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Enredados

San Pedro Sula, Honduras

No existe duda de que la aparición y expansión de las redes sociales en este milenio ha reconfigurado el mundo globalizado que ahora nos asfixia. Un gerente de una multinacional puede tener videoconferencias en vivo desde Tokio hasta Río de Janeiro, con terceros interviniendo desde New York y Barcelona.

Ello sin duda ha simplificado nuestras comunicaciones, haciéndonos ciudadanos de una aldea global que no tiene fronteras. La conectividad digital y particularmente las redes sociales no solo tienen ventajas, sino también peligros latentes de estafas, extorsión y una sutil pero progresiva pérdida de la intimidad personal, entre otros.

Los medios de comunicación tradicionales igualmente han requerido transformarse, ya que las nuevas generaciones ya no ven televisión, sino YouTube; no leen periódico en papel, sino en sus aplicaciones, no escuchan radio, sino que se informan por Twitter y Facebook. Ello significa que el poder de influencia alcanzado por las redes sociales ya desbordó los controles mediáticos tradicionales y de los propios Gobiernos.

Ello explica las leyes bozal que se inventan los débiles Estados que solo tienen de lado las armas, pero no la simpatía de la ciudadanía, por ello el miedo a ser señalados por sus actos de corrupción, ya que en las redes sociales no hay dueños a quienes acallar con millonarios contratos de publicidad ni manipulación noticiosa de un presentador que se cree dueño de la verdad.

Esa libertad incómoda a los poderosos que ahora pretenden penalizar el hecho de que se le diga corrupto al corrupto, ladrón al ladrón, en fin, silenciar al que señala mientras el infractor sigue tejiendo sus redes de impunidad. Por supuesto que debe entenderse que el derecho de libre emisión del pensamiento no es absoluto ni ilimitado, ya que las leyes sustantivas protegen el derecho al honor y a la propia imagen dando la posibilidad al señalado de demandar prueba querellando al que señala.

¡Ah, los políticos de mi patria! Enfocados en superficialidades mientras las crisis de fondo siguen sin resolverse en las enredaderas de la corrupción.