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Manuel Rodríguez, uno de los más grandes pintores

Conversa de su trayectoria en la plástica.

“Uno debe respetar y saber donde tiene los pies. No debe sentirse agrandado solo por andar o codearse con gente importante. Hay que respetar. Uno debe aprender de la gente culta y no opinar de lo que no sabe”.
“Uno debe respetar y saber donde tiene los pies. No debe sentirse agrandado solo por andar o codearse con gente importante. Hay que respetar. Uno debe aprender de la gente culta y no opinar de lo que no sabe”.

Tegucigalpa, Honduras

Primero primitivista, luego amante de los paisajes de mercados, naturaleza y vida. Fiel al arte religioso hasta que descubrió su propio raudal artístico: los Panchos pintados en sepia.

Así es el maestro Manuel Rodríguez Velásquez, uno de los grandes del pincel en Honduras y que no todos los días se tiene el privilegio de conocer, compartir y fotografiar.

No tuvo estudios especializados de pintura en sus inicios. El arte había nacido con él desde su advenimiento en el pequeño pueblo de San Juan de Flores, Cantarranas; Francisco Morazán.

Intelectual, educado, sin poses y accesible, así es esta eminencia de la pictórica hondureña, cuyo arte es codiciado por aquellos que sí saben de obra y no de pintura.

Vivir en Rosa compartió con él y habló de tanto, desde sus inicios y éxitos hasta su nueva vida en Miami, su carrera y prestigio internacional, y aunque tenga tanto que contar, jamás lo hace por presumir. Las pretensiones no están en su vocabulario de vida.

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La figura humana es recurrente en todas las colecciones de Manuel Rodríguez Velásquez.

Nació hace 72 años y su madre lo obligó a que estudiase magisterio. “A mi no me gustaba porque miraba a los profesores del pueblo que andaban borrachos, pero mi mamá decía que era una profesión noble”. Solo trabajó cuatro meses como profesor y estuvo seis meses como colaborador de educación primaria.

Su amor por la pintura lo hizo revelarse y decir ¡no más! y gracias a que en la Escuela Normal de Varones de Tegucigalpa inició pintando primitivismo al estilo Antonio Velásquez, desembocó sus energías en el pincel y los lienzos.

Su incursión en la vitrina pictórica de la Tegucigalpa intelectual y cultural “fue una coincidencia. Cuando estaba el Instituto Hondureño de Cultura Hispánica en barrio La Isla, había una exposición y yo mandé un cuadro con la pintura de la iglesia de Cantarranas, de la calle principal y salía el templo central al estilo primitivista. Mi sorpresa es que encuentro mi cuadro en medio de una obra de don Antonio Velásquez y uno de Tulio Velásquez, hijo de don Antonio. Luego conocí a don Antonio y nos hicimos amigos. Ya conociéndole, lo estudié y es cuando cambio la forma de ver la pintura, ya no al estilo primitivista, sino como paisaje y usando espátula y poniendo sonrisa a mi pincel”, recuerda.

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Prevalecen los Panchos, de aquel inolvidable indigente Filadelfo, a quien se le conocía como “Pata de yuca”.

Su talento

Manuel Rodríguez usaba puro pincel en sus inicios y gracias a su relación con Velásquez, el padre del primitivismo en América Latina, ya estaba combinando técnicas allá por los años sesenta y en esa época se firmaba Velásquez porque es su segundo apellido.

Será un eterno autodidacta. Los trabajos manuales que le asignaban en la escuela, jamás los hizo. Creaba cuadros tipo collage. “Llegaban las ternas a evaluar y se quedaban con ellos. No tengo nada de eso. Con el tiempo vino la amistad con Carlos Garay y Mario Castillo y como estudiaba en la Normal de Varones siempre me gustaba la escuela de Bellas Artes. Yo iba a observar lo que hacían y uno de los primeros cuadros figurativos que hice fue el de un personaje famosísimo que le decían “Pata de yuca”. Lo pinté. Hice un cuadro y un maestro que me daba Biología me lo compró y se lo regaló a uno de los catedráticos que tuvo en Alemania. Ahí fue el inicio con mi primer cuadro de una persona que era un mendigo que le decían en la capital “Pata de yuca”.

El indigente tenía una imagen similar a la de los Panchos, la patente en las obras de Rodríguez. Siempre estaba entre el desaparecido edificio Rivera y Compañía y el castillo Belucci en Tegucigalpa.

“Yo vivía con mi primo Herman Allan Padget en barrio La Leona y a la par estaba la entrada de ese castillo. Ahí miraba a ese Pancho y fui estudiándolo. Cuando regreso de mis estudios de Museo de Arte de Boston lo encontré en Rivera y compañía y me puse a platicar con él y me dijo que su nombre era Filadelfo, pero que le gustaba que le dijeran Pancho. Me permitió que le hiciera un dibujo” y aunque el maestro insistió en pagar. “Pata de yuca” no aceptó.

Desde ese momento Manuel Rodríguez comenzó a hacer cuadros figurativos de Panchos. También de los mercados de Comayagüela, de paisajes, personajes y cuadros religiosos y referente a Cristo.

Cuando viajó a Israel volvió a recuperar su inclinación por el arte religioso y muchos de esos cuadros están en colecciones privadas en San Pedro Sula. “Inicié en una época difícil con la pintura entre los años 64 al 69”, recuerda. También le encantaba perpetuar los puentes con techo que en la década de los años 60 existían en Cantarranas, ese pueblo que nunca olvida y le trae nostalgia.

