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¿Se puede salvar a esta presidencia?

El punto máximo de la presidencia de Donald Trump, hasta ahora y quizá para siempre, se dio antes de que se convirtiera en el presidente. Fue el acuerdo al que llegó con Carrier, la compañía de aire acondicionado en Indiana, para mantener abierta una fábrica y conservar los empleos en Estados Unidos. Ningún momento fue tan triunfantemente trumpiano; nada le ha ido tan bien a Trump desde entonces.

¿Fue el acuerdo con Carrier una política económica sólida, un uso serio y reservado de los poderes de la presidencia? No precisamente. Sin embargo, presentó a Trump como alguien que cumplía por completo su promesa más básica de la campaña electoral: el compromiso, hecho en los mítines de todos los confines paralizados de Estados Unidos, que se concentraría en los empleos bien remunerados para las personas a las que parecía que habían olvidado ambos partidos.

Era el mensaje que lo ayudó a ganar el Medio Oeste y con él, al Colegio Electoral. Era el mensaje sobre el cual Steve Bannon se pasó alardeando toda la transición, y que llevaría al realineamiento que impactaría a los ideólogos conservadores, tanto como a los liberales. Y es un mensaje que, básicamente, desapareció – y con él, el breve repunte en la popularidad del presidente – durante las primeras semanas en el cargo, en las que ha dado tumbos, traspiés y peleas políticas.

Como resultado, en este momento, su presidencia está en peligro de que se carterice rápidamente y que termine siendo tan impopular, infructuosa y díscola que, aun cuando su propio partido controle al Congreso, no pueda lograr que se haga nada sustancial. La guerra con los liberales y los medios puede hacer que su base sea leal y que se hundan hasta el fondo sus índices de aprobación. Sin embargo, no hace nada para impulsar ningún tipo de plataforma política, ni para presionar al Congreso para que apruebe alguna. Y entre más siga la Casa Blanca de Trump empantanada en sus melodramas, más plausible será que suceda que la Cámara de Representantes y el Senado establezcan una marca por evitar los riesgos y por la inactividad legislativa.

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Obviamente, la ausencia de una agenda empieza con un presidente que tuitea compulsivamente. Sin embargo, el papel de Bannon en estas primeras semanas caóticas también destila el problema de la Casa Blanca.

El ex empresario de Breitbart tiene una comprensión más clara de la promesa política del trumpismo – el poder del populismo sesgado a la derecha para hablarles a los electores cautelosos del liberalismo cultural y de la economía libertaria - que la del republicano promedio. Sin embargo, en lugar de iniciar una plataforma nacional, orientada en torno a este conocimiento, en lugar de demandarle (o asegurarse de que demande su jefe) al Congreso anteayer una iniciativa de ley sobre infraestructura y una reducción tributaria a la clase trabajadora, pareciera que Bannon pretende consolidar el poder sobre la política de seguridad nacional, una arena en la que sus ideas están a medio cocer y es evidente su falta de pericia.

En efecto, Bannon está tratando de ser tanto Dick Cheney como Karl Rove; el Darth Vader del contraterrorismo y el organizador de la realineación interna, excepto porque tiene menos experiencia, sutileza y apoyo político que cualquiera de ellos dos.

Esto no va a funcionar. (Al final, tampoco les funcionó tan bien a Cheney y a Rove.) Los liberales pueden asustarse solos en cuanto al supuesto plan de Bannon para un golpe de Estado en cámara lenta y los trumpistas pueden decirse que la “alteración” es tan solo lo que necesita la anquilosada elite. Sin embargo, una Casa Blanca que se maneja de esta forma será políticamente impotente mucho antes de que llegue a su primera mitad del mandato.

¿Es posible un escenario diferente?

Claro, porque el presidente todavía tiene libre albedrío. (Después podemos hablar de la depravación total, calvinistas.) En su favor, ha reunido a un gabinete razonablemente competente. El hizo campaña, de nuevo, algo en su favor, con una plataforma política razonablemente popular. No enfrenta ninguna crisis de política exterior, ni económica inmediata, ninguna amenaza que requiera que actúe extensa y contundentemente.

Así es que no hay ninguna razón necesaria por la que no pudiera despertarse mañana y decidir mostrar una amplia deferencia hacia Rex Trillerson y James Mattis sobre la política exterior, mientras que permite que Jeff Sessions y James Kelly debatan entre ellos una agenda para la imponer la inmigración. Ya habrá tiempo para remodelar el orden mundial, si, algún día, sus índices de aprobación llegan a estar otra vez en más de 45 por ciento; por ahora, podría guardar los planes para los trastornos de las grandes ligas y momentos de genialidad, como los de Nixon con China, y, simplemente, abordar las crisis conforme vayan llegando.

Lo que, a su vez, lo liberaría - y sí, a Steve Bannon también – para escoger unos cuantos temas de políticas públicas y machacarlos. Ni tampoco las más duras: dejar que Paul Ryan y Mitch McConnel descifren cómo conseguir un remplazo para el Obamacare por medio del Congreso y decirle a Tom Price que apoye al sistema, si ellos no pueden. Desde la Casa Blanca, el mensaje debería ser simple, aburrido, popular.

Queremos una gran iniciativa de ley sobre infraestructura. Una reducción tributaria a la clase media. La reforma fiscal corporativa.

No una guerra con el poder judicial. Recortes fiscales. No a la perfidia de CNN o de Nordstrom. Empleos. No las teorías de Bannon sobre el islam o la crisis en Occidente. (¡Y ustedes saben que a mí me gustan las teorías sobre la crisis de Occidente!) Puentes y caminos y túneles.

No es algo complicado. De hecho, es algo fácil.

Lo que es un buen consejo para cualquiera durante una crisis, incluidos los presidentes nuevos. Si no se puede resolver como manejar las cosas más duras, hay que tratar algo simple durante algún tiempo.