Vivir Cultura
1 de Agosto de 2012

El Banksy hondureño asalta Tegucigalpa con obras de arte

11:14AM   - Redacción:  redaccion@laprensa.hn

Un hombre encapuchado y enmascarado baja de su auto para cometer un asalto mientras un cómplice hace de vigía.

Banksy hondureño, el artista callejero británico cura identidad es objeto de conjeturas. Sólo sus íntimos saben quién es.

Fabrica su propia cola, hirviendo harina en casa y mezclándola con agua,"es el mejor adhesivo y el más barato", y dibuja su nuevo proyecto sobre reproducciones de obras clásicas cuya impresión le cuesta apenas 80 lempiras (unos 4 dólares) por unidad, para luego pasarse las tardes de domingo repartiendo color e ideas por la ciudad. Su cómplice, el documentalista Júnior Álvarez, vigila mientras Maeztro trabaja y fotografía la obra final.

Escogió las obras maestras porque piensa que "existe un paralelismo entre la transgresión tan brutal de una obra tan bella que supone la introducción de un arma y la transgresión de la violencia y las armas sobre Tegucigalpa". Argumenta que sin armas, "también esta podría ser una ciudad bella".

El crítico Bayardo Blandino, curador del museo Mujeres en las Artes, dijo que el estilo Banksy es una novedad en Honduras y que el Maeztro Urbano lleva al límite la libertad de expresión en el país.

"Si continúa con perseverancia y sistematicidad", dijo, "llegará a conseguir un público fiel y un efecto, especialmente por la viralidad de su difusión a través de las redes sociales".

Pese a la iniciativa que muestra, el Maeztro Urbano no quiere que juzguen su obra con ingenuidad. Es consciente de que no aporta soluciones. Reconoce que con su arte no puede "disminuir el número de armas, ni conseguir que la educación mejore", pero sí que es posible "provocar una reflexión sobre esos problemas" como "primer paso para que los ciudadanos adquieran conciencia crítica de su contexto. Todo en el arte callejero es contexto".

En la intervención que convierte los postes de electricidad en bañas de ametralladora, "mi proyecto es esperar a que el púbico se acostumbre y apropia de esas balas para reintervenirlas y dibujar dentro de unas semanas, manos que las detengan" explica.

Para la plaza que agrupa varios de los hoteles más elegantes de Tegucigalpa, ha elegido sustituir la manzana que cubre la cara del "Hijo del hombre" de René Magritte, por una granada. Tres jóvenes que se esconden tras unos árboles para fumar marihuana protegidos por la seguridad del entorno no dudan al opinar sobre el cartel. "Los responsables de la violencia en Honduras están escondidos, no conocemos sus caras, pero son poderosos, llevan saco y corbata" dice uno de ellos, Gerson Ortiz, de 21 años y estudiante del instituto metropolitano.

El "Maeztro" se niega a clasificar su obra. "El arte en la calle no es una cuestión de categorías ni fronteras sino de la fuerza de las ideas que provoca" y acepta que "si la muerte en Honduras, forma parte de la cotidianeidad" su labor puede estar en "romper esa cotidianeidad macabra a través de los cambios de sentido". Sueña con "generar una gran bola de nieve que en su descenso le genere inquietud a la monotonía".

Pero pintar en las calles no ha sido fácil durante mucho tiempo en un país que vivió una crisis política menos de tres años ni, por supuesto, está exento de riesgos. "Hubo una época en la que la policía estaba realmente detrás de quienes trabajamos en la calle", recuerda el Maeztro Urbano. Ahora, ese riesgo ha disminuido, pero no ha desaparecido. A fin de cuentas, lo que hace es ilegal.

"Hay lugares donde me gustaría intervenir y no puedo". Se refiere a los centros de poder, la casa presidencial o las estaciones de policía. "En este país no se andan con tonterías, aquí mientras mantengas tus ideas en privado no pasa nada" sostiene, pero desde el momento en que se ejerce una función pública desde la crítica, más aún si se convierte en viral, compras un número de lotería para que te suceda cualquier cosa".

La violencia que denuncia también le ha rozado a él. "Al principio tenía zozobra cuando salía a la calle" pero ahora "me he acostumbrado a la adrenalina". Recuerda cómo una noche escuchó "el motor de un carro que reducía velocidad. Miré hacia atrás con el tiempo justo para ver cómo se bajaba la ventanilla y asomaba una pistola. Me dispararon tres veces sin mediar palabra. No me dieron. Tuve mucha suerte".

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