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¿Propósitos o deseos?

Recién ayer estábamos celebrando el fin de un año y el comienzo de otro. Vivimos la fantasía de concluir un capítulo del libro de la vida, para iniciar otro que esperamos sea mejor.

Este tiempo permite hacer un balance entre todo aquello valioso en la existencia de cada uno, para ser agradecidos por lo bueno que tenemos y por aquello que en ocasiones nos parece malo, pero que nos permite aprender, porque hay que admitirlo: la vida es un aprendizaje permanente.

Hay muchos rituales de año nuevo, que lejos ya del bullicio, parecen verdaderos disparates, divertidos pero improductivos. Para muestra, estos ejemplos: caminar alrededor de la casa, maleta en mano, como augurio de un año de viajes; abrir un huevo y verterlo en un vaso con agua para al día siguiente interpretar la forma y a partir de allí, saber qué esperar del año.

Como si se tratara de un cambio radical en todo, a fin de año, algunos hacemos una lista de propósitos, aunque muchas veces estos tienen más características de deseos.

Vivimos presos de lo que deseamos o de la agenda que el entorno nos impone. Tener cosas o vernos físicamente más atractivos para los demás es válido, siempre y cuando no caigamos en el exceso que nos lleve a olvidar lo sustancial: nuestra esencia como personas.

También queremos saber qué esperar del nuevo año, algo a qué asirnos ante la incertidumbre; anhelamos mejorar, pero pocas veces pensamos en el trabajo y el empeño que debemos poner para lograr eso que deseamos.

Abundan las reflexiones sobre la importancia de fijar metas a lo largo del tiempo, tanto a corto como a mediano plazo para medir avances y corregir errores, pero más allá de saber utilizar herramientas, ocupamos enfocarnos en primer lugar en la propia actitud.

No podemos pensar que todo está en la suerte y que somos sujetos pasivos de ella, esperando a que pase algo casi sobrenatural que nos lleve a nuestros propósitos. El ser humano es copartícipe de su propio destino, junto con Dios, para quienes creemos en Él.

El ser humano es responsable de su destino, tiene la capacidad de reconocer y aceptar las consecuencias de sus actos y decisiones. Mientras no exista esa conciencia de sí mismo, entonces otorgará a los demás las riendas de su propia vida.

“No importa cuán estrecho sea el portal, cuan cargada de castigos la sentencia, soy el amo de mi destino: soy el capitán de mi alma”, escribió Nelson Mandela, ejemplo de lucha por la paz. En sus escritos en prisión, a través de sus reflexiones, nos hace ver que aún en la adversidad, somos dueños de nuestra actitud ante la vida y justamente es allí donde debemos comenzar.

Sin duda habrá mucho por hacer en las vidas de cada uno de nosotros, no solamente para cumplir una lista de deseos propia o las expectativas de los demás, sino para hacer realidad los propósitos de convertirnos en mejores personas.

¿Qué debemos cambiar, que no tenga que ver con el aspecto físico, tan evidente, como con el interior que es más difícil de encontrar? La respuesta debe venir de la reflexión personal que no puede otorgársele a nadie más.

Apenas hoy es el primer día del año. Es un momento valioso para volver sobre aquello que fijamos como propósitos de año nuevo. Hacer un sano balance entre el ser y el hacer, es fundamental.

Ahora vale la pena replantearse si todo aquello que enumeró ayer son solamente deseos o firmes propósitos.

¿Cuál será la actitud para 2018? Está en nuestras manos.