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Año Nuevo, luchas viejas

Ya quisiera uno arrancar la última hoja del calendario y, simultánea y automáticamente, renovarse por dentro. Sería fantástico que cada primero de enero nos “reseteáramos” y emprendiéramos el Año Nuevo con unas disposiciones vírgenes y libres de manías y defectos. Pero, no sé si afortunada o desafortunadamente, no es así. Los inicios de año más bien suelen encontrarnos desvelados y, por lo mismo, cansados, con el estómago algo revuelto y a veces con cara de pocos amigos. Los mismos que nos fuimos a la cama, en la madrugada del primero, nos levantamos, algo avanzado el día, con ganas de detener el tiempo y sin deseos de que la semana avance.

Los seres humanos no mejoramos de forma automática. Los hombres y las mujeres, si queremos eliminar o minimizar nuestros defectos, tenemos que luchar a brazo partido, tenemos que pelear contra nosotros mismos para irnos limando las aristas y adquiriendo virtudes. Si queremos ser mejores tenemos que superar nuestras deficiencias, y eso exige trabajo, requiere esfuerzo.

Ahora bien, todo proceso de mejora personal comienza con una introspección sincera, salvajemente sincera. Si nos andamos con miramientos y nos tratamos con demasiado cariño, no podremos poner al descubierto aquellos defectos que nos mantienen sumidos en una medianía, en una mediocridad humana, que evita ejercitar todas nuestras potencias. A veces es, incluso, necesario, que un amigo o, mejor aún, alguien con quien convivamos diariamente, nos señale, aunque nos duela y nos humille, las carencias más notables; aquellas características que no sean exactamente cualidades y que si nos esforzamos por combatir nos permitirá aspirar con mayor posibilidad de éxito a la felicidad y a la de la gente que nos rodea. Porque no podemos obviar que nuestras deficiencias no solo son causa de nuestra infelicidad sino que esta contamina a los que nos rodean. En otras palabras, nuestros defectos, nuestros vicios, afectan a aquellos con los que alternamos diaria u ocasionalmente, tanto o más que a nosotros mismos.

De ahí la necesidad ver al año que comienza como una oportunidad irrepetible de mantener la lucha contra los antiguos defectos y de trazarnos una ruta sino para eliminarlos por lo menos para minimizarlos.

Si hacemos una lista de las virtudes que nos hacen falta y cuya posesión y práctica facilitarían la existencia de familiares y compañeros de trabajo, seguro que no faltarían en ella: la paciencia, la delicadeza en el trato o la tolerancia. Podemos y debemos, por lo tanto, definir unos medios para llegar a poseerlas. De esa manera, el año entrante, seguro seremos mejores y, repito, será más posible acceder a la felicidad y se la facilitaremos a quienes nos rodean.