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“Primero vinieron por …”

Por © The New York Times News Service

Ya no es suficiente etiquetar a Donald Trump como anormal, una designación que, de seguro, es aplicable, pero que se queda significativamente corta en registrar la magnitud de la amenaza.

Se debe abandonar la nomenclatura estándar de la política normal. Lo que estamos atestiguando es nada menos que un asalto contra de los fundamentos de Estados Unidos mismo: contra nuestro legado de instituciones y nuestro sentido del protocolo, la decencia y la honestidad.

En cualquier otra circunstancia, sería factible que diéramos por perdido esto como las protestas trilladas de un hombre atrapado en el temperamento de un infante, lleno de colapsos, pensamiento mágico y fantasías. Sin embargo, el poder sin igual del presidente estadounidense afianza al ansia de venganza de este hombre y a su deshonestidad, y como tal se ha graduado, en la escala del poder, de ser un infante a un tirano en ciernes.

Es posible que esta amenaza que representa Trump – para nuestras moral, ética, normas y sentido colectivo del decoro – no tenga igual en una fuente interna.

Todo lo que está haciendo es un asalto e importa a cierto nivel.

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Importa que haya profanado la reunión nacional de los niños exploradores. No solo convirtió su presentación ante los muchachos en un mitin político en el que abuchearon tanto al ex presidente Barack Obama, como a la ex secretaria de Estado, Hillary Clinton, sino que pareció estar apelando a los instintos más básico de los chicos.

Qué exactamente quiso decir Trump cuando entretuvo a los muchachos con la historia del desarrollador inmobiliario William Levitt, quien, como lo expresó Trump:

“Vendió su compañía en una tremenda cantidad de dinero. Y salió y compró un yate enorme y tuvo una vida muy interesante. No voy a ir más allá de eso porque ustedes son niños exploradores así es que no les voy a contar lo que hizo”.

Conforme los chicos empiezan a hacer ruido, Trump responde: “¿Debo contarles? ¿Debo contarles?”, y luego procede a decir:

“Ustedes son niños exploradores, pero conocen de la vida. Conocen la vida”.

¿Se trata de una versión de la “plática de vestuario de Trump”, esa frase que usó para excusar sus comentarios sobre agarrar genitales en la cinta “Access Hollywood”? Esto puede parecer poca cosa en el gran plan, pero importa. El hecho de que su vigencia pareció de solo unas horas antes de la siguiente atrocidad subraya el grado al que las violaciones que comete el hombre están bombardeando a la conciencia nacional.

Sin embargo, sí, también importa, tal como importa la obsesión de Trump por Obama y Clinton.

Asiismo, su troleo público sobre el fiscal general Jeff Sessions importa. El hecho de que esté enfurecido con él por haber dado el paso ético apropiado y haberse recusado de la investigación sobre Rusia, importa. El hecho de que, en esencia, Trump le haya dicho oficialmente a “The New York Times” que no habría escogido a Sessions de haber sabido que no se habría mantenido firme para protegerlo, importa.

Los continuos ataques de Trump contra los medios, importan.

Que empuje el insensible plan para revocar y remplazar al Obamacare – uno por el cual se les quitaría la cobertura del seguro médico a decenas de millones de estadounidenses, y uno sobre el cual Trump ha demostrado no tener ningún conocimiento político en particular –, importa.

Los tuits de Trump del miércoles pasado – por increíble que parezca, en el 69 aniversario de cuando el entonces presidente Harry Truman eliminó la segregación racial en las Fuerzas Armadas – de que “el gobierno de Estados Unidos no aceptará, ni permitirá que los transgénero sirvan en ninguna capacidad en le ejército de Estados Unidos, importa. Ya hay miles de personas transgénero que están sirviendo en el ejército. La idea de que un hombre que tiene cinco aplazamientos del reclutamiento dicte que no se debería permitir que las personas que se ofrecen como voluntarias para servir lo hagan es más que indignante, e importa.

Que Trump nos esté acercando a un conflicto militar internacional, importa.

Y, sí, la investigación sobre Rusia, que camina con mucha lentitud, y para Trump es agitación y amenaza, como una espina inamovible en la carne, importa.

Esto ha sido un gran impacto y ha sido desmoralizante para muchos estadounidenses, no necesariamente porque no hayan pensado que Trump fuera capaz de tal depravación, sino porque, simplemente, no estaban preparados para la realidad cotidiana de vivir una pesadilla.

Existe una expectativa persistente, en particular entre los estadounidenses liberales, de que el progreso en esta sociedad debería moverse, inexorablemente, hacia mayor apertura, honestidad e igualdad. Sin embargo, ni siquiera los registros históricos apoyan esa expectativa.

En realidad, por lo regular, Estados Unidos experimenta episodios de regresión, pero, afortunadamente, es en esos periodos regresivos que algunos de nuestros más grandes movimientos y más grandes voces encontraron su posición.

La atroz remoción del programa de los indígenas estadounidenses que hizo el entonces presidente Andrew Jackson nos dio las poderosas cartas memoriales cheroquis. El punto muerto en Standing Rock nos dio lo que la BBC llamó “la reunión más grande de estadounidenses nativos en más de 100 años”.

La represión contra los bares gays nos dio el levantamiento de Stonewall. La inepta respuesta de Estados Unidos a la epidemia del sida nos dio la Ley Up y Larry Kramer. La Propuesta 8 de California le infundió vida nueva a la lucha por la igualdad en el matrimonio y llevó a la victoria en la Corte Suprema.

El terrorismo racial que siguió a la Proclamación de la emancipación nos dio el movimiento en contra del linchamiento, a NAACP, W.E.B., Du Bois, Ida B. Wells y James Weldon Johnson.

Jim Crow nos dio el movimiento por los derechos civiles y al reverendo, doctor Martin Luther King, Jr., Rosa Parks, el representante John Lewis, Fannie Lou Hamer y James Baldwin.

La más reciente serie de asesinatos extrajudiciales de negros nos dio a Vidas Negras Importan.

La crisis financiera y la respuesta totalmente inadecuada del gobierno a ella nos dieron Ocupa Wall Street y el 99 por ciento.

Una renovado asalto contra los derechos de las mujeres, en particular el derecho a decidir, nos dio, al menos en parte, la Marcha de las Mujeres, probablemente la más grande en la historia estadounidense.

No es una lista exhaustiva, sino solo algunos ejemplos notables.

Es una forma de ilustrar que el ardiente crisol es donde se forjan las armas de la resistencia; es donde se prueba el temple de los cruzados por la justicia, la igualdad y el progreso.

A diferencia de los ejemplos enlistados más arriba, el asalto de Trump es intersectorial y casi universal. Está asaltando a múltiples poblaciones a la vez: las razas, la etnicidad, la religión, el género y la identidad sexual.

Así es que, en este momento de regresión, todos los blancos de la ira de Trump deben retroceder con un frente unido antes de que sea más tarde.

Como es famoso que lo expresó Martin Niemöller:

Primero vinieron por los socialistas y yo no dije nada porque yo no era socialista.

Luego vinieron por los sindicalistas y yo no dije nada porque yo no era sindicalista.

Luego, vinieron por los judíos y yo no dije nada porque yo no era judío.

Luego, vinieron por mí y no quedaba nadie que hablara por mí.