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El pintor Manuel Rodríguez fue fotografiado en Villa Cecilia por el lente del artista fotográfico Raúl Josué Folgar, quien retrató cada detalle.

Su apoyo

Su primera exposición individual fue en San Pedro Sula en el Cine Tropicana “y estaba Rolando Suazo “El Tatareto”, que era el presidente y dueño del cine. Eso fue a través de un contacto que me hizo Carlos Garay con Margarita Durón de Fisherman, cronista estrella de sociales de LA PRENSA en esa época. Ella me la organizó en 1968. En una semana me vendió 15 cuadros y me pidió que mandara más y me montó la exposición”, cuenta.

Expuso dos veces en el Tropicana. “En una de esas llegó un señor vestido sencillamente y me dice: “mi esposa quiere ver sus cuadros” ¿cómo quiere que le pague?, ¿en efectivo o en cheque?. Ese señor era don Napoleón Larach.

El cuadro más caro de la época era de 150 lempiras. Le había aumentado más a su trabajo. Eran esos tiempos donde el dólar estaba al dos por uno. “Exponía cerca de 50 cuadros porque era una máquina para trabajar”, explica.

Otro de los grandes mecenas en la vida de Manuel Rodríguez fue el recordado banquero Paul Vinelli. Sus cuadros los empezaba a vender entre los 15, 35, 75 y 150 lempiras, dependiendo del tamaño, y “eran caros para el que los compraba y era cuando el Lempira tenía valor. Ahora esos cuadros valdrían más de 15 mil dólares”, comenta.

“Don Paul fue quien me ayudó a que yo no anduviera vendiendo mis cuadros en la calle.

Por eso Banco Atlántida tiene una gran colección de obras mías, desde paisajes primitivistas hasta de los de Boston, mercados y Panchos. Hasta sacaron sellos postales que están en la web del banco. Fue para mí un gran honor que los estamparan. Varia gente me dijo que los demandara, pero yo jamás lo hice porque para mí es un privilegio que den a conocer mi trabajo. Hice una exposición gracias al doctor Vinelli”, explica.

Otros grandes amigos y apoyos en la carrera de Rodríguez Velásquez han sido Tony Sansur, Bonnie García, Margarita Durón de Fisherman, Jorge Faraj, los señores Coello y muchas personas más.

“Yo en esa época además pintaba mucho Río de Piedras, el Lago de Yojoa, la laguna de Ticamaya y viajaba con Joel Castillo y Carlos Garay por los pueblos. También pintaba el mar”, explica.

Rodríguez Velásquez soñaba en esos tiempos con ser arquitecto “y no me fui a México porque era carísimo”. Gracias a su arraigo a la pintura que comenzó con el óleo, el carboncillo y el pastel, fue experimentando para lograr su consolidación artística. También creó obras con la técnica de lámina de oro. Esos experimentos le ayudaron a evolucionar.

“Ahora uso el mismo óleo aunque a veces pinto con acrílico. Yo uso de todo pero mi estilo siempre lo mantengo. Uso mucho el color sepia que es mezcla de café con verde o un naranja con violeta. El acrílico lo uso para manchar el cuadro. Lo siento muy vacío solo blanco. Además soy muy observador de lo que veo a mi alrededor. En el museo de Londres hay algunos cuadros míos de una niña en el mercado y mi hijo que está con unas flores. A mi hijo mayor también lo utilizo en mis pinturas. El mural también es mi fuerte. Me gustan los cuadros grandes”.

Su nuevo inicio

Este pintor, a pesar de tanto éxito, jamás se ha estancado y gracias a una insatisfacción artística emigró de Honduras hacia Miami, Estados Unidos; donde se estableció desde 1982 y se ha hecho más prestigioso.

“Vine a una exposición acá a San Pedro y la exposición se vendió toda pero no estaba conforme. No me gustaban los cuadros. No eran los cuadros que yo sentía. Los pinté por temas pero no era lo que yo sentía. Me traje un cuadro de un Pancho en el castillo Belucci con la vista de Tegucigalpa. Todo mundo quería el cuadro y don Antonio Coello decía “ este cuadro no se vende”. En ese tiempo valía 1,500 dólares. Yo me cuestioné: “me compraron los cuadros por ser Rodríguez o me compraron los cuadros por ser los cuadros. Eso me decepcionó y me fui. Me sentí que no iba a seguir progresando mi obra. Y decidí irme para mejorarme. Fue en el año 1982”, recuerda.

Su hijo Christopher le ha seguido sus pasos y se perfila como un digno sucesor de su talento. “La pintura no me ha hecho rico, pero no me muero de hambre. Me ha dado la satisfacción de la libertad y viajar por el mundo y de estar con personalidades que no hubiera podido estar. He estado en muchos países. Una de mis grandes exposiciones fue en Israel porque fue mi renacer a la fe cristiana que yo tenía”.

Con una impecable carrera, el pintor Manuel Rodríguez Velásquez se ha ganado un sitial en la galería de oro de la plástica nacional e internacional, ya que su legado ha sido exhibido en museos, galerías y eventos en Jerusalén, España, Francia, República Dominicana , México, Estados Unidos y, por supuesto, Honduras.

Además ha sido reconocido con sus trabajos plasmados en diversos libros y premios internacionales en París, Miami, San Pedro Sula, Monterrey e Israel, todo con el inclaudicable amor por la pintura y a sus amados Panchos con tono sepia.