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La patria grande

Nuevamente estamos a las puertas de un proceso eleccionario político. Contra todos los agoreros, fatalistas, escépticos e inconformes, el país continúa por la senda de la democracia. Muchos aducen que en nuestro país no aplica esta palabra, que lo nuestro no es democracia, y así ejercen un derecho que no existe en las democracias: disentir políticamente. Y quiérase o no vamos a un nuevo ejercicio electoral. Cada quien podrá hacer uso de su derecho de elegir, pero hay que decirlo.

Los candidatos deben tener la suficiente altura moral para aceptar una derrota por resultado. Da la impresión de que cada vez más los participantes en la contienda asumen que con solo participar van a salir elegidos.

Es indudable que en esta ocasión las denuncias de fraude entre partidos y a lo interno de cada partido serán abundantes. Nadie quiere perder. Y si no salen elegidos hay fraude en contra de ellos, eso es inmoral. Eso es atentar contra la democracia porque sí no se va a aceptar un resultado lo correcto es no participar. Desde ya hay instituciones políticas hablando de fraude; llevan varios meses señalándolo. Eso es jugar con ventaja.

Denunciar antes para justificarse después. Y lo peor es que ya se sabe quiénes juegan así. Ya se sabe quiénes vociferarán, se les conoce por sus métodos. Son caras conocidas, dizque populares. Juegan con el dolor y las necesidades de los desposeídos y de los ingenuos. Lo cierto es que independientemente del drama, de los dimes y diretes, de los carteles, de los extraditados, de lo mal que anda la Bicolor, de los cortes de energía, tendremos elecciones nuevamente.

Y a muchos esto les duele. Quisieran que no fuera así, que el país estuviera en revolución, que los populistas tuvieran el mandato. Y con ellos se obtendría que la energía eléctrica fuera gratis, que no hubiera impuestos, que no se pagaran peajes, pero sí que las carreteras fueran de primer nivel, que la educación fuera trilingüe y gratuita, que los policías militares volvieran a los batallones y existiera seguridad ciudadana, que no hubiera cárceles de máxima seguridad, ya que no habría delincuencia, que no habría maras ni extorsión porque se habría encontrado la fórmula mágica para llegar a un acuerdo con ellos, que todas las acciones del Gobierno en turno y sus representantes fueran completamente creídas y aceptadas sin juicio, que la canasta básica fuera si no regalada, casi parecido, y por último, y tal vez lo más importante, que todo ciudadano, de cualquier sexo, religión, afiliación política o estrato social tuviera acceso a tener su propio aparato celular y recargas gratis e ilimitadas. Eso es lo que vende el populismo. Sueños, mentiras e ignorancia.

Nuevamente habrá elecciones. Es el momento de callar las voces altisonantes, de guardar las antorchas, de dejar de lado la retórica y votar. De votar por quien crees que traerá progreso y bienestar. No se trata de votar en contra de lo establecido porque si es así hay que analizar cómo les está yendo a los países que han votado bajo esta forma de pensamiento. No se trata de capricho, se trata del país y de lo que es mejor para él. Se trata de votar a favor de ti mismo. Se trata de un momento único, precioso, inmortal, en el cual podrás ejercer tu libre derecho a escoger. Pocos momentos se dan en la vida tan auténticos para manifestar tu libertad, no la desperdicies. Si eres joven no te dejes llevar por el grupo, vota por lo que piensas. Si eres adulto deja de lado tu rencor porque no has alcanzado la vida que querías. Los Gobiernos no pueden darte una vida, la fabricas tú.

Y que Dios nos dé la sabiduría como país para salir adelante y que a nuestras descendencias les heredemos un buen lugar para vivir. Y así probablemente en el futuro se hablará de “un lugar donde el sol se levanta, más allá del atlante azulado”, donde sus habitantes superaron su condición humana y trabajaron por un solo propósito: nuestra patria grande.