Vivir Cultura
27 de Noviembre de 2011

Cuentos y leyendas: El retrato de doña Adela

09:54AM   - Redacción:  redaccion@laprensa.hn

En la comunidad de Las ánimas, en el departamento de El Paraíso, sucedió un extraño caso que nos fue narrado por un familiar de la protagonista de la historia.

Se llamaba Adela y era una señora con cara de muy pocos amigos a quien no le gustaba hablar mucho con la gente. Desde que era soltera había decidido vivir lejos de su familia, así que le exigió a su esposo que construyera su casa en las afueras del pueblo. él lo hizo para que su mujer estuviera tranquila. Tuvieron ocho hijos, que cuando llegaron a la adolescencia buscaron mejores horizontes. Los viejos se quedaron solos y ella se volvió amargada.

El esposo se dedicaba a la siembra de café y a otros negocios y trabajando honestamente se había convertido en uno de los ricos de la zona oriental del país. Doña Adela vivía como ella quería. Cuando llegaba al pueblo o iba de compras a la ciudad de Danlí llevaba lo que necesitaba para tres meses. Como decíamos, era mujer de pocas palabras, al contrario de lo que había sido en su juventud. En las tiendas y almacenes ya la conocían y se limitaban a darle lo que pedía sin hacer preguntas, ni siquiera un “hola, ¿cómo está?”.

Don Donato, esposo de Adela, fumaba en exceso y poco a poco se fue enfermando del sistema respiratorio como ocurre con la mayoría de los adictos al tabaco.

Fue atendido por los mejores médicos de la capital, pero era demasiado tarde. No se pudo hacer nada por él. Un terrible cáncer de pulmón le quitó la vida. A su entierro asistieron muchas personas, amigos y familiares. No se asomó una sola lágrima a los ojos de doña Adela y simplemente se fue cuando tenía que irse.

La viuda continuó los negocios de su esposo, manejaba con mano dura a sus trabajadores y todos le obedecían ciegamente. Doña Adela tuvo la oportunidad de estar con sus hijos en el velatorio y el sepelio de don Donato. Luego, ellos se despidieron y regresaron a los lugares donde habían hecho sus hogares, pero la señora se mantuvo seria e inexpresiva.

Bajo la férrea mano de doña Adela, los negocios crecieron y aumentó su capital. Raras veces mantenía dinero en su casa. Todo estaba depositado en el banco.

Una mañana llegaron dos hombres a buscarla y, como de costumbre, los recibió de mala gana:
-Díganme rápido qué desean. Estoy muy ocupada.

Uno de los hombres metió una mano en un estuche en el que guardaba unas fotografías.

-Buena señora, somos fotógrafos profesionales. Una vez al año recorremos estos lugares donde tenemos clientes. Voy a mostrarle el trabajo que hacemos. Vea. Esta es una vieja fotografía en blanco y negro y la convertimos en una hermosa foto retocada a todo color.

-Además -dijo el otro- sería un gran homenaje que usted le haría a su difunto esposo. Ah, y otra cosa: si usted tiene una foto suya, aunque sea separada, los unimos como en esta otra foto. ¿Qué le parece?
Impresionada, doña Adela esbozó una sonrisa y preguntó:

-¿Nos pueden poner juntos de verdad?

-Claro que sí, señora. Nos da una prima y en un mes le traemos una obra de arte.

Lo prometido era deuda para aquellos hombres. Llegaron con la foto a colores, debidamente enmarcada. Doña Adela no salía de su asombro y cuando se quedó sola lloró y colocó la foto enmarcada en un lugar especial de la sala.
Los trabajadores desfilaron para ver a su difunto patrón en aquella hermosa fotografía. Una mañana, un grupo de sus empleados llegó a decirle que el capataz le estaba robando ganado que les vendía a unos nicaragüenses. Ella no perdió tiempo y lo despidió.

-No te meto preso, maldito, porque mi esposo te guardaba aprecio… ¡Ladrón!

Un mes después, una sombra se deslizó detrás de la vieja casona de doña Adela, abrió una ventana y siguió caminando despacio hasta llegar al dormitorio. Con un puñal en la mano descargó varios golpes sobre la señora, que falleció casi instantáneamente.

El asesino encendió un foco de mano para huir y el haz de la luz iluminó la fotografía que estaba en la pared y, desde la imagen, los ojos de doña Adela parecieron clavarse en los del asesino. Luego, el hombre desapareció. La noticia de la muerte de doña Adela causó mucho pesar. A pesar de su carácter fuerte, ayudaba a muchos pobres.

Como es costumbre en nuestros pueblos, el rezo de los nueve días de un muerto es algo especial. El patio de la casa estaba lleno y los presentes saboreaban el tradicional “tajo puyado” cuando escucharon gritos aterradores.
-¡Yo fui! ¡Yo fui! ¡Yo la maté!

El hombre cayó boca arriba: le habían sacado los ojos.

Era el capataz despedido.

Cuando trataron de atenderlo estaba muerto.

La casa se quedó sola cuando descubrieron que, en el retrato, doña Adela tenía ojos de verdad. Era los ojos del capataz.

Durante años se escuchó la voz de aquel desgraciado que le dio muerte a doña Adela. Las propiedades quedaron abandonadas y hoy no hay rastro de ellas. Los hijos de aquel fallecido matrimonio se repartieron la herencia y olvidaron lo que había pasado.

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