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Lecciones mundialistas

Siempre me ha parecido interesante buscar perspectivas no tradicionales sobre un tema, algunas veces incluso extrapolar situaciones, asumiendo el riesgo que conlleva de cometer errores. No quedarse con lo evidente, sino indagar un poco más es un ejercicio que permite aclarar un poco las ideas.

En este caso se trata del fútbol, deporte que tiene la atención de buena parte del mundo gracias al Mundial que se celebra en Rusia y que concluirá en pocos días. Este es un torneo que nos da múltiples lecciones que tomar en cuenta para nuestra propia realidad. Más allá de una Copa del Mundo que ha permitido conocer un poco más de Rusia y de su gente, como una estrategia formidable de apertura y cercanía al mundo, hay otras lecciones que tomar. Veamos.

Primera lección: no hay popularidad que valga, lo que cuenta son los resultados. No importa cuán grande creamos que es un equipo o su trayectoria –en este caso futbolística– lo que vale es lo que se logre a través del trabajo conjunto. Un hombre solo, como en la mayoría de los casos, poco logra hacer sin el apoyo de los demás.

Para avanzar no cuenta la fama, la imagen engrandecida ni las opiniones múltiples de los expertos sobre las grandes figuras, lo importante es trabajar en equipo. Sin el apoyo de los demás poco podemos hacer en cualquier ámbito, es necesario desarrollar empatía que nos lleve a comprender a los otros, autonomía para tomar decisiones responsables y respeto por la gente.

Segunda lección: aquí no hay espacio para dramas mal logrados. Tal y como es en la realidad, cualquier intento de engañar a la gente con actuaciones mal hechas no resulta. En la era digital, como nunca antes, la capacidad de contrastar hechos es enorme, proporcional a la incredulidad de la gente. Hechos, no palabras; realidad, no actuación es lo que reclama la afición, no solamente en el fútbol, sino en otros ámbitos de la vida, tanto en lo social como en la política, no solamente internacional, sino también nacional.

Tercera lección: no hay rival pequeño. Esta es una gran lección de humildad. Hay que tratar a los demás con el mismo respeto, no importa si se trata de aquellos que valoramos como los grandes o con los que asumimos que son pequeños, sin importar el criterio de valoración. Las diatribas que utiliza el fútbol como cualquier pretexto para sacar a la luz otras frustraciones solamente demuestran la escasa conciencia que tenemos de la obligación de dar a los demás lo que exigimos de ellos. Me explico mejor: ¿cómo pedimos respeto si no somos capaces de respetar?, ¿cómo queremos una cultura libre de violencia si la construimos así, sólida con muros de palabras ofensivas?

Cuarta lección: las mujeres tenemos derechos y hay que hacerlos valer. Este torneo puso en evidencia el acoso hacia las mujeres, la cosificación como estigma y la cultura predominantemente machista de buena parte del mundo. La visión de la mujer como adorno persiste. Los avances son tímidos en lo referente a igualdad de género, hay grandes distorsiones sobre las que hay que trabajar como sociedad.

Quinta lección: no basta la fama, el talento y la buena actitud para obtener grandes resultados, hay que trabajar muy duro, con disciplina, perseverancia, autoestima adecuada que permita reconocer que nos equivocamos; pero sin regodearnos en ello, hasta lastimarnos de forma casi permanente. Detrás de cada equipo hay asesores expertos que realizan un trabajo profesional. Abrir los ojos y la mente a través del conocimiento objetivo, más allá de la adulación de los seguidores e hinchas de oficio, es indispensable para cualquier equipo, no solamente deportivo.

El Mundial de Fútbol pronto acabará, dejando atrás horas de juego y análisis de todo tipo. Procuremos que las lecciones de vida se queden con nosotros. No todo es un balón y 22 jugadores tras él, hay mucho, muchísimo más que aprender a través de este y otros deportes, todo es cuestión de explorar.