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Aroma de café en Kabul

El mayor reto para Najibulá es vender café en una cultura consumista de té.

Najibullah Sharyari teme por su vida, ya que podría ser alcanzado por un atentado en la calle.
Najibullah Sharyari teme por su vida, ya que podría ser alcanzado por un atentado en la calle. / AFP

Kabul.

Najibulá Sharyari instala su carro metálico en medio del caos de Kabul, entre vendedores ambulantes y barreras de seguridad, para los afganos que se pasan al café en un país donde el té es sacrosanto.

No se forman largas filas de espera como en otros países, pero cada vez son más los que le compran café por 28 céntimos de dólar, un precio razonable para sus clientes.

La iniciativa de Sharyari, de 30 años, llama la atención en una ciudad donde las cafeterías tradicionales se parapetan detrás de altos muros, de puertas blindadas y de guardias armados.

Para recrear, dentro de los límites, el ambiente neoyorquino Sharyari sirve café en vasos de cartón Starbucks falsos. "Es el mejor remedio" contra la ansiedad, les dice a los clientes mientras vierte Nescafé en polvo en las cafeteras.

A los ignorantes que le piden té, Sharyari les contesta "que se lo pueden hacer en casa". En su opinión "el café es mejor", incluso el instantáneo.

El té, heredado de los comerciantes de la famosa ruta de la seda, está muy arraigado en Afganistán, donde se dice que no se puede ir a la guerra sin haber tomado una taza de esta bebida.

El té, de preferencia verde, es símbolo de hospitalidad en Afganistán. Todo anfitrión que se precie lo sirve aromatizado con una pizca de cardamomo. Además se bebe en todas las comidas.

- 'Rendir más' -

El estudiante universitario Sayed Millad Hashimi es uno de los clientes regulares de Sharyari. Cada mañana, o casi, le compra un café con leche.

"Cada vez que voy a la universidad, tomo esta calle para beber un café caminando", cuenta a la AFP mientras paga. "Es bueno y me permite rendir más. Creo que estudio mejor".

Najibulá Sharyari lanzó su negocio hace cuatro años en Mazar i Sharif, una ciudad próspera, relativamente abierta y segura del norte de Afganistán, invirtiendo 50.000 afganis (unos 725 dólares) en dos máquinas compradas en el vecino Uzbekistán con la intención de importar una cultura del café inexistente hasta entonces en Afganistán.

Con el tiempo extendió el negocio ambulante a Kabul, donde cuenta con ocho puntos de venta y sirve a unos 1.500 clientes diarios.

"Explicamos a los nuevos que la mitad de la gente del mundo bebe café cada día, intentamos convencerles de que lo hagan", afirma.

- Pausa del almuerzo -

Al contrario de Nueva York, donde se forman filas para comprar un café de camino al trabajo, en Kabul sus clientes lo suelen degustar a la hora de la pausa del almuerzo, cuando salen de la oficina para comprar algo de comer, y a últimas horas de la tarde, cuando regresan a casa.

A esa hora, cuando la demanda es alta, Sharyari teme sobre todo ser víctima de uno de los atentados cometidos coincidiendo con el cierre de las oficinas.

El 27 de enero, una ambulancia bomba estalló a media jornada y causó más de 100 muertos y 230 heridos en el centro de la ciudad, a unos cientos de metros de su carro. "Me impresionó mucho" pero "al día siguiente la gente volvía a estar en las calles y el negoció volvió a la normalidad".