamente, en la disponibilidad para escuchar a quien lo necesita. Hoy que las concentraciones urbanas se han ensanchado tanto y acostumbramos a estar rodeados de gente, la soledad se ha multiplicado, la sensación de orfandad se ha diseminado. He vivido la experiencia, en muchas ocasiones, de haber preguntado a alguien sobre su situación personal o cómo anda su salud, y haber recibido de vuelta no sólo una respuesta sino una confesión detallada de una dinámica familiar poco sana, de un trabajo rutinario y poco retador o de un padecimiento personal físico o psíquico, en un espontáneo desahogo que ha llegado a conmoverme. En ocasiones como esas he comprendido por qué las agendas de psicólogos y psiquiatras pasan ahora tan apretadas.

Y es que los seres humanos hemos nacido para comunicarnos. Hasta un monje que ha hecho voto de silencio no para de hablar con Dios. Cada tristeza, cada alegría, nos urgen a ser compartidas, y solo los soberbios y los egoístas se las guardan, junto con su habitual amargura y su cara de pocos amigos.

Obstaculizan la posibilidad de ser generosos: la prisa, el vicio de vivir dando vueltas sobre nosotros mismos, el afán de singularidad y los ya mencionados egoísmo y soberbia. El que corre sin pausa y sin dar oportunidad a la serenidad no es capaz de regalar un poco de su tiempo al que desea hablar; el que no ve más allá de su ombligo carece de la empatía necesaria para comprender lo que le dicen y menos para sintonizar con su interlocutor; el que se cree modelo exclusivo no suele descender hasta las miserias del prójimo; el egoísta padece tal sordera afectiva que no está interesado en escuchar más que a sí mismo; y el soberbio está tan sobrado, tan hinchado, tan por encima de los demás, que piensa que los otros sólo decimos tonterías.

Pero los que no escuchan se pierden la oportunidad de aprender de su prójimo, de descubrir otros mundos, de reconocerse en los sueños y las pesadillas de sus hermanos los hombres.