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Soñar en Jerusalén

Pero en Jerusalén no solo hay un “status quo” en torno a la gran basílica cristiana, sino que también la ciudad vive en esas mismas condiciones. A este “status quo” es al que se ha referido el Papa, pidiendo que no se rompa, después de que el presidente Trump haya decidido reconocer Jerusalén como capital del Estado de Israel y ha hecho saltar todas las alarmas.

¿A qué se refería el Papa? Hay que remontarse setenta años atrás -no es casualidad que sean justamente setenta los años- para entenderlo. El 29 de noviembre de 1947, por 33 votos contra 14 y 10 abstenciones, las Naciones Unidas no solo decidieron la separación en dos Estados del antiguo protectorado británico en la zona, sino también que Jerusalén debía quedar al margen de ambos Estados, con una figura jurídica única en el mundo y sujeta al mandato internacional.

Esto no se cumplió nunca y los primeros que lo rechazaron fueron los países árabes, que desencadenaron tres guerras sucesivas contra Israel, perdiéndolas todas. Así se llegó a la situación que había hasta ahora, la del “status quo”: Jerusalén estaba en manos judías, pero la comunidad internacional no la reconocía como su capital y las embajadas estaban en Tel Aviv. Era una posición contraria a la preconizada por la ONU, pero servía para mantener una paz precaria. La Iglesia siempre ha defendido lo mismo que las Naciones Unidas: un estatuto especial para Jerusalén que garantizara su neutralidad política y la convirtiera en un lugar de encuentro y no de disputa entre las tres religiones.

Seguramente es una utopía soñar con una Jerusalén internacional que sea de todos y de ninguno. Una Jerusalén ciudad de paz y fuente de paz. “¡Oh, Jerusalén!”, titulaba Dominique Lapierre una de sus novelas más famosas, ambientada en la guerra de 1948. “¡Oh, Jerusalén!”, exclamamos los cristianos desde hace siglos.