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Anemia ética

Algunas de las escenas que los hondureños hemos tenido la tristeza de contemplar en los últimos días denotan claramente que buena parte de nuestra gente padece una especie de grave anemia ética. Es decir, que no ha tenido la oportunidad de formarse la conciencia y, por lo mismo, no es capaz de distinguir lo bueno de lo malo y, aún más, que carece de señorío sobre sí misma y, por lo tanto, es gobernada por sus tendencias más primitivas, de ahí que se eche de menos la debida deliberación en el ejercicio de su libertad y actúe de forma casi irracional.

Gracias a la tecnología, muchos de los hechos que se han producido durante la crisis política generada a raíz del proceso electoral han sido conocidos casi de primera mano por toda la ciudadanía. Así hemos visto arder en llamas más de un negocio, el saqueo de una tienda por departamentos, el asalto a una oficina bancaria, a grupos de delincuentes que mantienen sitiada una colonia o a extorsionadores que obligan a conductores a pagar por dejarlos pasar por una carretera. Por muy partidario que uno sea de determinada facción política no puede justificar ninguno de los hechos enumerados. Es más, yo, por lo menos, quiero pensar que todas las escenas que he señalado no fueron protagonizadas por activistas políticos, sino por delincuentes comunes que han aprovechado la confusión producida por la situación. Se ha hecho realidad otra vez aquella sentencia que señala que “en río revuelto ganancia de pescadores”.

A mí, particularmente, me impactó el video en el que se mostraba el asalto y posterior saqueo a la tienda Carrión del centro de San Pedro Sula. Primero, porque no logré entender la razón que llevó a los policías presentes a alejarse de la entrada del negocio y, segundo, porque se veía cómo gente que iba pasando por la zona entraba tranquilamente y salía, como si nada, con un juego de sábanas, algunas piezas de ropa o cualquier otro artículo expuesto a la venta. Estamos hablando de personas que pasan por gente honrada, pero que, ante la “oportunidad” de apropiarse de lo ajeno, no dudan en hacerlo y se vuelven cómplices de los delincuentes. Luego estaban aquellos que durante el asalto a la agencia de Banpaís no hicieron nada por evitar el acto criminal y más bien observaban, casi con complacencia, cómo se atentaba contra la propiedad privada y se ponía en peligro la vida de los colaboradores que ahí prestaban sus servicios.

Algo anda muy mal en la conducta ética de muchos hondureños: se roba cuando se puede, se miente cuando se quiere, se justifica la falta de valores. Es una especie de desnutrición, de anemia ética, que amenaza la salud del músculo moral de la hondureñidad entera.