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Los que no regresan

Desde mucho antes que se anunciara que el Gobierno estadounidense había decidido no renovar el TPS, el tema migratorio ha sido uno de los más candentemente discutidos en el país. La diáspora catracha, provocada por las razones sociológicas que todos conocemos, comenzó hace casi dos décadas. Como parte de ella se han marchado de Honduras hombres, mujeres y niños procedentes de todos los estratos económicos y educativos del país, desde campesinos depauperados o población urbana semianalfabeta hasta empresarios e hijos de gente pudiente, educados en el extranjero, que habían regresado a su tierra para establecerse y que luego cambiaron de planes ante la situación imperante. El denominador común, la razón de mayor peso para que tanto los unos como los otros decidieran marcharse, ha sido el miedo. En barrios y colonias populares de las ciudades más importantes, familias enteras han sido expulsadas de sus casas por el crimen organizado o los delincuentes que forman temibles pandillas bien conocidas. Muchas de estas familias han optado por el exilio y lo han dejado todo con tal de salvaguardar su vida. Lo mismo han hecho muchos profesionales y empresarios, jóvenes todos ellos, que se han ido porque han sido o se han sentido amenazados y no han querido que sus hijos vayan a ser objeto de un secuestro o víctimas de la extorsión.

Luego, además de los que se han marchado están los que no regresan. Este grupo constituye uno cada vez más numeroso, la gran mayoría con estudios universitarios al más alto nivel, lo que convierte esta situación en una auténtica fuga de cerebros. Hablo de los que fueron enviados a estudiar a Europa, Asia, Estados Unidos u otros países del continente americano, o recibieron el beneficio de una beca de parte de un Gobierno amigo o una entidad internacional pública o privada. Se cuentan ya por cientos, miles tal vez, los que, una vez fuera de Honduras no quieren regresar. Y, nos guste o no, sus padres, que continúan viviendo en estas tierras, los animan a que no regresen. He oído argumentos, tristemente válidos, que señalan la falta de seguridad y oportunidades que aquí se padece, que “qué va a regresar a hacer aquí”, “que en este país no hay futuro”, “que aquí ya no se puede vivir”.

Así, se va quedando fuera toda una generación de brillantes profesionales cuyos hijos sólo sabrán de Honduras algunas anécdotas que les contarán sus padres, pero que carecerán de arraigo, que se identificarán con otra cultura, con otros cielos, con otra bandera.

Lo peor es que, como ya dije, es difícil rebatir sus razones. No, mientras las cosas no cambien, mientras no haya motivos que no sean sentimentales para regresar.