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Reflexiones sobre la patria

Salimos prematuramente –por ello nuestra fragilidad– desde el vientre de una madre que nos cuidó y nos preparó para la vida, algunas veces acompañada del padre o de otro que, por su voluntad, hace de padrastro, para cubrir el irresponsable que nos abandonó. Y poco a poco vamos sintiendo que formamos parte de algo. La idea de la familia se forja en las mentes infantiles, como un primer sentimiento de pertenencia y seguridad, frente al otro, que por ser diferente es miembro de otra familia; pero en la convivencia con esas otras similares construimos el primer sentimiento de colectividad: la aldea, la plantación bananera, la colonia, la ciudad y, al final, el país, Honduras, es develado en la escuela primaria inicialmente por maestros amorosos que nos la muestran como una proyección de la primera madre, por ello nos repiten sin que lo entendamos al principio, que ahora, además de la madre de la casa, tenemos otra: la “madre patria”, cuyo mayor mérito es que es nuestra, única e insustituible, a la cual no debemos renunciar ni siquiera cuando nos alejamos de ella. Nos hablan también de sus virtudes en la vida ejemplar de sus héroes.

Fue el proceso que seguí, junto con mi generación, en la formación recibida en Olanchito y que he concluido en otros lugares de Honduras con otros maestros, en el aula o en los medios de comunicación, que también son aula cuando quieren. Tras la idea de la patria hay un “orden imaginado”, establecido por los fundadores, en virtud de la cual estamos obligados al cumplimiento de definidas obligaciones: lealtad a la patria, sus valores y sus expresiones materiales, respeto mutuo, cooperación, obediencia a la ley, defensa de la libertad y seguridad que nuestra felicidad se logra por ese “orden imaginado”, que es el resultado de un relato en que la patria está llamada a crecer, fortalecerse e imponerse para asegurar nuestra existencia, la de nuestras familias, amigos y conocidos, dándonos la oportunidad de lograr nuestros objetivos. En Olanchito dije que la patria de uno es, además, el lugar en donde lo quieren.

Pero ocurre que ahora no hay relato de Honduras –Israel, por ejemplo, es “el pueblo elegido por Dios”; El Salvador “como el único varón de Centroamérica”; Estados Unidos como la “mayor potencia del mundo”; España, como la madre de nuestros ancestros, del español y la cultura, ¿y en Honduras qué tenemos?– que se repita en el aula, que, en los últimos años, en vez de espacio para la formación del carácter es un mecanismo destructor de la personalidad para facilitar la sumisión hacia patrias ajenas o para bajar la cabeza cuando nos rechazan, aunque nos ofrezcamos para servirles como peones.

Esta falta de relato hace que reduzcamos a Honduras a una bandera, al 15 de septiembre, los desfiles, las palillonas y la exhibición de las piernas de jóvenes que, por su belleza, encontrarán marido, riqueza, bienestar, sin hacer nada, solo con el cuerpo. O a los niños que llevan a carreteras para que los automovilistas los vean y les incomoden el tránsito, ya que la patria no es un sentimiento, sino que una exposición de lujos, sacrificios de los padres y abuso de los comerciantes, estimulado por las autoridades.

Esto es pérdida de valores. Sustitución de lo eterno y definitivo por lo falso, lo extranjero por lo nacional. Lo malo para Honduras, favoreciendo lo bueno para los otros. No entendemos que la patria puede morir y que ella solo existe cuando todos sus hijos y sus autoridades subordinadas trabajan intensamente, defienden la libertad, respetan la ley, construyen la democracia y crean riqueza para todos.

Honrando a Honduras, como nuestra única madre, sin ofenderla con comportamientos ilegales, con trabajo efectivo y respeto mutuo en las relaciones con los demás. Que la queremos, puesto que es la única que nos podemos llevar a los labios sabiendo que no nos rechazará, puesto que nos ama. No nos expulsa de su seno nunca, esta es la patria. Lo que se hace el 15 de septiembre no construye el relato, no obliga a defender el “orden imaginado” ni anima al mejor comportamiento de todos, es simple exhibicionismo.