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El bien objetivo del otro

Resulta evidente que uno de los conceptos del que más se ha abusado a lo largo de la historia ha sido el del amor. La semana pasada he señalado que suele confundirse con sentimentalismo o con erotismo o sensualidad. Y, como la vivencia del amor, es decir, amar o ser amado, es una necesidad básica y un requisito indispensable para aspirar a la felicidad, se busca y persigue no siempre de la mejor manera ni en los lugares o personas adecuadas.

Lo cierto es que el amor verdadero, no el aparente o superficial, busca siempre el bien objetivo del otro. Y desde ahí hay que partir para concebirlo en sus justas dimensión y profundidad.

Porque existe el amor subjetivo, que no es más que la consecución de una satisfacción personal o la obtención de un placer pasajero, temporal, breve. Cuando un padre de familia, por ejemplo, corre a satisfacerle un capricho a un hijo, está realizando un aparente ejercicio de amor. El amor verdadero, más que buscar la satisfacción de un capricho antes analiza si la petición recibida es producto de una necesidad auténtica y que va producir un beneficio real al hijo. Evitar las lágrimas o las caras largas no es causa suficiente para dar a un ser querido lo que demanda. Es más, decir no, una o muchas veces, puede ser una mayor y mejor manifestación de amor que un sí cuyo único fin sea evitar el llanto o los gritos de un niño, un adolescente o una esposa o esposo impertinentes.

He dicho lo anterior porque si el amor genuino, es, justamente, buscar el bien objetivo del otro, no debemos olvidar que el bien objetivo es aquel que produce felicidad a largo plazo y nos hace mejores personas, seres humanos valiosos y con los que vale la pena convivir. De ahí que un acto de amor verdadero es aquel que contribuye a que el objeto de nuestro amor vea potenciadas sus virtudes y ascienda en la escala hominal.

El nefasto sentimentalismo hace que muchas veces se pierda la perspectiva. Así, padres y madres terminan bajo permanente extorsión afectiva de parte de unos hijos que les han “tomado la medida” y saben a ciencia cierta a qué tipo de chantaje recurrir para ver satisfechos sus antojos.

El bien objetivo del otro exige un cariño menos meloso y más cerebral. Claro, es más fácil prodigarse en besos y abrazos, que también son importantes y necesarios, mientras se olvidan la exigencia y la disciplina familiar. Los frutos de esta confusión están a la vista. Pero nunca es tarde para rectificar. Por el bien de aquellos a los que queremos y de la comunidad humana entera.