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Se apareció a una que había sido prostituta

María Magdalena gozaba de la fama de las mujeres bonitas e inteligentes, pero dedicadas al mal. Era vista como una mala mujer, que vendía su cuerpo a gente muy adinerada, comerciantes, hacendados, o gente de poder político o religioso. Era encantadora en el trato, astuta para sacar información de gente importante en los momentos de intimidad y venderla a otros. Su mirada seducía y el atractivo físico enloquecía a varones de cualquier condición social. Acompañada de doncellas recorre pueblos y hasta Jerusalén en ocasiones, exhibiendo sus ropas finas y joyas. Pero su corazón está vacío, anhelando trascendencias misteriosas que no lograba ella definir. El Evangelio llega a decir que tuvo siete demonios, que fueron expulsados por Jesús. Por lo que podríamos afirmar que estuvo bajo posesión diabólica.

Esta observación es muy delicada y supone unas ataduras en extremo poderosas. La posesión implica que el ente espiritual maligno inteligente que domina a la persona es una legión comandada por Belcebú, por lo que María Magdalena obedecía a una tiranía espiritual que la llevaba a realizar actos en verdad malignos, vergonzosos y destructivos. Pero aún así en su alma existía al anhelo, la nostalgia, el deseo profundo de encontrarse con alguien o con algo que la tocara muy hondo, la iluminara y la saciara de eternidad. Por eso en una ocasión escucha que viene el Maestro al pueblo donde se encontraba, que llegaba en la tarde y que de seguro hablaría a la gente. Y así fue. Llegó Jesús con sus discípulos y gente que lo seguía de otras comunidades y los habitantes del pueblo fueron y se sentaron a escucharlo. Ella se mezcló entre ellos. Y escuchó la parábola del Hijo Pródigo y su corazón se fue llenando de esperanza y de paz. Pero por dentro escuchaba el rugido, otra voz infernal que la instaba a dejar el lugar y que blasfemara rabiosamente. Qué lucha la de María Magdalena, quedarse y seguir escuchando, o largarse lanzando improperios al Maestro. Jesús se da cuenta de eso y la mira con misericordia, le taladra el corazón con palabras dirigidas a ella. ”Mujer, hay salvación para ti. Dios Padre te ama. Yo te digo, si quieres echaré de ti todos esos demonios. Para mí nada es imposible”. María Magdalena va hacia él y se postra en el suelo. “Quiero, quiero. Saca de mí esos demonios que tanto me atormentan. No puedo vivir con esta carga maligna que me oprime el alma. Quiero liberarme de eso”. Jesús lanza un potente grito que hace retumbar la tierra impactando a la multitud que queda en total silencio, atónita, viendo cómo esta mujer se retuerce en el suelo. Y es que Jesús le estaba diciendo al demonio: “¡Sal de esta mujer, te lo ordeno, sal! ¡Déjala en paz, no la atormentes más!” Ella, María Magdalena, se sigue revolcando en el suelo gritando, llorando, gimiendo. Hasta que serenándose comenzó a rezar, a pedir perdón por sus pecados, a renunciar a sus maldades. Y es cuando Jesús le dice: “Yo te perdono de todos tus pecados. Quedas liberada de toda maldad. Ya nadie te ataca, te domina, te destruye. Los demonios se fueron. Mujer vete en paz y no peques más”.

Ella se levanta y se sacude el polvo de sus vestidos y se va cabizbaja a su casa. Al día siguiente después de los baños de rigor le dice a sus siervas que recojan toda la ropa fina de ella y sus alhajas y que comiencen a venderlas. Le pide a una de sus doncellas que le regale una de sus túnicas y manto, de humilde costura, dándole en cambio una joya como pago. Se suelta el cabello, desprendiéndose de sus peinetas y tendereques de oro y plata que cuelgan de su cabeza y manda que al vender todo, repartan el dinero entre los pobres. Y emprendió el camino en búsqueda de Cristo, el Nazareno, al que siguió como discípula y siguió hasta el final de la vida de él y por siempre. Pero muere el Maestro y su corazón también fallece, y solo piensa en embalsamar el cuerpo y retirarse al desierto a una comunidad de penitentes esenios. Y estando en la tumba vacía ve a alguien a quien confunde con el hortelano y le pide el cuerpo del Maestro. Y él le dice: “María”, y su corazón vuelve a latir, su alma a brillar y su sonrisa a brotar como pétalos de jazmines y le abraza los pies. María volvió a vivir y se convierte en la primera que anuncia que Jesús ha resucitado, que vive para siempre, que con Él resucitaremos y seremos invencibles.