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Cuando al mundo lo lidera un niño

En ciertos momentos, Donald Trump ha parecido un autoritario en ciernes, un Nixon corrupto, un demagogo agitador y populista o un gran corporativista de negocios.

Sin embargo, a medida que Trump se ha acomodado en su papel en la Casa Blanca, ha concedido una serie de largas entrevistas y cuando se estudian las transcripciones, queda claro que, fundamentalmente, no es ninguna de esas cosas.

En la base, Trump es un infantilista. Son tres tareas las que la mayoría de los adultos maduros casi han solucionado para cuando tienen 25 años. Trump no ha dominado ninguna. La inmadurez se está convirtiendo en la nota dominante de su presidencia y la falta de autocontrol, en su “leitmotiv”.

Primero, la mayoría de los adultos han aprendido a estar quietos. Sin embargo, mentalmente, Trump sigue siendo un niño de siete años que anda saltando por todo el salón de clases. Las respuestas de Trump en estas entrevistas no son muy largas – 200 palabras cuando mucho -, pero es típico que revolotee entre cuatro o cinco temas antes de terminar en lo injusta que es la prensa con él.

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Su incapacidad para concentrar su atención le dificulta aprender y dominar los hechos. Está mal informado sobre sus propias políticas y abusa de sus propios puntos centrales. Hace que sea difícil que controle la boca. Bajo un impulso, prometerá una reforma fiscal cuando su personal ha hecho poco del trabajo real.

Segundo, la mayoría de las personas en edad de beber licor han adquirido cierto sentido preciso de sí mismas, cierto criterio interno para medir sus propios méritos y deméritos. Sin embargo, Trump parece necesitar la aprobación externa perpetua para estabilizar su sentido de ser, así es que está perpetuamente desesperado por tener la aprobación y narra historias fabulistas y heroicas sobre sí mismo.

“En un breve periodo de tiempo, entendí todo lo que había que saber sobre la atención de la salud”, le dijo a “Time”. “Muchas personas han dicho eso, algunas personas dijeron que había sido el único y mejor discurso que se haya dicho en esa cámara”, le dijo a Prensa Asociada, refiriéndose al que pronunció en la sesión conjunta.

Según la propia versión de Trump, él sabe más de tecnología de portaviones que la Marina. Según la entrevista con “The Economist”, él él inventó la frase “cebar la bomba” (aun cuando ya era famosa en 1933). Trump no solo está tratando de engañar a otros. Sus falsedades son intentos de construir un mundo en el que pueda sentirse bien por un instante y, tranquilamente, engañarse a sí mismo.

Por tanto, es el poseedor del récord mundial de todos los tiempos del efecto Dunning-Kruger, el fenómeno por el cual el incompetente es demasiado incompetente para entender su propia incompetencia. Trump pensó que lo celebrarían por despedir a James Comey. Pensó que la cobertura de la prensa sería positiva en exceso una vez que consiguiera la candidatura. Está perpetuamente sorprendido porque la realidad no se comporta de acuerdo con sus fantasías.

Tercero, para la edad adulta, la mayoría de las personas pueden percibir cómo otras están pensando. Por ejemplo, aprenden artes sutiles, como la falsa modestia, para que no se las perciba como repulsivas.

Sin embargo, pareciera que Trump todavía no desarrolla una teoría de la mente. Otras personas son cajas negras que proporcionan afirmación o desaprobación. Como resultado, es extrañamente transparente. Quiere que la gente lo quiera, así es que, en forma constante, les está diciendo a los entrevistadores que todos lo aman mucho. En la versión de Trump, cada reunión se programó para 15 minutos, pero sus invitados se quedaron dos horas porque les cae muy bien.

Lo que nos trae a los informes de que Trump traicionó a una fuente de inteligencia y filtró secretos a sus visitas rusas. Por todo lo que sabemos hasta ahora, Trump no lo hizo porque sea un agente ruso, ni debido a ninguna intención malévola. Lo hizo porque es descuidado, porque carece de todo control de impulsos y, por encima de todo, porque es un niño de nueve años, desesperado por tener la aprobación de aquéllos a los que admira.

La historia de la filtración rusa revela otra cosa: la peligrosidad de un hombre sin sombra.

Nuestras instituciones dependen de las personas que tienen grabados los suficientes rasgos de personalidad para desempeñar las tareas que tienen asignadas. Sin embargo, perpetuamente, hay menos en Trump de lo que parece. Cuando analizamos alguna aseveración del presidente tendemos a presumir que existe algún proceso sustantivo detrás de las palabras, que es parte de alguna intención estratégica.

Sin embargo, las declaraciones de Trump no necesariamente salen de alguna parte, llevan a algún lado o tienen una realidad permanente más allá de su deseo de caer bien en cualquier instante dado.

Tenemos esta situación perversa en la que los vastos poderes analíticos de todo el mundo se están gastando en tratar de entender a un tipo cuyos pensamientos, a menudo, son solo seis luciérnagas sonando aleatoriamente en un frasco.

“Queremos entender a Trump a toda costa”, escribe David Roberts en “Vox”. “Podría darnos algún sentido de control o, por lo menos, una capacidad para pronosticar lo que hará a continuación. ¿Pero qué tal si no hay nada que entender? ¿Qué tal si no hay un hay?”.

Y de ese vacío sale una falta de cuidado debido a la cual es bastante posible que haya traicionado a una fuente de inteligencia y puesto en peligro a un país.