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Hondureño deportado: "No he vuelto a ver a mis hijos"

El hondureño Lázaro Villalobos vive un drama, al igual que cientos de centroamericanos con las medidas que implementadas por Trump.

Decenas de hondureños llegan deportados de EEUU dejando a sus familias en ese país.
Decenas de hondureños llegan deportados de EEUU dejando a sus familias en ese país.

Washigton, EEUU.

Las políticas migratorias de Donald Trump dividen a las familias en Centroamérica y decenas de hondureños están sufriendo por esas medidas.

El hondureño Lázaro Villalobos fue deportado de Estados Unidos y con el dolor en su alma tuvo que dejar a sus dos hijos y a su esposa mexicana. Ahora se enfrenta a la vida con una mototaxi en Aramecina, su pueblo natal, 100 kilómetrops al sur de Tegucigalpa, capital de Honduras.

"No he vuelto a ver a mis hijos (de 14 y 16 años) desde junio de 2016 cuando me deportaron", se lamenta Lázaro, de 37 años, mientras conduce su mototaxi roja por una polvorienta calle de Aramecina.

Detrás quedaron 19 años de vida en Carolina del Norte, donde había comprado su casa y un taller de mecánica que su esposa Andrea tuvo que vender para mandarle el dinero y tratar de rehacer su vida en Honduras.

La serevirad de Trump

Historias como estas se cuenta por los países hermanos. La intranquilidad de la salvadoreña Milagro creció el 8 de enero cuando la administración del presidente Donald Trump anunció el fin de un estatuto de protección temporal (TPS) para unos 200.000 salvadoreños, que estarán en riesgo de deportación si no regularizan su situación antes del 9 de septiembre de 2019.

Esta mujer de 60 años, 1,70m de estatura y piel trigueña trabaja como doméstica, pero mes a mes necesita la remesa que envía su hijo Carlos para poder mantener a su madre de 86 años y a una hermana con discapacidad.

"Que por lo menos que me le den un permiso para estar otro tiempo más, porque 18 meses se pasan rápido", exclama.

Carlos, de 34 años, emigró a Estados Unidos en un arriesgado viaje con "coyote" en noviembre de 2000, y luego fue uno de los beneficiados por el TPS otorgado por el presidente George W. Bush tras los terremotos que devastaron El Salvador unos meses después, permitiendo a miles de salvadoreños residir y trabajar en suelo estadounidense.

"Sin la ayuda (de Carlos), yo no puedo pasar aquí, porque solo lo que yo gano no me alcanza", resume Milagro, que crió sola a sus dos hijos.

En San Isidro, los pobladores dedicados a la agricultura de subsistencia advierten que el país no está preparado para recibir una eventual deportación masiva.

"A los que vengan porque se les acabó el TPS van a sentir duro, porque directamente aquí no hay una fuente de empleo, y porque van a pasar de ganar 12 ó 15 dólares por hora (en Estados Unidos) a cinco dólares en un día de trabajo en la agricultura", advierte en la puerta de una pequeña tienda, Daysi Moreno, quien tiene tres hermanos en Estados Unidos.

Más de 60% de la población de San Isidro emigró a Estados Unidos huyendo de la pobreza, y cerca de 90% de los habitantes recibe dinero de sus familiares -muy por encima del 21% a nivel nacional, según Ernesto Romero, un economista de 55 años que atiende un minibanco encargado de entregar remesas.

El impacto se siente en el pueblo, donde el concreto sustituyó al adobe en las casas, y las antenas parabólicas se asoman por los techos.

En 2017, El Salvador recibió 5.021,3 millones de dólares por concepto de remesas familiares desde el extranjero, un crecimiento de 9,7% desde al año precedente, y un monto récord que equivale al 15,8% del Producto Interno Bruto, según cifras oficiales.

Esta mujer de 60 años, 1,70m de estatura y piel trigueña trabaja como doméstica, pero mes a mes necesita la remesa que envía su hijo Carlos para poder mantener a su madre de 86 años y a una hermana con discapacidad.

"Que por lo menos que me le den un permiso para estar otro tiempo más, porque 18 meses se pasan rápido", exclama.

Carlos, de 34 años, emigró a Estados Unidos en un arriesgado viaje con "coyote" en noviembre de 2000, y luego fue uno de los beneficiados por el TPS otorgado por el presidente George W. Bush tras los terremotos que devastaron El Salvador unos meses después, permitiendo a miles de salvadoreños residir y trabajar en suelo estadounidense.

"Sin la ayuda (de Carlos), yo no puedo pasar aquí, porque solo lo que yo gano no me alcanza", resume Milagro, que crió sola a sus dos hijos.

En San Isidro, los pobladores dedicados a la agricultura de subsistencia advierten que el país no está preparado para recibir una eventual deportación masiva.

"A los que vengan porque se les acabó el TPS van a sentir duro, porque directamente aquí no hay una fuente de empleo, y porque van a pasar de ganar 12 ó 15 dólares por hora (en Estados Unidos) a cinco dólares en un día de trabajo en la agricultura", advierte en la puerta de una pequeña tienda, Daysi Moreno, quien tiene tres hermanos en Estados Unidos.

Más de 60% de la población de San Isidro emigró a Estados Unidos huyendo de la pobreza, y cerca de 90% de los habitantes recibe dinero de sus familiares -muy por encima del 21% a nivel nacional, según Ernesto Romero, un economista de 55 años que atiende un minibanco encargado de entregar remesas.

El impacto se siente en el pueblo, donde el concreto sustituyó al adobe en las casas, y las antenas parabólicas se asoman por los techos.

En 2017, El Salvador recibió 5.021,3 millones de dólares por concepto de remesas familiares desde el extranjero, un crecimiento de 9,7% desde al año precedente, y un monto récord que equivale al 15,8% del Producto Interno Bruto, según cifras oficiales. AFP