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Habitualmente alegres

En más de una ocasión me ha sucedido que cuando ante un grupo de personas hago una lista de algunas de las virtudes indispensables para la convivencia humana, y menciono entre ellas a la alegría, alguien me pregunta si es correcto incluirla, ya que existe la opinión casi unánime que aquella es un estado de ánimo, una emoción, y no un hábito ético. Se afirma, además, que la alegría se genera gracias a estímulos externos y que no es una conducta que se cultive y reitere hasta convertirse en una virtud.

Sucede que muchas personas identifican alegría con risa cascabelera o con un permanente gesto risueño. Incluso, no falta quien considere como alegre al hombre o a la mujer ruidosos, aquellos de los que más bien se busca huir porque resultan un fastidio.

La verdad es que, si bien es cierto, la alegría tiene unas manifestaciones corpóreas, también lo es que se puede estar alegre sin recurrir a las carcajadas o sin mostrar los dientes. La auténtica alegría más que con la risa tiene un íntimo nexo con el optimismo, con la serenidad de ánimo y con la paz interior. Y para llegar a poseer esas tres cualidades vitales hay detrás un arduo trabajo por medio del que se busca desterrar la negatividad, el pesimismo y la amargura.

Tanto en el mundo del trabajo como en la vida social, suele uno toparse con personas que tienden a quejarse de todo, que han convertido en artículo de fe el “piensa mal y acertarás” o que solo ven nubarrones en el horizonte. Esas personas han convertido la amargura en un vicio; un vicio que han adquirido a punta de repetir conductas inadecuadas y mantener actitudes pesimistas. Pues con la alegría sucede igual. Como con cualquier otro hábito, éste se desarrolla repitiendo unas conductas buenas y manteniendo actitudes optimistas.

Un individuo que cultiva la virtud de la alegría es uno que tiene el “buen prejuicio” de pensar bien de los demás; uno que ante la duda provocada por el proceder poco claro de una persona, prefiere no juzgar hasta tener todos los datos en su poder; uno que pregunta en vez de sospechar y confía en lugar de temer. Por eso es que el alegre por virtuoso y no por emotivo, conserva la serenidad aunque a su alrededor abunden los nervios, logra ver el valle que se esconde tras la agreste montaña y tiene la absoluta certeza que todas las noches tienen su aurora.

Como tantas cosas relacionadas con la conducta ética, la alegría es pues una virtud, un hábito bueno, que se obtiene por repetición y cuya posesión depende de cada uno de nosotros.