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Los mexicanos de acá

Los mexicanos de acá, los que vivimos en Estados Unidos, no nos fuimos de México por un capricho. Nos fuimos porque nos teníamos que ir. Algunos por razones económicas, otros huyendo de la violencia, todos para buscar nuevas y mejores oportunidades. Cuando era niño nunca le dije a mis papás: “Quiero ser inmigrante.” Les dije que quería ser futbolista, astronauta y hasta rockero, pero nunca aspiré a irme de mi casa ni de mi país. Me hubiera gustado quedarme en México. Pero, como le ocurre a todos los inmigrantes, algo me expulsó de mi país y algo me atrajo a otro. (Mi lista de razones que me expulsaron era corta pero contundente: censura, falta de democracia, pocos espacios para crecer…)

No hay día en que no piense en regresar o en algo que dejé en México. A nadie le gusta dejar a su familia, a sus amigos, su cuadra, sus rincones y olores.

Pero después de muchos años viviendo fuera de México, inevitablemente, crecen las distancias y las ausencias. La nostalgia empieza por la boca. Me siguen fascinando los tacos al pastor -sin piña, por favor- pero ya no aguanto las salsas más picantes. Y así, mordida a mordida, nos vamos convirtiendo en extraños para los nuestros.

Tras 35 años en Estados Unidos tengo que reconocer que ya nunca seré suficientemente mexicano para muchos mexicanos (de la misma manera en que muchos estadounidenses no me consideran de su país). Y sin embargo, seguimos conectados por esa historia común que nunca se borra.

Hace poco, antes de ganar el óscar por mejor director, le preguntaron a Guillermo del Toro -otro mexicano autoexiliado en Estados Unidos- cómo podía conjugar en sus películas el amor con sus monstruos. Su respuesta fue genial: “Porque soy mexicano”. Los mexicanos hemos aprendido a maniobrar entre la terrible violencia del país -casi 100 mil muertos en este sexenio- y un extraordinario entusiasmo por la vida. Cuando tienes la muerte tan cerca (como Guillermo, a quien le secuestraron a su padre en 1998), la fiesta es mucho más sabrosa.

En Estados Unidos vivimos más de 36 millones de personas de origen mexicano y de los cuales 12 millones somos mexicanos nacidos en México.

Y a pesar de todo, tenemos una fuerte conexión con México. No solo tenemos familia allá sino que enviamos miles de millones de dólares en remesas y seguimos muy de cerca lo que pasa políticamente.

Además, tenemos el derecho de votar desde el extranjero. La primera vez fue para la elección presidencial del 2006. Pero no ha sido fácil y parecería que el sistema está hecho para limitar nuestra participación. Un ejemplo; aunque hay millones de mexicanos en Estados Unidos, en las votaciones para presidente en 2012 solo 40,714 mexicanos votaron desde algún país en el extranjero. Este año tampoco promete mucho.

Hasta enero de este 2018 solo se habían registrado para votar 40,759 mexicanos en el exterior, según información del Instituto Nacional Electoral (INE). Yo también voy a votar en las elecciones de México. Pero el proceso ha sido un laberinto burocrático.

Ya se puede sacar la credencial de elector desde los consulados mexicanos en el exterior. Yo la saqué en el consulado en Miami. Luego, con credencial en mano, me registré en la internet para votar (en www.votoextranjero.mx). He pasado días en esto y el INE pagará muy caro por tanto servicio de paquetería internacional. ¿No hay otra forma más fácil, efectiva y segura de votar desde el extranjero? ¿Qué hacer para que voten millones y no solo unos cuántos?

Otros países lo hacen con bastante éxito y sin peligro de fraude. Los mexicanos de acá queremos estar más cerca de México. Si nos dejan…