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Política decadente

La popularidad es un valioso tesoro al que aspiran quienes se dedican a la política. Ser escuchado, visto y reconocido por las multitudes es esencial para mantenerse en el ruedo político. Esa búsqueda de la popularidad, a toda costa, lleva a algunos a cometer excesos y ser protagonistas de tristes espectáculos que luego se hacen virales a través de las redes sociales.

Ser conocido, el porqué es lo de menos. Esa parece ser la consigna de muchos que anhelan ser notorios, que no es lo mismo que notables.

La política enfocada en la popularidad sin valorar los motivos, es decadente. Lamentablemente, en esa hondonada hemos caído y nos regodeamos en ella. Solamente desde esa perspectiva es posible entender hechos bochornosos, como las sesiones de insultos a las que ya nos estamos acostumbrando. Dar rienda suelta a la inexistencia de inteligencia emocional, entre muchas otros vacíos que quedan en evidencia, se está convirtiendo en nuestra normalidad reproducida por los medios de comunicación tanto nuevos, como tradicionales.

Episodios de ataques verbales y la posibilidad de que se conviertan en algo más, en el mejor de los casos nos divierten, en el peor apelan al morbo y sirven de ejemplo totalmente distorsionado de cómo resolver problemas al estilo más primitivo: haciendo daño al oponente.

¿Solucionar problemas de la vida nacional? Es solamente un pretexto. Lo importante es mostrarse influyente, fuerte y decidido, dispuesto a todo, sin importar el riesgo de la ridiculez.

Con semejantes ejemplos, todavía nos preguntamos por qué nuestra gente se ha acostumbrado a resolver sus diferencias a través de la violencia. ¡Pero si nuestros mismos políticos nos dan lecciones de incapacidad para ponerse civilizadamente de acuerdo en temas sensibles!, o por lo menos mostrar respetuosa tolerancia ante las diferencias.

Esa intolerancia hacia la forma de pensar de los otros, esa forma de entender las diferencias como resta y no como suma, es un verdadero lastre para un país completo.

Ese actuar casi caprichoso, en el que debe prevalecer la opinión y la voluntad de uno solo; esa forma de juego de suma cero, en el que alguien gana y todos pierden, no es solamente una mala escenificación de nuestra política, sino una pequeña muestra de lo que acontece en el país. ¿Es exagerado? Observe la incapacidad de ponerse de acuerdo en el prediálogo nacional. Más allá de las risas que nos puede provocar, debe darnos profunda consternación el constante irrespeto para una nación entera.

La cooperación para el desarrollo invierte recursos económicos y humanos en instaurar una cultura de solución pacífica de controversias en sectores poblacionales en situación de vulnerabilidad social. Habría que solicitarles que entre la población prioritaria incluyan a muchos políticos que juegan no solamente con su reputación, sino con el presente y el futuro del país.

No vendría nada mal capacitarlos no solamente en técnicas de negociación y solución pacífica de conflictos; sino también en educación emocional. He escuchado que algunos políticos podrían ser buenos actores y que deberían serlo, pero estoy en total desacuerdo, por el profundo respeto que merecen nuestros artistas nacionales, nunca haría semejante aseveración.

Todos estamos llamados a hacer que el estándar de nuestros políticos suba, de llamarlos al orden, de hacer que se centren en lo fundamental: el bienestar del pueblo hondureño. Olvidemos el entretenimiento burdo, pasemos a la fundamental ¿o es que acaso no tenemos temas de qué preocuparnos?